23 de septiembre
Correspondencias /Ana Nuño
Anoche apenas pude ver a Idílico. Un fogonazo: menos de cinco segundos en un telediario, el único (no diré cuál: ni hablar de hacerle publicidad a la horrenda TV de este país) que dio cuenta de la extraordinaria faena de José Tomás en la Monumental, este fin de semana, y de la no menos extraordinaria enjundia del morlaco.
Lo que sucede con el toreo en Cataluña (y, por desgracia, no sólo en esta comarca de España) es permanente e insondable motivo de perplejidad para esta española nacida en América. Nadie ignora que en México, Colombia o Venezuela, “el arte” cuenta con extraordinarios conocedores, ni que estos países han dado algún que otro torero fuera de serie.
La diferencia, entre los dos costados del Atlántico, es que allá, en la ultramarina distancia (será porque somos anticuados y un poco menos afectos a estos ídolos progres de la tribu), los anti taurinos son considerados unos pobres tipos (y tipas, para congraciarme con Bibiana). Sin oficio ni beneficio.
Es una lástima, por cierto, que entre los muchos y arrojados editores que cuenta la materna piel de toro, casi ninguno incluya en su catálogo algunos títulos de taurómacos estimables. Una excepción notable es Ediciones Bellaterra, que hace pocos meses puso a circular la traducción española, debida (si mal no recuerdo) a Carlos Manzano, de la “Filosofía de las corridas de toros”, del francés Francis Wolff. Su editor, José Luis Ponce, anuncia la novedad de este modo:
“Las corridas de toros han inspirado a los mayores artistas y a muchos teóricos, pero hasta ahora nadie se había aventurado a filosofar sobre ellas. Ése es el desafío que ha aceptado Francis Wolff. Al leerlo, se entiende que las corridas de toros, por tener relación con los valores éticos e inspirar una nueva definición del arte, son un magnífico objeto del pensamiento. Las corridas de toros son una lucha a muerte entre un hombre y un toro, pero su moral no es la que se cree, pues ninguna especie animal vinculada con el hombre tiene una suerte más envidiable que la del toro, que vive con total libertad y muere luchando. Las corridas de toros son también una escuela de sabiduría: ser torero es una forma de estilizar la vida propia, exhibir el desapego respecto de los azares de la existencia y prometer una victoria sobre lo imprevisible. Además, las corridas de toros son un arte. Dan forma a una materia bruta, la embestida del toro; crean belleza con su contrario, el miedo a morir; y exhiben una realidad que las demás artes sólo pueden soñar. Gracias a la jubilosa pluma de Francis Wolff, descubrimos lo que Sócrates pensaba de la tauromaquia, que se puede comparar a Belmonte con Stravinski, que Paco Ojeda y José Tomás fundan una ética de la libertad, por qué Sébastien Castella es un virtuoso de la impasibilidad y…”
Por cierto: te recomiendo un librillo delicioso, en el que se recogen algunas crónicas periodísticas de un taurómaco venezolano: “Del toreo de las Luces al toreo de las Indias”. Obra de Carlos Villalba, criminólogo de profesión (además de “ben trovato”, resulta que “é vero”) y sobrino de un importante político local, Jóvito Villalba. Las únicas dos pegas que tiene este librillo es que lo editó Monte Ávila en 1991 (por tanto, hoy es inencontrable) y que, claro, nadie lo ha retomado en nuestra piel de zapa editorial.
De nuevo, gracias jubilosas por tu apunte de hoy. Una delicia “al cor”, en plan Traviata.
Correspondencias /Oriol Trillas
Querido Arcadi:
Es cierto. Puedes considerarte un desgraciao por no haber ido a la Monumental este domingo. ¿Cómo puede ser que faltase aquel que en su blog puso la primicia mundial de la vuelta a los ruedos de José Tomás? Y en Barcelona. La proclamada ciudad antitaurina. Te lo perdiste. Fue la mejor faena de Tomás. Y mira que ya le he visto bastantes. Pero te perdiste también un rarísimo fenómeno de delirio colectivo que llevó al indulto del toro. De este Idílico, al que ayer saludaste. De este Idílico que, de no haber sido toreado esa tarde en Barcelona -y por José Tomás- ya habría sido deglutido en solomillos. El indulto fue una auténtica verguenza. Tal como la narra Villán, que, por una vez, cuenta la tarde, tal como fue. Fíjate, solo salir de la plaza ya decía todo el mundo que el toro no era de indulto. Sí te paseas por los innumerables blogs y webs que hablan de toros, casi nadie lo defiende. ¿Qué pasó? Que después de la faena (¡grandiosa!) de José Tomás, el público quiso que la fiesta no acabara ahí y prosiguiera con un indulto. El resopó. Palabro tan de aquí. Fue un indulto en homenaje a José Tomás, no un indulto en homenaje al toro. Y esto es lo más pernicioso. Independientemente de lo devaluada que está -desde hace ya muchos años-la plaza de Barcelona, para indultar un toro se valoran su casta y su bravura, principalmente. Idílico fue un toro dócil, cuya bravura desconocemos, pués casi no fue picado. La mayor prueba de esa docilidad se observa, al final, cuando el toro se va de vuelta a los chiqueros, con la sola intervención de José Tomás. Solo un ejemplo: Belador, el famoso Victorino indultado en las Ventas, que tomó tres tremendas varas en bravo, después de que le simulase la suerte suprema mediante una banderilla que le clavó Ortega Cano, estuvo dos horas en la plaza pidiendo guerra. Claro que ahí se homenajeó al toro y no al torero. La afición se acuerda de Belador. Aquí se acordará de José Tomás. El único motivo del indulto.
Un abrazo.
Ps/Y Montilla sigue sin ir a los toros.




