23 de mayo

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Las lenguas suelen ser noticia política o sentimental, que es lo mismo. Se anotan las disposiciones abusivas del poder sobre ellas o se escribe la necrología del último hablante, donde lo que se llora es la lengua y no el hablante. Esas noticias siempre tienen detrás algún lobby más social que lingüístico. De ahí que no sea extraña la desatención general con que está tratándose la novedad más importante en materia lingüística (y moral) de las últimas décadas, es decir, la generalización y el perfeccionamiento de la traducción automática. Las últimas noticias del traductor de Google son auténticamente memorables: cualquier texto escrito en 24 lenguas (y el número aumenta paulatinamente) puede traducirse en segundos a cualquier otra de las 23 lenguas restantes. Del español al inglés e idiomas adyacentes, por supuesto, pero también al árabe, búlgaro, chino, hindi o noruego. Y viceversa. Uno de esos milagros científicos a los que el hombre contemporáneo va acostumbrándose con su grosera indiferencia de nuevo rico; una apología práctica de la unidad de la especie que no goza del cariño de la prensa, tan centrífuga por definición.

La calidad de la traducción automática es objeto, con frecuencia, de chistes. La calidad, obviamente, no es la misma en todos los pares de lenguas comprometidos. Depende de la similitud que haya entre sus estructuras sintácticas y también de los volúmenes de texto bilingüe de que el traductor disponga en ambas lenguas. Hace ya tiempo que los ingenieros de Google desecharon concebir un sistema inteligente que comprendiera la lógica de los distintos idiomas y se inclinaron por la fuerza bruta: volcar toneladas de materiales multilingües para que a través del aprendizaje estadístico el traductor pudiera dar la mejor solución a los frecuentes problemas de ambigüedad semántica. La fuerza es un valor, qué duda cabe; y a mí me gustó que un sistema como el lingüístico, tan frecuentemente basado en la arbitrariedad y en el capricho social, recibiera su merecido pragmático. No hay duda, al menos en los idiomas donde yo puedo merodear, que la traducción automática supone ya una ayuda inmensa para comprender y hacerse comprender

Entiendo, sin embargo, que este asunto tampoco sea del agrado de los líricos. Al igual que maldicen cuando la neurociencia pone palabras (vigorosas) a lo inefable, la traducción automática añade un grado insoportable de prosa, mediante vulgares algoritmos, al desvelamiento del espíritu de la lengua. Hasta el punto de que la expresión

 

Traduttore, traditore alcanza un nuevo y definitivo significado. Por último, la traducción automática, perfeccionada, es devastadora para la proliferación misma de lenguas, cuya reivindicación se basa sobre todo en el gran número de supercherías asociadas a su presunta espiritualidad y en el foso de incomprensión que traza su propia naturaleza. Las lenguas, en manos de la traducción automática, acabarán siendo una fortaleza felizmente tomada. Tomada, inútil.

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Correspondencias / Mercutio

‘Hace ya tiempo que los ingenieros de Google desecharon concebir un sistema inteligente que comprendiera la lógica de los distintos idiomas y se inclinaron por la fuerza bruta: volcar toneladas de materiales multilingües para que a través del aprendizaje estadístico el traductor pudiera dar la mejor solución a los frecuentes problemas de ambigüedad semántica.’

Como hacemos nosotros, todos: que levante el dedo el que reconozca un verbo irregular la primera vez que ve su infinitivo.

Un abrazo,

Mercutio

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