25 de julio
Alternativos
Se sorprende el mundo del camuflaje de Karadzic. Mi sorpresa es que lo llamen camuflaje. Se hacía pasar por curandero. Un genocida disfrazado de curandero han dicho los periódicos. El camuflaje era bueno, porque era inexistente. No todos los curanderos son genocidas; pero es indudable que todos los genocidas son curanderos. El llamado Dragan David Dabic se daba a la llamada “meditación holística”. ¡Como si fuera nuevo en su vida! Todo nacionalismo es un holismo. Y no hay nada más integral que la limpieza étnica. La insistencia en el camuflaje y en la posibilidad de que Karadzic se hiciera pasar por otro sólo obedece al aura y al buen rollo que en nuestro mundo desprende lo alternativo. Incluidos los casos, por supuesto, en que la alternativa es el mal. Los seres humanos tienen una muy llamativa concepción del perfeccionamiento y la felicidad.
Un lugar especialmente ennoblecido del pensamiento (sic) alternativo afecta a lo que suele entenderse por filosofías orientales. A mi juicio lo mejor que puede decirse de ellas es que después de muchos siglos siguen siendo, por fortuna, alternativas; y que ojalá lo sean por mucho tiempo. La posibilidad de que se conviertan en paradigma da temblores holísticos, y de ahí mi considerable preocupación estupefacta ante lo que ha sido una de las grandes noticias del verano, en la medida que el verano y sus relatos suelen estar teñidos por la alucinación. Hace días, y en medio de la silenciosa aceptación general, el director general de Tráfico, Pere Navarro, presentó el llamado “casco budista portador de paz” para uso de moteros, asegurando que contribuiría a reducir los accidentes de carretera. El señor Navarro, impertérrito, expuso sus fundamentos: “Se necesita un poco de ayuda de la filosofía oriental para conducir una moto”. Entre los innumerables centros de interés de la noticia destacaba también la puntualización de un Lama implicado: “Los monjes budistas no vendemos cascos, sino que los dotamos de valor añadido”. Es muy exacto, y define muy bien el mundo alternativo. Por un lado están los cascos (¡los cascotes! dirían los deconstruccionistas, siempre orientales) del paradigma occidental: hierro y plexiglás, fibra de vidrio, carbono, y no sé cuantas groseras aplicaciones de la tecnología occidental. Y luego el valor añadido, que consiste en pintarlo de rojo y azafrán.
Hay que observar escrupulosamente la fisonomía de los márgenes alternativos. La huida de Karadizc. La evidencia de que el hombre más razonable del nacionalismo vasco, Juan José Imaz, era un consumado jugador astrológico, que echaba las cartas en las reuniones gubernamentales. El casco del director de Tráfico, de rojo y azafrán. La gran tragedia de la muerte de Dios es que su aura ha estallado en billones de insidiosos pedazos.
(Coda: “El doctor Dragan David Dabic prometía curarlo casi todo con una ‘limpieza de aura”. María Ramírez. El Mundo, 23 de julio)




