Canada dry (III)
Me buscan. Y me encuentran. El 14 de octubre hay elecciones federales en Canadá. En Québec, capitale, empezó la campaña este fin de semana. Lo que más destaca son los carteles de Gilles Duceppe, el líder del Bloc Quebecois, el partido independentista, ahora llamado soberanista. Lo muestran, a Duceppe, con su ojillos azules, tan anglófonos, y una simple leyenda que dice: “¡Presente!” Ah, gloria de intertextualidad. A estas horas de la mañana en Québec no hay nadie que comprenda mejor que yo los carteles del Bloc. A quien por cierto, y ostensiblemente, llaman chef, que no es cocinero sino jefe. No es la primera vez que se producen incidentes de este tipo, alrededor de mis movimientos. Este julio, saliendo de la catedral de Arezzo, una mañana de sol tan limpia que la pienso y se ilumina hasta mi vida futura, me abordó un capellán, confiado en que fuera español de España, por tal como hablaba. Asentí. Entonces levantó el brazo derecho, tenso como el de una bailarina, y tatareó con voz juvenil el himno de Falange. Asentí de nuevo, porque que va a hacer uno.
Estas amenidades quebecoises tomaron ayer por la tarde un nuevo impulso. De visita en los docks, donde hay diversas instalaciones de arte contemporáneo para celebrar los 400 años de Québec, capitale, tuve que refugiarme de la lluvia bajo una carpa y esperar que escampe, como de costumbre, por otra parte. Me abordó un elegante ciudadano, encargado de decodificar las instalaciones a los visitantes. Un comentarista. Este trabajo es muy meditable, y propio de una sociedad bien lubricada por la subvención, como sospecho que es ésta. El artista crea, y una vez la escatología toma forma, se deja allí un propio para que lo cuente de viva voz. Espectacular. Lo cierto es que tras unos pases de trasteo, centrados en los mejores lugares para la sidra de hielo, lo encaré.
–¿Cómo están las cosas aquí?
–Nunca se sabe. Ustedes también tienen el País Vasco, ¿no?
Y cambió de tema, secamente, archivada la antigua predisposición. Conozco muy bien su cara. La he visto en España, muchas veces. Y en Bélgica. No se trata de la presunta incomodida de hablar de política. He hablado de política con comunistas y fascistas en Francia, en Italia, en Portugal, en Holanda. Se dicen bobadas y se grita, y se acaba. Esto es diferente. No es hablar de política. Es hablar de una vergüenza, del baldón de una familia, de un crimen guardado. Es un asco íntimo. De ahí que te etzibe:
–¿Y ustedes? El Pais Vasco, ¿no?
Consuelo de llagados.




