20 de agosto

Pecadillos

Entre las ceremonias políticas más humillantes de los últimos años habrá estado el encuentro de los candidatos McCain y Obama con el pastor de almas Rick Warren. Al parecer es tradición electoral; pero es la primera vez que asisto, aunque haya sido por la delegación del periódico, a un espectáculo tan infamante. A pocas semanas del comienzo oficial de la campaña electoral los candidatos se reunieron con el pastor y su público, en un estadio (otros le llaman iglesia) de Lake Forest, al sur de California, a fin de confesar sus arrepentimientos. McCain se afligió con el hecho de que no pudo salvar su primer matrimonio. Obama tomó alcohol y drogas en su juventud, y lo dijo. ¡Se atrevió! La interpretación de su conducta rozó la cursilería más odiosa: “Fui muy egoísta”, parece que dijo sin mover un músculo. Los pecados elegidos estaban perfectamente diseñados. ¿Qué tipo de derechas no perdona un divorcio? ¡Y sobre todo un divorcio confesado como un fracaso! Lo perdonan los divorciados y los que no, es decir la mitad de la población. En cuanto a la confesión de Obama, tres cuartos de lo mismo: complace por igual a los que toman drogas («¡ajajá era como somos –y seremos– nosotros») y a los que han dejado de hacerlo («ya me gustaría a mí tener su valor y su sinceridad»), circunstancias que asimismo dividen a la Humanidad en dos mitades.

La ceremonia resulta insólita para los gustos políticos, morales y electorales de la vieja Europa, pero sería un error detenerse en ese carácter pintoresco y solventar el problema aludiendo a la peculiaridad americana. ¡Sólo faltaría que la condena del relativismo cultural sirviera para los clítoris gambianos y no para los cilicios de McCain y Obama! La de la otra noche en California es un práctica aberrante y vergonzosa, impropia de una sociedad abierta. Habríamos levantado un considerable castillo de fuegos de artificiales si los candidatos a suceder al pedestre Ahmadineyad hubiesen aparecido en un auditorio de Teherán obligados a confesar sus pecados. Y por cierto: esta imposibilidad tácita de los políticos americanos de aspirar a cargos de importancia si se declaran ateos se observa en general con inaudita benevolencia. Porque no es más que un rasgo teocrático que debe ser denunciado y combatido con la misma energía que se utiliza para los excesos tóxicos del Islam.

Queda la posibilidad de interpretar la conducta de los candidatos aludiendo al carácter de espectáculo que inevitablemente adquiere cualquier actividad en América. La religión, y la confesión, no pueden estar al margen, se dice. A mí me complace esa hermenéutica, porque tratándose la religión, y la confesión, de una excrecencia sumamente privada esta exhibición sitúa a sus practicantes en el ámbito puro y duro de la pornografía.

(Coda: «….aquellos que tienen la influencia, el conocimiento y la responsabilidad de ayudar a la nación a protegerse de aquellos que traicionarían nuestra democracia en busca de sus objetivos religiosos. Daniel Dennet, Rompiendo el hechizo.»)


Correspondencias /Brian

“Lo perdonan los divorciados y los que no, es decir la mitad de la población”.

Pues no, entre los divorciados y los que no, no son la mitad de la población, sino la totalidad de la misma.

Saludos.

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