El auténtico caso de Almería  


sani.jpg    Querido J:

El primer ‘caso Almería’ data de los cincuenta. El escritor Juan Goytisolo, armado con su talento y con aquello que llamaban (sin atender al pavoroso oxímoron) ‘realismo socialista’ viaja a la provincia y escribe un reportaje de título inolvidable: Campos de Níjar. El reportaje está algo saturado de color y es a menudo tan impreciso como la ficción. Pero es escabroso y conmocionante. Un tiempo después completará su informe almeriense con La Chanca, que así se llamaba (y se llama) un barrio de la capital donde las casas no se distinguían demasiado de los ataúdes. Esos dos libros trazan los rasgos principales del caso: esparto, mocos y legañas. “La provincia de las tres cosechas”, la llamaban. Una miseria tan honda que hoy no la comprendería nadie. No la comprenderían ni los que la vivieron, siquiera. A veces se fantasea con colocar en nuestro tiempo a hombres del pasado y con el shock que sufrirían. ¡Mucho menor que el de llevar un hombre de hoy al tiempo viejo!

Luego hay otro ‘caso Almería’. Un crimen. Tal vez el crimen de la transición, porque ya sabes que toda época se delata en sus crímenes. El 7 de mayo de 1981 ETA atentó en Madrid contra el general Valenzuela, jefe del Cuarto Militar del Rey. La Guardia Civil detuvo a más de cien personas y difundió las fotografías de los presuntos autores. El día del atentado, Juan Mañas, Luis Montero y Luis Manuel Cobo salieron de Santander hacia Pechina (Almería) para asistir a la comunión de un familiar. El coche les dio problemas y pararon en Puertollano (Ciudad Real) para alquilar otro. Allí, un vecino les confundió con los etarras, cuya foto había visto por televisión, y los denunció a la Guardia Civil. El 10 de mayo fueron detenidos a punta de pistola en Roquetas de Mar y luego interrogados y torturados durante toda una noche por el teniente coronel Castillo Quero y sus hombres. Al día siguiente los tres cuerpos aparecieron tiroteados y calcinados en el interior del coche alquilado. La carta de un testigo permitió llevar ante el Tribunal a los guardias. Fueron condenados a prisión por delito de homicidio y expulsados del Cuerpo. El segundo ‘caso Almería’ corresponde perfectamente a la inquietante formulación transicional sobre los “oscuros aparatos del Estado”. Que teóricamente pudiera suceder en cualquier otro lugar español no le quita mérito alguno a la provincia.

Ninguno de esos dos es comparable al siguiente y definitivo ‘caso Almería’. Basten unos números calientes. Almería ha llegado a ser en estos últimos años la segunda provincia de España en crecimiento económico: concretamente, en el período 1995-2002, creció un 25 por ciento más que la media española. Almería lidera las provincias andaluzas en renta per cápita: once puntos por encima de la media. Hay más datos en un artículo contundente de Francisco Joaquín Cortés García, publicado en el número 2839 de Información Comercial Española. Leía el artículo en el Bitácora. El Bitácora es un restaurante interesantísimo, a mano izquierda según se divisa el golpe de bahía de Las Negras. Oficia en él Yolanda Navarro, que es una cocinera joven y, a pesar del grave inconveniente, una cocinera puramente excepcional. El primer día me sirvió un carpaccio de pulpo, salpicado con pipas de loro y furiosamente aliñado con lima, y ya decidí no moverme. Contribuyó también la lecha, que llevaba de ambiente una patriótica mermelada de tomate raf. Pregunté si esa mermelada, desprendida de su pez, podría tomarla de mañana, recién levantado, y pusieron todo tipo de facilidades. Empecé a ir a desayunar. Larga y lentamente, hasta que me daba el mediodía. Leía el artículo de Cortés García porque ya sabes que soy un viajero con prejuicios, y el principal soy yo mismo y mi impresionable carácter, y porque después de unos días viajando por la provincia, en especial por el Cabo de Gata, había concluido que Almería era el mejor lugar de España.

Rige aquí el imperio socialdemócrata. Se distingue perfectamente en los pareos, y en multitud de llamativas notas de ambiente: una mañana, por ejemplo, en el estanco-librería vi a una veterana pareja comprando el Marca, la revista Hola y un par de librillos de papel de fumar, y salí de allí habiéndolo comprendido todo. Es cierto que a veces el imperio resbala hasta el frikismo jipioso, como sucede en la bella Cala de San Pedro, diariamente tomada al asalto por una birria de birras. En fin: mis prevenciones ante el modelo las conoces a la perfección. Pero aquí ha logrado el éxito, absolutamente. La socialdemocracia ha protegido el Cabo de Gata y ha logrado hacer de estas playas una insólita reserva. En la nueva arquitectura de sus pueblos, en el aire de algunos de sus hoteles, domina la casa marieclaire: su impronta civilizatoria se percibe mucho antes que su empalago. En otras provincias andaluzas la socialdemocracia y el chavismo han hecho un Per de la vida cotidiana: en Almería la subvención convive con el formidable negocio de los mares de plástico, la única construcción (¡y no la Muralla China!), que se advierte desde el espacio. Este carácter mixto se ve muy bien, ahora, en la crisis. Almería es la provincia más hipotecada de España y la subida de los tipos de interés y del paro están perjudicándola gravemente: pero la respuesta que domina, perceptible en las conversaciones y en la prensa local, no es implorante. Todo lo contrario: hay un llamamiento general a seguir inventando.

El optimismo y la fuerza también forman parte también del auténtico caso de Almería. En cualquiera de sus rasgos el caso da mucho que pensar. Fíjate por ejemplo la pirueta que dio la pobreza, la extrema condición subordinada de una provincia que en muy pocos años ¡ha doblado! su porcentaje de aportación a la riqueza general de España. Un paraje turístico intacto. Una ausencia de los procesos de reconversión que tanto afectaron, en los años ochenta, a otras zonas españolas. Y la benéfica libertad que da la ausencia de tradición y el todo o nada con que los hombres encaran a veces, por obligación, su futuro: los almerienses comprendieron muy bien, mejor que nadie en Europa, que la contradicción de que en un país del Primer Mundo fuera la agricultura un motor económico sólo podría darse partiendo de una premisa: no era agricultura sino industria. Un oro rojo (el del tomate) que cambió hasta la misma forma de morir: como aquella madrugada en que el pique de un Porsche y un Ferrari en una carretera de El Ejido dejó un cadáver y tres cuerpos maltrechos. Hay que volver a escribir  Campos de Níjar. No sé si Goytisolo querrá ponerse en marcha de nuevo. Hay que incluir en un libro, o donde quepan, las piedras de cuando estalló el volcán, esa aristocracia mineral que no sólo dice siempre estuve, sino siempre estaré. Hay que incluir a los negros, navegando por el mar de plástico, el mismo material de sus sudarios. Cabrán también las lituanas, con sus formas incrustadas a presión en el testarossa. Un libro con un pareo de regalo.

Esta noche, amigo mío, actua Manolo Escobar en Campohermoso. Campohermoso es un poblado del Oeste, pero de verdad, no como el de Tabernas. Escobar en su Almería. Un inmenso coral tu bahía. No podré verlo, y habría dado un insomnio, porque quizá la última capa del caso de Almería se me habría rendido simpáticamente. Escobar en Campohermoso. Este lugar y su artista, los dos hechos gota a gota.

Sigue con salud.
A.

(Links: Verónica Puertollano)

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