Canada dry (II)

Una vez aquí cuando leí por vez primera Je me souviens, pensé en el oso. Pediría que esto no se tomara a broma de ningún modo. He llegado aquí plenamente consciente de mi encuentro fatal con la bestia. Canadá es un país muy bien organizado, y tierra de osos: me parecía lógico que las autoridades no perdieran de vista al ciudadano, y obligaran a todos los coches quebecoises a llevar grabada la leyenda en la matrícula de sus vehículos. No te olvides del Oso. Después de las matrículas de Roma no he visto otra más particular en el mundo. En el culo de los pontiacs, tan líricos, rima con un gracia infalible. El recuerdo del Oso acaba de cuadrar si se piensa que es un animal de memoria imbatible, capaz de volver por la misma senda, después de muchos años. Je me souviens, qué perfección. Ayer, en el Jacques Cartier, en lo más profundo del valle, iba repitiéndolo,”Je me souviens”, “Je me souviens”, como alentándolo. El oso no apareció. En realidad sucedió algo puramente extraordinario: después de ocho horas agotadoras, la mayor parte por tierra, pero también en canoa, y lo peor remando, no vi oso ninguno, desde luego, pero tampoco animal tout court, a excepción de una rata gris más o menos ardillada. Me inquieté porque había leído una deducción muy interesante de la máxima autoridad canadiense en la osada: el hombre piensa que alcanza a ver muy poco osos; pero no piensa en la gran cantidad de humanos que el oso ve. En efecto: su capacidad de camuflaje es legendaria y en la umbría mas silenciosa y profunda caminaba con gran aprensión pensando en rozarlo. Pero no apareció. Je me souviendrai. La cuestión interesante es qué habría pasado de haber aparecido. No creo que el caso esté resuelto. En Québec hay sesenta mil osos, todos francófonos; y en el Jacques Cartier uno por kilómetro cuadrado. No es imposible. Antes de partir me hice con todas las hipótesis, desde luego. La cosa empezó mal, porque la primera recomendación ante el encaramiento me pareció peligrosamente socialdemócrata: “Trate de comprenderlo”. Pero fue una falsa alarma. De hecho me gusto mucho que rápidamente los planes de respuesta incluyeran la expresión: “Demuestre que es un hombre”. E incluso: “Salte para hacerle creer al oso que es usted más alto y más grande”. Con todo esto el oso debería dar media vuelta. Pero aún me gustó más que los planes incluyeran la resignada, inexorable, pero hermosa advertencia final. Si no se va, y sobre todo si le oye murmurar, gruñir y exaltarse, está usted en peligro. Coja lo que tenga a mano (piedras, ramas, su propio cinturón) y encárelo. Lance la primera piedra, como libre de culpa. Si lo convence de que no podrá comer de usted, el oso se irá.

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