30 de agosto
Está pasando, lo estoy viendo, ya comprendo
Querido J:
Por poco que hayas visto, oído y leído te habrá bastado para saber que el accidente de Barajas ha reunido todo lo que sabemos sobre el funcionamiento del periodismo moderno. Incluso de lo que no es periodismo, caso de la televisión. No la veo jamás, pero las noticias sobre su conducta entre los muertos son inquietantes. El profesor Antonio Juárez, español pero alemán desde hace muchos años, me escribía este párrafo después de haber visto la información de la cadena pública: «La falta de preparación técnica, profesional, psicológica, y de pudor de las muchachitas que la redacción de los informativos mandó al frente es tan obviamente indecente que ninguna televisión regional de Alemania o de Francia, en mi opinión ni siquiera de Italia, las contrataría, ni como estudiantes en prácticas para programas de televentas. La vestimenta primero, indecorosa para la situación; parecían quinceañeras recién salidas de la playa… Las preguntas: como me dijo una amiga alemana, que habla bien español, en quince minutos de programa especial de la TV alemana (de las 20.15 a las 20.30) aprendió más sobre el accidente, las razones, la compañía Spanair, el avión, etc. que en dos horas de propaganda escatológica de los informativos en directo de TVE.» Juárez me parece un hombre razonable y su opinión coincide con la de muchos otros. También con lo que yo sé sobre la preparación técnica, psicológica y moral de las muchachitas. Creo que, en efecto, las televentas ibéricas no tienen parangón en Europa.
Ahora bien: el problema arranca de más abajo. «¿Pues no van y les preguntan a las víctimas cómo se sienten?», han criticado, concretamente, muchos de esos telespectadores. Por supuesto que se trata de una torpeza. Es la única pregunta que hay que evitar para saber cómo se siente alguien. Pero la pregunta sólo es una convención protocolaria. En realidad, una de las dos cosas que decimos en los entierros: «¿Cómo estás?». La otra es «Lo siento». Fórmulas para compartir el dolor ajeno. Te acompaño en el sentimiento. Y por supuesto preguntas que, de una u otra manera, han hecho millones de veces los periodistas a las víctimas. La perturbadora diferencia es que no emergían en las crónicas. Lo que emergían eran las respuestas, si es que iban más allá de lo convencional. La situación ha cambiado radicalmente con la televisión. Descontadas las torpezas quinceañeras, no es tanto que haya bajado la calidad de las preguntas, como que estas preguntas ahora se ven y se oyen, porque la televisión retransmite en directo el itinerario de búsqueda (o de representación) de la información. Y el efecto es desolador.
Los medios y el público (el público consume fascinado, y fascinado e irritado al tiempo el reportaje del dolor) han construido la sociedad en directo. Está ocurriendo, lo estás viendo, tutea la CNN. La obligación de estar allí se traduce en esfuerzos inverosímiles que la tecnología facilita. Las cámaras fijas y mudas graban el momento del accidente. Se conocen los sms enviados pocos minutos antes de la explosión. El fragmento de tiempo ciego se ha reducido hasta lo inverosímil; y aún se reducirá más cuando los chips personales transmitan información hasta el último suspiro sobre el sujeto que los aloja. La obligación arrasa también los espacios morales. Entre las ceremonias más aberrantes de las horas posteriores al accidente estuvieron las reuniones entre las víctimas, los directivos de Spanair y la vicepresidenta del Gobierno. Perfectamente retransmitidas en directo, como si dijéramos. Todos lo aceptaron. No me extraña nada en la vicepresidenta, al acecho siempre de poder practicar su populismo caritativo. Tampoco en Spanair, cuya política de comunicación rozó la indecencia. Y en cuanto a las víctimas… Las víctimas, amigo mío, ya son una categoría política en España. Muchas de sus reacciones ante el accidente hacían creer que habían sido víctimas de un asesinato político. ¡Queremos saber! Es natural: imitaban lo que, incesantemente, habían visto en la televisión. Hay otro asunto importante con las víctimas. Lo vi al trasluz la otra mañana sobre un periódico que traía las palabras de un hombre que perdió a su mujer. Aún estaba en la habitación de hotel donde lo habían alojado. Decía que tenía miedo de volver a casa. Cierto: mientras estuviera en el hotel podría seguir flotando en la irrealidad, sin descensos. Algo de esto sucede también con los medios. Las víctimas organizan en los medios los primeros días de su duelo. La excitación, y hasta la histeria mediática, son un intensísimo chute de vida. No son ellas las que juzgan duramente la pregunta: «¿Cómo se siente?» Prueba de ello es que responden. Ellas no ven ni oyen. Precisamente por eso el periodismo debería tener extremo cuidado en su trato. Exactamente el mismo cuidado que debe tenerse ante una persona que acaba de salir de un secuestro. Pero el periodismo de declaraciones, tan maligno, no se detiene ante las víctimas: prescinde de sus circunstancias y les obliga a dar titulares políticos.
Las víctimas quieren saber en pocas horas por qué murieron sus hijos, sus padres, sus hermanos, sus amantes. Ya. Está pasando, lo estoy viendo, por qué no lo comprendo. Nadie puede comprender en directo. Lo peor, como esta vez, es que los medios hagan de altavoz de las víctimas en carne viva y trasladen una insoportable presión emotiva a las empresas, al Gobierno y al conjunto de la sociedad. La obvia imposibilidad de responder en poco tiempo a preguntas dificilísimas da como resultado la desmoralización social. Y es sobre ella que se construyen las teorías de la conspiración y otras variantes del mito. La vida en directo ha acostumbrado al público a una verdad (fast truth) de tan pésima calidad como el fast food. La vida en directo se aplica al qué, al quién, al cómo, al cuándo y al dónde, las cinco uves dobles de la retórica de Quintiliano y también del periodismo. Y, lo que es completamente delirante, se aplica también al porqué. La exigencia de un porqué inminente, que se obtenga a la misma velocidad que el resto de epígrafes, es una de las infecciones letales del periodismo. Y que sitúan al oficio en una exótica premodernidad. Escribe Leonard Mlodinow en El andar del borracho sobre la revolución de Galileo y el momento de la separación definitiva entre ciencia y teología: «Los científicos analizaban ahora cómo, liberados del tema de los teólogos de ¿por qué?»: El porqué no tiene imágenes, pero los periodistas van, descabelladamente, en pos de ellas. Este diario donde te echo las cartas publicó al día siguiente de la tragedia un titular que ha sido muy comentado: “La crisis de Spanair desemboca en una tragedia de 153 muertos”. Una indecorosa víctima del porqué. Un titular desdichado. Pero cuya moral en absoluto ondeaba en solitario: algunos de los que con su habitual hipocresía se desgarran al paso del titular deberían explicar por qué la inmensa mayoría de periódicos incluían en las páginas del accidente pormenorizadas informaciones sobre la crisis de Spanair. Los periodistas seleccionan los detalles en función de la importancia que ofrecen respecto al hecho principal. De ahí que en un asesinato (excepto si es el de una mujer, of course!) se aluda al alcohol y a las drogas. O sea que la naturaleza del mecanismo inculpatorio era similar, aunque en otros periódicos la exhibición fuese mucho menos ingenua y lacerante. El grave problema del titular del periódico y de esas abundantes páginas sobre la crisis es que apuntaban a algo de lo que el periodismo (cuando conducía a la gente y no se dejaba conducir por ella) había huido por sistema: el expresar en voz alta (en titulares) la reacción emocional, epidérmica, casi supersticiosa del público: Spanair tiene problemas, ergo sus aviones se le caen. Por cierto, querido amigo: no sé si ese periodismo que iba delante de la gente ha existido alguna vez o es una ensoñación que compartimos con Furio Colombo.
Seguiría hablándote al galope, sostenidamente, de estas cosas. Pero hay que cortar. Me voy unos días de viaje.
Sigue con salud
A.
(Links: Verónica Puertollano)




