Canada dry (IV)
No sé si he logrado transmitir lo esencial. En la provincia de Québec todos los coches circulan con una leyenda que dice “Je me souviens”. Todos los dias, a todas horas. El único sentido del tráfico. Je me souviens. Ahora prueba a imaginar matrículas que dijeran “Bon cop de falç!” Richler intenta que me lo quite de la cabeza, advirtiendome que lo que de verdad no olvidan los quebecois es la Batalla de los Llanos de Abraham, cuando los ingleses los liquidaron en veinte minutos. Bien está. Las amenidades no debieran ocultar lo esencial: Quebec es una ciudad encantadora. Ayer por la noche, antes de cenar, anduve hasta la calle Sant Joseph. Buscaba el colmado más antiguo de América, y allí estaba. La impresión de Moisan fue inolvidable. El sólo organizaba toda la calle con sus amplios escaparates y sus luces hospitalarias. Abierto de
El frío. Esta noche, en Tadoussac, ya en el morro de la ballena, cenando en Chez Mathilde, perla rara. Un plato excelente: higos abiertos sobre una redonda de brevis horneada con prosciutto. La camarera y el lugar parecen haber salido (o estar a punto de entrar) de “Las invasiones barbaras”. Anuncia que el invierno, sin luz, dura hasta abril. Yo pienso en Chez Mathilde cubierto por la nieve.Y en una vida de estudio, como la del palido gramático que quiso ser Ferlosio. También en la vida quemada por el sol, con la que Pla quiso justificarse. Odio el frío, y me inhabilita, pero poco a poco tiendo a buscar estos lugares humildes y silenciosos donde la gente parece hacer esfuerzos suplementarios para ser feliz. Esta costumbre canadiense de sonreír cuando se cruzan con tus ojos. En lo que parece ser la convicción de que la vida no puede ni debe derrocharse. Todo parece muy contado. Me gusta. Lo aprecio. Evocadas, las calles del sur son como un grifo abierto, día y noche, vertiéndose.




