24 de septiembre

Mal de muchos

Parece, según lo que escribía Luís Martínez en el periódico, que una última película sobre los terroristas etarras practica esta equidistancia filosófica que consiste en advertir, como aquel Ibáñez Menta, que usted también puede ser un asesino. El mismo caso se repite con algo más de brutalidad estética en las crónicas de sucesos. Un hombre acaba de descuartizar a su madre (aún se la comía cuando llegaron los guardias) y los periódicos transcriben la decisiva frase del vecino: “Era muy normal.” Es una tarifa plana estremecedora; pero pocas veces alcanza el nivel atroz del que ve entre un etarra y un hombre la delgada elección de las circunstancias. La cuestión debe mucho al indiscutible (aunque ya declinante) prestigio de las visiones literarias en la descripción de lo real. Y sus principales beneficiarios resultan ser siempre los asesinos: la relativización de los crímenes acaba procurando, tarde o temprano, atenuaciones concretas de la pena.

La cláusula orteguiana de que todos los hombres son iguales y sus diferencias un mero producto de las circunstancias va perdiendo valor a medida que avanza la investigación neurocientífica. Como suele explicar Marc Hauser la moralidad parece tener un origen biológico y no aprendido: miembros de culturas muy distintas responden de modo idéntico a dilemas morales diversos, tipo si mataría usted a una persona por salvar a cinco. (En el caso de que le interese puede hacerse el test). La investigación está demostrando algo más: no parece que los psicópatas tengan dificultad para reconocer el bien en la nuca indefensa de un hombre. Su problema es otro: una atrofia del área emocional del cerebro. El psicópata no tiene problema en pasar de un arrebato colérico (“lo voy a matar”) a la acción de matarlo. Si esto es cierto el Derecho habrá de evaluar qué hace con la antigua especie “el acusado sabe distinguir entre el bien y el mal”, que permitía desechar la absolución por enfermedad mental y que no dejaba de ser compatible con esa identificación entre terroristas y hombres que proclama la literatura circunstancial. La neurociencia insinúa que las diferencias existen y son claves en la conducta, lo que aliviará a todos excepto a los poetisos. El Derecho, no obstante, habrá de decidir qué actitud debe tomarse ante la oquedad emocional. Sentada la evidencia de que no todos somos biológicamente iguales ante la posibilidad de ejercer el mal, ¿cómo afrontar la responsabilidad individual?

Creo que al modo clásico: odiando el delito y compadeciendo al delincuente y apartándolo, hasta mejor ciencia, de los otros.

(Coda: «Mientras todos nosotros podemos enfadarnos y tener pensamientos violentos, nuestras emociones suelen reprimir nuestras tendencias violentas. Por contra, los psicópatas carecen de tales restricciones emocionales. Actúan violentamente aunque sepan que está mal porque no sienten remordimiento, culpa o vergüenza.» Marc D. Hauser, Newsweek, 13-9-08. Traducción al español: Verónica Puertollano.)


Correspondencias /Juanjo Jambrina

Señor Espada: me abruma ese afán suyo de provocar con la imaginería cerebral. Un clásico de la ciencia ficción como demostró El jovencito Frankenstein ¿Por qué esa reducción de la conducta al nivel puramente neurológico? Una conducta como la moral no depende de un área cerebral únicamente.  Porque sí que hay posiblidades de introducir diferencias en ciertas conductas  Mire a sus niñas yendo al cole y aprendiendo. Lo que cuenta no es del todo cierto. Somos donde estamos.

En la primavera del año 2003 se celebró en Madrid un acto conmemorativo de la conferencia-homenaje a Ramón y Cajal que cien años atrás había servido para que I P Pavlov presentase ante el mundo sus trabajos sobre los reflejos condicionados. El psiquiatra madrileño Antonio Colodrón es uno de los principales seguidores del genial científico ruso. Su artículo “Mis recuerdos de Pavlov” publicado en la revista Archivos de Psiquiatría en el mismo año es una de las mejores introducciones al conocimiento de la obra del Nobel soviético. Algunos párrafos merece la pena llevarlos bien grabados:
“Asaltando con el método científico la suprema prerrogativa de lo vivo, la res cogitans, Pavlov levantó el primer sello que guarda la resolución del espíritu, el liberum arbitrium, la facultad de obrar o no obrar, de elegir el bien o el mal. Respetado, a veces, desde ideologías siempre vacilantes, temido y execrado desde las más, Pavlov, pionero en caminar hacia el espíritu a lomos del experimento, consagra la enseñanza evolucionista sustancial: el hombre no escapa a su medio. Uno a otro se conforman y adecúan. Somos donde estamos.”

“…las palabras de Pavlov en Madrid presagiaron formidables consecuencias para las ciencias sociales, jurídicas, pedagógicas, médicas y morales. Y así, pronto levantaron oleadas de inconformidad. Eran palabras en esa línea rectora del pensamiento moderno que tras la convulsión copernicana enseñó al hombre, con Darwin, su origen animal y, a poco, con Nietzsche, le arrebató sus dioses, con Einstein, sus evidencias, con Freud, sus virtudes y con Pavlov, su libertad.”

“No deseo concluir sin mencionar que este modesto escrito trata de honrar la perdurable comunicación que Pavlov hizo al Congreso de Medicina celebrado hace ahora un siglo en Madrid. Y quiero, también, disculparme por mi aparente olvido del título propuesto: Mis recuerdos de Pavlov. Pero digo aparente porque este recuerdo mío, como el que todos tenemos, no es -y así lo apunté al principio- recuerdo, es excitante presencia. Presencia fructífera, tan vigente y generosa que la medicina actual no podría entenderse sin ella. Porque hoy, como hace cien años, la presencia permanente y vigilante de las tesis por Pavlov formuladas marca mucho más que un camino de progreso, marca la diferencia radical entre el conocimiento científico y la magia.”

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