20 de junio

Ilegales


¡Qué espectáculo más inapropiado para los niños! De nuevo las páginas de los periódicos rebosan de ilegalidad y de ilegales. Y es que los socialdemócratas han cambiado de planes políticos, y para eso están las palabras. Confío en que alguien la recuerde: hubo una época en que los inmigrantes eran, como malo, irregulares. Se argumentaba agudamente que los inmigrantes eran personas. De lo que se seguía que no podía haber personas ilegales. Se alzaba la voz, deletreándola (son especialistas en el deletéreo deletreo), para instruir al pueblo acerca de las «situaciones irregulares»: así llamadas porque el inmigrante sin papeles sólo era responsable de una infracción administrativa a la que le sobraba corte ilegal por todos lados. Era la época en que sólo el ufanamente llamado diálogo social entre el Gobierno y las organizaciones civiles podía determinar legítimamente las medidas sobre inmigración. ¿Cuando, esa época? Quia, época. Nuestra época. Hace un par de días. Cuando el presidente Zapatero vertía sobre la cara perpleja de Rajoy, en sus debates electorales, la lava de la xenofobia y luego le amenazaba blandiendo un Libro Blanco, ¿lo recuerdan?, donde se leía que la inmigración irregular aún podía y debía abordarse, en algunos casos, mediante la regularización, «ateniendo al arraigo social, el arraigo laboral y los demás supuestos.» Todos esos supuestos que, según esa directiva de la vergüenza aprobada anteayer en el Parlamento europeo (sólo tres socialdemócratas españoles, Josep Borrell, Raimon Obiols y Martí Grau no la apoyaron), permitirá separar a los inmigrantes de sus hijos o encarcelarlos durante meses antes de expulsarlos. Una serie de medidas que diseñan la asombrosa evidencia moral de que ser inmigrante puede ser un delito. Vuelve la palabra ilegal porque ni siquiera un socialdemócrata podría soportar sin un plus de cinismo sonámbulo que esas medidas pudieran aplicarse a simples irregulares. ¿Cómo la irregularidad iba a castigarse con la cárcel? No es preciso añadir que irregular e ilegal designan antes y ahora el mismo acto; sólo que ahora necesita el socialdemócrata una palabra que le laxe.

En cualquier caso todas estas medidas, y las que vendrán, tienen la virtud de desnudar de retórica buenista la relación puramente mercantil entre los emigrantes y eso que todavía tendrán la desvergüenza de seguir llamando «países de acogida». Un país es la propiedad privada de sus bien nacidos y violar una propiedad privada es un delito. Por lo tanto, y en aras de la verdad y de sus atributos, mejor que el bambi haya mutado y el tradicional aviso (¡Cuidado con el perro!) cuelgue amenazante e inequívoco de las alambradas.

(Coda: «El ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, dijo que la directiva «protege a los inmigrantes ilegales.» El Mundo, 19 de junio de 2008)

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Correspondencias /M.

Yo acudí allí pensando en lo que decía Enric González en Historias de Londres de los periodistas del Sun: el peor periodismo lo hacían los mejores periodistas de Inglaterra. O del Economist: los análisis y las informaciones más solemnes las firmaban - no vale para el Economist la figura: las escribían - los tipos más irreverentes e hilarantes. Así, con gran voluntarismo y sin el menor fundamento, pensé: la fuerza de choque del liberalismo estalinista - JA Montano - bien podría estar formada por una pequeña élite irónica e inteligente, que crearía en sus cuarteles un ambiente berlinianamente liberal. Me querían porque les gustaron mis artículos, cómo escribía, y también mis inclinaciones ideológicas, claro. Quizá me quisieran dar una columna y venderme como un joven liberal, conservador en política y abierto en el dogma. Que podría escribir mucho, en muchos sitios y casi libremente, me imaginé ante el entusiasmo que aquel jefe puso en que aceptara su oferta de prácticas.

Lo que he visto es muy distinto:

un ambiente tenebroso, con unos hombres mal afeitados, desmotivados, apáticos tecleando en silencio ante los ordenadores. Un entrevistador e hipotético jefe titubeante en las formas y sin fisuras ideológicas. Unos fabulosos planes en el periódico consistentes en ayudarle a editar los textos de los colaboradores y los del suplemento Iglesia. Honorarios y retribución de becario y un intolerable cuestionario ideológico con una broma justificativa ridícula - a ver si vienen los del Gobierno a deternernos, seguida de una carcajada siniestra que no consiguió ocultar el patetismo de la rebeldía libertaria del carcelero.

El inexplicable mito (mío) del liberalismo español pulcro, ordenado, trabajador y superior, intelectual y estéticamente, a la socialdemocracia realmente existente queda felizmente desactivado.

M.

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