29 de mayo
No es exacto que Madrid no haya puesto nunca condiciones. La principal condición siempre ha sido vivir allí. Cójase la relación de los columnistas que hoy jueves escriben en los tres principales periódicos españoles. A ver cuántos viven en la provincia. Hágase lo mismo con las tertulias televisivas, radiofónicas, etcétera y con cualquier relación de premios literarios o artísticos, en general. La razón de esta predominancia absoluta es fundamentalmente económica: Madrid no quiere costearle al creador los desplazamientos y además prefiere que viva entre la gente que decide porque, entre otras muchas razones funcionales, así pueden facilitarse las relaciones de reciprocidad social necesarias. El lobby de Madrid, como el de Washington, es formidable y cuesta mucho sustraerse a sus premisas. De ahí que pueda relativizarse la propaganda que presenta a la capital como obstinado rompeolas de España.
Sin embargo, no es lo mismo exigir suelo que sangre. Y esa línea es la que acaban de cruzar los que han firmado el documento en pos de un teatro libre de la peste catalana. Aunque, cabe decir, que no son otra cosa que hijos tardíos y lerdos de los políticos que prefirieron rebajar el Distrito Federal al rango de Comunidad del oso y el madroño.


