15 de agosto

Niño chico

El periódico publicaba ayer una encuesta puramente extraordinaria. Aseguraba que los españoles de hoy maldicen la Transición política. Treinta años después de un experimento que asombró al mundo, y sobre todo a los españoles mismos, el cruel diagnóstico asoma: fue un error. Yo, naturalmente, tengo la obligación de tomarme en serio las encuestas del periódico. Pero es que, además, y obviando mis reparos metodológicos, sospecho que la respuesta refleja la verdad. Debo aclarar enseguida que la encuesta no preguntaba por la Transición, sino por dos asuntos concretos: la amnistía del 1977, que incluyó terroristas, y la falta de represalias contra los capos de la dictadura franquista. El pueblo encuestado sentenciaba que las dos cosas estuvieron mal hechas. Pues bien: esas dos cosas fueron (y digo “fueron” y no “representaron”) la transición política. El pueblo encuestado está en su derecho de aborrecerlas; pero que sepa que el niño va con el bacín.

Lo pasmoso es que, de poder yo dirigirme al pueblo encuestado con esa advertencia, habría de oír de él su queja y su sorpresa. El pueblo me diría que la Transición estuvo bien, pero que esas dos cosas estuvieron muy mal. El pueblo encuestado es un niño chico, y conforme pasa el tiempo crece para abajo. Si yo, con paciencia improbable, argumentara que las dos amnistías contribuyeron a evitar el conflicto civil me las tendría que ver con su insistencia. No, no: ni conflicto civil ni perdones, contestaría, maravillándose que entre los dos términos pudiera establecerse tan inexorable reacción. El pueblo encuestado tiende a olvidar la noción de precio. Es también un efecto del abuso de la encuesta: dado que el número de encuestas crece por minuto el pueblo encuestado se siente cada vez más importante, doctrinal y axiomático y responde a las preguntas con la displicencia del que gobierna. Tenía razón Zapatero: Sonsoles no sabes tú cuántos encuestados podrían ser presidentes.

Zapatero ha sido, en efecto, uno de los más exhibidos promotores de la cultura de la gratuidad en la política. En toda la gestión de los presidentes anteriores se divisaba cuando no la sangre o las lágrimas, al menos el sudor. Algún Gobierno quiso liquidar el terrorismo con terrorismo. Un intento criminal. Pero es que Zapatero quiso doblegarlo a lo Uri Geller. Y en su imprudentísimo intento de revisión de la transición política se comportó de modo similar al del pueblo encuestado: él también lo quería todo, gratis y ahora. Sin embargo la cultura de la gratuidad rebasa con creces su ejemplo. Es un fruto inesperado de la miniaturización de la vida. Los procesos se hacen cada vez menos visibles, hasta el punto de que los efectos se perciben (¡y se juzgan!) en términos mágicos. Mi abuela María Pérez habría tenido grandes dificultades en asegurar, frente a una pantalla plana, que dentro de la televisión vivían muñecos.

(Coda: “Llegará un día en que viajando por el mundo lo tendremos todo pagado”. Variaciones sobre un tema del filósofo Francesc Pujols.)

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