9 de agosto de 2008
Larga observación desde el Estadio
Querido J:
Me habría gustado acompañar a Samaranch en su viaje olímpico a China. Esta vez me habría dejado invitar, francamente. Me habría gustado estar junto a él en el Estadio, observándole, en la inauguración de los Juegos chinos, en los que tanto creyó siempre. Samaranch, en China, es una suerte de buda: debe de facilitarlo el deje crecientemente oriental que ha ido adquiriendo su aire. En estos días su presencia en los medios es constante, y todas las referencias a él están marcadas por la profunda convicción del establishment político de que su empeño fue decisivo para que Pekín se convirtiera en ciudad anfitriona. Tomándose como ejemplo singular y principal, Samaranch ha creído siempre que el deporte es un camino muy recomendable para ser alguien en el mundo y está convencido de que los Juegos marcarán un antes y un después muy nítido en la normalización (si es que algo en China es y puede ser normal) del país asiático. Pero su optimismo no lo refrenda la historia: salvo en el caso, precisamente, de Barcelona la organización de los Juegos Olímpicos ha tenido una influencia muy relativa sobre el futuro de las ciudades anfitrionas.
Por supuesto que en la grata hipótesis de acompañarlo me habría abstenido de hacerle ninguna pregunta demasiada enfática sobre su estado de ánimo, sobre sus recuerdos, sobre la vida densa y valiosa que apura. Ese tipo de preguntas funciona mal con estos benéficos tipos pragmáticos, más dados a mirar fuera que dentro. A una pregunta sobre la vida, Samaranch podría responder con una curiosidad mecánica: lo que ha tardado el vuelo que lo ha traído hasta aquí o los mecanismos de construcción del gran estadio pekinés. Hace algún tiempo, y evocando el grave incidente de salud que estuvo a punto de costarle la vida en el año 2001, recién terminada la sesión del Comité Internacional Olímpico que eligiría a su sucesor, nos dijo a Jaume Boix y a mí, con una gran naturalidad fría:
?Tenía que haberme muerto entonces.
No lo confesaba desde la depresión. En realidad ni siquiera era una confesión, sino un diagnóstico claro y tranquilo. Convencido de la inevitabilidad de la muerte (un convencimiento algo menos extendido de lo que se cree) le parecía que aquel habría sido un excelente momento para salir. Pero del mismo modo que opinó eso y sigue opinándolo, con la misma determinación pragmática se ha aprestado a seguir viviendo estos años al límite de su edad, sin aburrimiento, viva la curiosidad y su pasión por el viaje. Yo me alegro.
No sólo porque le tenga el complejo y creciente afecto que cualquier biógrafo siente por su biografiado, sino porque estos años de más le habrán permitido vivir la definitiva eclosión de España como una potencia deportiva mundial. Nadal, Gasol, Alonso, el fútbol, el ciclismo… No estoy muy al tanto, pero tal vez lo más decepcionante del panorama patrio sea el hockey sobre patines, aquel improbable deporte donde Samaranch dio sus primeras muestras de inteligencia y poder. Detrás de los éxitos individuales de esta formidable generación de deportistas hay, sin embargo, algo mucho más importante: la desaparición del español con cara de pedrada, cuyos contados éxitos deportivos siempre tenían algo de agónico, taurino y tabaquista. La eclosión de la élite ha permitido apreciar la mejora global del carácter. Los españoles vencen hoy en las competiciones con absoluta naturalidad y sólo el pleito nacionalista confiere alguna plusvalía a la higiene, al acto de higiene fundamental que significa competir y ganar.
Es evidente que esa limpieza de la vida española es compatible con el lado precario del deporte, el que sintetizó Ferlosio en su imagen inolvidable sobre los educandos: “Borriquitos con chándal”. Es indiscutible. Pero es probable que no quepa culpar al deporte de ello. En realidad podría hacerse de la frase antológica una glosa cómoda y veraz. Si borriquitos, al menos con chándal. Hay bastantes causas que explican esta ducha española. Y algunas personas. Pero Samaranch destaca. A finales de los años sesenta ocupó la Delegación Nacional de Deportes, después de una ardua, obstinada y fatigosa carrera en el poder político provincial y de sus primeros escarceos en el ambiente deportivo. Durante esa etapa llevó a cabo la más formidable campaña de popularización del movimiento (sí: también del movimiento nacional, pero eso es secundario) que ha tenido lugar en España. La campaña tuvo un eslogan muy potente: “Contamos Contigo”. Fue el primer eslogan español moderno y el sustituto auténtico de aquel otro garabateado con alquitrán en los baldíos de posguerra, el tremendo “Beber es preciso, Agua San Narciso”. En la campaña se proyectaba también la propia imagen de Samaranch. Él era un moderno. Un moderno y un catalán, que entonces eran lo mismo. Basta haber visto algunos fotos de la eficaz pareja que formó durante tantos años con Bibis Salisachs, la mas bella y elegante mujer de su tiempo. Fotos en parajes de la Costa Brava, hacia la mitad de los cincuenta, donde los dos aparecen como nimbados personajes de Martha’s Vineyards. Fotos concretas de la bahía de S’Agaró: Bibis practicando el esquí acuático, con un peligroso maillot blanco, quizá el mismo que la indispuso con la esposa de Torcuato Fernández Miranda y que por esas exóticas conspiraciones palaciegas convirtió a Samaranch en un inesperado cesante. Eran, en fin, Juan Antonio y Bibis miembros gloriosos de esa droite divine que compartía muchos territorios con la izquierda y, sobre todo, el adjetivo fundamental. Una pijería que en su caso fue algo más que un acento y un desentendimiento general de la plasta vida colectiva, y que puso las bases, en las ciudades, en los pueblos, en los colegios y en los estadios, de una modernización social indiscutible.
No veo que en estos días de orgullo deportivo nacionalista (plenamente desenfocado y cansino como cualquiera de su clase) aparezcan referencias al sustrato básico de ese orgullo ni tampoco al hombre clave en su desencadenamiento. De hacérsela notar estoy seguro de que la circunstancia no le provocaría más que un leve encogimiento circunspecto. Es probable que su ego atravesara una fase briosa en la época en que se hizo grabar en letras de oro el nombre de Kid Samaranch en su albornoz de boxeador, fugaz y mosca. Está el petulante albornoz y como máximo aquel formidable juego de hombros de cuando entraba en las oficina de la empresa familiar y dejaba caer su gabán sobre los brazos prestos del solícito conserje, plenamente advertido de la cotidiana ceremonia. Pero el ego se congeló en esas adolescencias. En la fatua corte de faraón de la política, la economía o la cultura de hoy extraña el caso de un hombre al que lo que más le cueste (y hasta le aburra) sea hablar de sí mismo y de sus logros. Creo que ese desinterés ha sido consecuencia de la práctica: miles de horas observando desde el palco del Estadio a los más fuertes y veloces con la seguridad de que mañana habrán de ser superados por otros más fuertes y más veloces. Esa modestia del deporte. Y hasta esa melancolía, si me lo permites, que se dibuja en cada rostro de winner, en el mismo corazón del éxtasis victorioso, y sobre la cual me habría gustado hablar con Samaranch uno de estos años, en uno cualquiera de sus estadios finales.
Sigue con salud
A.
(Links: Verónica Puertollano)




