17 de mayo

Cuando Camba se hubiese jugado la vida


camba.jpg Querido J:

El 18 de diciembre de 1902 atracó en el puerto de Cádiz el María Cristina, que traía un grupo de anarquistas expulsados de Buenos Aires. Entre ellos iba Julio Camba, el mejor columnista español. Aún no lo era: dos días antes había cumplido 18 años y a los 13 se había metido de polizón en un barco que lo llevó a la Argentina, donde se hizo hombre y anarquista. Y lo más duradero de todo: columnista. Casi un niño, escribía cosas terribles en los periódicos y quería comerse a la Humanidad cruda. Después de una huelga general, en el invierno de 1902, el Gobierno argentino expulsó a los anarquistas extranjeros. Italianos sobre todo: Camba aseguraba que la mitad de los argentinos eran italianos y la mitad de los italianos anarquistas. La primera escala española del barco fue Tenerife; la segunda Cádiz.

Todo esto lo sabías, porque tu interés por Camba es tan viejo y grande como el mío. Los dos habíamos leído también aquel artículo suyo donde evoca la escala gaditana y al periodista, cuyo nombre no olvidó, que le hizo la primera entrevista de su vida: «¿Cuál es la patria de usted? –me preguntó. Y yo le contesté: –Mi patria es el mundo. El señor Quero no se quedó muy convencido, pero tomó nota y siguió adelante.» En todos los libros escritos sobre Camba no he visto nunca más cita de la entrevista que la que él mismo hizo. Y la otra tarde, releyendo artículos me saltó otra vez a la cara este de La Tribuna, publicado en 1912. Sin pensarlo más le pedí a mi presidente (ya sabes que soy miembro orgulloso de la Asociación de la Prensa de Cádiz, que preside Fernando Santiago) que tratara de confirmarme si esa entrevista del Diario de Cádiz había existido realmente. En un par de semanas me envió dos recortes esenciales.

No hay firma en ellos. Pero se ve perfectamente al hombre. Ahí va Quero. «Cuando ayer por la mañana llegó a nuestro puerto el vapor María Cristina se supo que venían a bordo varios individuos españoles, considerados como anarquistas, que habían sido expulsados de Buenos Aires (…) Y para enterarnos de lo que hubiera de cierto fuimos al mencionado barco.” Ya está Quero arriba: «Allí, conocemos al más joven de ellos, Julio Canela [sic], de 18 años, es soltero y natural de la provincia de Pontevedra. Marchó a Buenos Aires desde su país natal hace año y medio, y allí ha sido redactor, según dice, de dos periódicos conocidos. Ha colaborado también en periódicos anarquistas, y tomado parte en meetings de resonancia. A las autoridades de aquella ciudad ha dado bastante que hacer, porque no cesaba en la propaganda de sus ideas, las cuales no oculta. No siente venir expulsado a España –nos dijo–, porque es español y porque lo mismo le da vivir en aquellos lejanos países: su patria es el mundo.»

Ah, me enternece oírle hablar así. En el citado artículo de La Tribuna, excavado por Pedro Antonio López para la lujosa antología de Camba que hizo para Austral, y ya con 27 años, quiso refutarse: «¿Que por qué recuerdo hoy todo esto? Pues porque quiero anular en estas columnas aquella declaración. El mundo me resulta demasiado grande (…) No. Yo no soy nada internacional. Yo soy de Villanueva de Arosa, partido judicial de Cambados, provincia de Pontevedra.» Me enternece, porque Camba osciló entre la creencia y el escepticismo cínico y a bordo del María Cristina creía por vez primera. No volvería a sucederle hasta 1933, cuando escribió Haciendo de República, para dar cuenta, precisamente de su creencia republicana, rápidamente traicionada. Aún volvió Quero al María Cristina. O al menos su prosa. Y ya anota correctamente el nombre de nuestro escritor: «Julio Camba Andreu, el joven periodista, natural de Galicia, lleva escritos algunos trabajos que dará a la prensa en Barcelona. Expresa que es tan entusiasta por la idea anarquista, que perdería la vida si con ella pudiera lograr un triunfo para la misma y para la redención de los obreros.» ¡Camba, dando la vida, y no sólo por algo sino por los otros! Quero, aunque impresionado, aún está en condiciones de trazar su retrato: «Este joven es de temperamento nervioso, de una actividad extraordinaria, delgado, de mirada inteligente; pasa muchas horas del día leyendo libros anarquistas y escribiendo artículos que envía a varios periódicos.»

El María Cristina zarpó el viernes 19 de diciembre, rumbo a Barcelona. Quero cuenta que la policía impidió que cualquier persona de Cádiz se acercara al barco a hablar con los anarquistas, temiendo sin duda la diseminación de la peste. ¡Un barco en cuarentena! La ciudad de Barcelona estaba tan expectante que incluso se escribieron previas. El 20 La Vanguardia publicaba un suelto urgente y confidencial donde se aludía a un telegrama que su colega gaditano había enviado al gobernador civil de Barcelona, informándole de la partida del barco peligroso. Y añadía: «Todos estos anarquistas son de acción, particularmente Julio Cañella [sic], natural de Pontevedra y Antonio Palau, natural de Barcelona.» La confusión con el apellido progresaba. Aunque estaba por alcanzarse la inconmensurable cima de El País, que lo llamó Julio Caníbal. Más extensa y analítica era la noticia previa de El Noticiero Universal, que se quejaba de la imprudencia del Gobierno de dejar desembarcar a los anarquistas en Barcelona, «donde con tantísimos correligionarios cuentan.»

El Noticiero no sabía que había sido el propio Camba el que había pedido ir a Barcelona, La Rosa de Fuego de los anarquistas. Lo escribió él mismo en un libro asombroso que llamó El destierro, donde explica su aventura anarquista y que acaba en alta mar, poco antes de que el Cristina atraque en Cádiz. Ya conoces las razones de mi asombro: lo escribió con 22 años y yo aún no sé de nadie que a esa edad escribiera de aquel modo tan limpio y profundo. Al libro le pusieron el anzuelo de novela. Probablemente tuvo que ver en ello su originaria publicación en El cuento semanal. Pero el escritor detalla las condiciones de su pacto veraz con el lector en un fragmento inequívoco y magistral: “El público se imaginará que yo soy únicamente el autor de esta novela; pero, en realidad, soy algo bastante más importante: soy el protagonista. A los diez y seis años yo era protagonista de novelas, y a los veintidós las escribo. Indudablemente he decaído mucho. Yo soy el protagonista de esta novela o de esta historia (…) Los soldados böers, después de la lucha homérica, se dedicaron para ganarse la vida a reconstruir por medio de pantomimas sus episodios más interesantes. Yo también, si cuento estas aventura de mi vida pasada, es para ir sosteniendo la presente.»

La policía de Barcelona interrogó a Camba y él aclaró de inmediato que era un anarquista en teoría, aunque sin negar que propagara las ideas de su credo. El Liberal le daría la razón unos días después, en un magnífico editorial socialdemócrata: “El ser anarquista es, sin duda, un extravío del intelecto, pero no es un delito, en ninguna parte del mundo, el sentir un ideal y el pretender exteriorizarlo sin faltar a las leyes.» La policía pareció estar de acuerdo. Decía El Noticiero en su última nota sobre el caso: «A cada uno de los diez anarquistas que ayer llegaron a Buenos Aires y que anoche fueron puestos en libertad entregó el gobernador civil diez pesetas. Además, el inspector de guardia, bajo cuya custodia estuvieron en el Gobierno civil, les invitó a café». Le iría bien el café a Camba. Muchos años después contaría a Alfonso Camín, en su hermoso piso sobre la fronda del Retiro, el final del destierro: “Me agarraron en la Argentina en traje de verano. Me entregaron a la Guardia Civil, que me llevó desde Barcelona a Galicia. Atravesé España en pleno invierno con traje de playa. Las cárceles eran mis posadas de tránsito. En Galicia me entregaron a la custodia de mi padre.

Como bien sabes, cuando me preguntan sobre el particular yo digo que sólo escribo para mis muertos: Pla, Chaves, Corpus, Gaziel, Camba. O sea que ha sido un gran placer.

Sigue con salud.

A.


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