30 de mayo

El abuelo

Termino en Alange el viaje por la vida privada socialdemócrata, que me ha hecho recorrer las veladuras de Telma Ortiz Rocasolano y Miquel Barroso Chacón. Lo termino en este pueblo extremeño donde nació Juan Rodríguez Lozano, capitán del ejército republicano, fusilado por un pelotón franquista. La semana pasada se llegó hasta Alange el presidente del Gobierno para seguir celebrando la juerga electoral, que dura ya dos meses y medio, un hecho facilitado por los problemas del país y de la oposición, igualmente agónicos y ante los que la grande bouffe es, en efecto, lo más recomendable. La juerga de Alange supuso la enésima y desenvuelta instrumentalización de una víctima del terror y la exhibición de un cadáver que había gozado de una magnífica intimidad hasta la elección de su nieto como secretario general y luego presidente del Gobierno. Exhibición que se ha producido sin el acuerdo del abuelo, tal vez encuadrándose en aquella pintoresca máxima de la literatura memorialística según la cual sólo se pueden decir ciertas cosas de alguien cuando ya ha muerto, se supone que para que no chiste. Como en cualquier otra fama el capitán Lozano ha recibido el cariño y la admiración de una inmensidad de desconocidos y ha disfrutado de los innumerables privilegios del foco; pero también ha debido apechugar con una abundante colección de comentarios innobles. En cualquier caso insisto en que no era posible preguntarle si estaba de acuerdo o no con la exhibición, primero porque estaba muerto y segundo, porque de estar muerto y sin embargo vivo, tampoco podría haber bloqueado, ni por decreto ni por sentencia, el interés público por el hecho de que un abuelo presidencial hubiese sido fusilado.

Todos aquellos que de manera harto banal se escandalizan porque los medios decidan quién aparece en ellos (previa y continuada consulta al público mercado) relajarían su ceño si acto seguido de haberles negado a los medios el derecho dijeran con claridad quién debe hacer su trabajo. No podrían decirlo, claro está, porque en la democracia hay dos delegaciones controladas, de tensa y recíproca influencia: la del voto, que permite a los políticos gestionar la organización social y la del periódico que permite a los periodistas escribir el guión del día. Tal guión no pueden escribirlo los protagonistas, por imperativo ontológico, digo con clara pedantería. Lo demuestran, incluso, los casos de personas como Greta Garbo, J.D. Salinger, Marisol o Telma Ortiz, que defendieron con uñas y dientes su opacidad y que, paradójicamente, vieron cómo su ausencia se convertía en presencia más intensa y constante. Y lo demuestra, claro, el más famoso hijo de Alange, levantado de su tumba y puesto a dar mítines por un hombre extraordinariamente celoso de la privacidad de su familia, excepto cuando se trata de un bien mayor indiscutible como el de ganar la guerra civil.

(Coda: “Entre nosotros, el estilo frívolo ha alcanzado desde hace mucho su perfección”. Joubert. Moralistas franceses. Almuzara)

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