Y a las dos en José Luis
(Es esa muchacha típica,
los domingos en la hípica
y a las dos en José Luis)
Hace unos meses escribí un artículo que me trajo muchos problemas. Estábamos entonces en plena apoteosis popular, con la maquinaria funcionando a toda la presión posible. Del gobierno caía el vicepresidente, de los periódicos caían los titulares –resbalaban entre el fango y la sangre– y de los muslos de las pepitas, de las chicas del PP, caía cualquier asomo de pudor. Desde joven, la visión muy repetida de la carne me fatiga. En especial, la carne de pollo, con sus pechugas, pero también me agobian con facilidad los tacos de buey y vaca, prietos y coloraos. Yo escribí entonces para dos cosas principales. La una para relativizar la calidad de los muslos que estaban a la exposición pública. Bien estaba que el futuro popular que nos aguardaba, según los voceros, fuese hermoso, honrado e indiscutible. Pero que se elevaran esas piernas a la categoría de cambio de régimen me parecía excesivo y lo dije como pude. Luego dije que estaba deseando que llegaran al poder para que se vistieran.
Sentó mal, para qué nos vamos a engañar. Me escribieron cartas, por el correo y por el fax, me llamaron por el teléfono y hubo alguna que hasta se me encaró en un pasillo y me la tuve que sacar de encima a base de decirle que había perdido por completo la razón. Todas esas mujeres, menos una –una, aunque fundamental– eran de izquierdas. Aquellos días, lo confieso, sentí por las chicas de la izquierda, un repentino y turbador ataque de ternura. Estaban a punto de desalojar los despachos; habían sido objeto de los ataques e insinuaciones más procaces –no fue de los menores que la caspa de Madrid dijera: “¡Estos que vienen sí que son muslos, tú!”– y a pesar de todo eso las antiguas chicas ye yé ponían la otra mejilla o el otro muslito, como se prefiera, y no se dedicaban a nada mejor que a reprocharme el aterrador punto de vista masculino desde el que miraba las cosas, a largarme en fin el parte adjetivo habitual. A las que tuve más paciencia, llegué a contestarles: “¿No véis que sólo sacan el muslo para ganaros?” Se negaron en redondo a admitir semejante posibilidad, yo creo en el fondo porque desconfiaban de los muslos propios, pero eso ya no me atrevía a decírselo.
Bien, ya gobiernan. Llevamos más de dos meses sin verles el muslo. En vano, he aguardado a que la señora Loyola de Palacio cruzara las piernas como quien cruza los dedos cuando oye hablar del síndrome de las vacas locas; en vano he esperado de la señora Mónica Ridruejo algo más que ese retrato entristecido, de déficit, con el que se presenta en los periódicos; en vano de la señora Esperanza Aguirre algo más que una voluntad –muy genérica, no caben ilusiones– de abrirse al cuerpo social; en vano he tratado de ver a la señora Ana Botella en otra posición que la de firmes, muy firmes. Mientras lo que voy a contar dentro de un momento no sucedió, yo me acogí como explicación candente a la que se acogía el ancho mundo para explicar las primeras semanas del Partido Popular en el poder: “Desengáñate: es que no gobiernan”. Pero, en seguida, el mundo pudo ver a Isabel Tocino entre ovejitas, recorriendo la cañada, con falda de pastorcilla. Esa foto fue el primer acto de gobierno del Partido Popular y el final de tantas ilusiones. Ya se han vestido. En el fondo de cada vampiresa late una tímida, dulce, alegre pastorcilla. Ya se han vestido. ¿Y el pasado? Quia, pecadillos de juventud.
Todo ha cambiado en José Luis. Ese bar, sobre todo en Barcelona, que es donde puede hallarse el auténtico espíritu del José Luis madrileño –no me dan líneas para entretenerme a justificar eso eso: otro día me las darán– exponía periódicamente muslos de derechas, muslos favorecidos por la herencia, la dieta o el tiempo u otros que no, pero siempre, insisto, muslos inequívocos de derechas. Durante el invierno pasado, en ese bar no se podía dar un paso de ojos sin tener que decir mentalmente perdone. Llevaban no sé cuantas semanas en pleno desfile de la Victoria. Una marcha militar, se estilaba. Desde mayo, en José Luis se gobierna y todo es rigor. Ya comprendo que el pantalón sea más práctico para trabajar. A veces pienso que el gran mérito de la izquierda española contemporánea no habrá sido otro que el haberles obligado a enseñar el muslo para hacerse con la victoria. No es poco mérito. Realmente, haberles obligado a proponerse así, muslo en ristre, no tiene parangón en nuestra historia.
Estoy mirando a Isabel Tocino, ovejita lucera, bajando la cañada. El orden es la única condición del desorden. Hubo un momento en España, este invierno, en que ese apotegma naufragó. Iban como locas. Aznar, hombre providencial, fue el que empezó a arreglar las cosas: casó a la señora Rudi –Luisa Fernanda– y le dijo en público a la señora Barberá –Rita– que ahora iba a por ella. Y va ven, desde que rige los destinos de España, ni un sólo muslo. ¿Alguien ligero de cascos? Sin novedad: es uno y es hombre.
(Woman, 1996)
·
Correspondencias /Jesús García Caballero
Querido Arcadi,
No seré yo el que establezca paralelismos entre el País Vasco y la región de Santa Cruz en Bolivia, como tampoco me considero autorizado a opinar sobre casi nada, y menos de periodismo y ética, pero me ha indignado el titular de esta información del portal Libertad digital: Por lo visto, el que agudiza la crisis para el redactor es Evo Morales, es decir, el presidente del país, por no reconocer la legitimidad del referendum a todas luces ilegal. Te suena? Nunca te había escrito pero te llevo leyendo unos años, y te considero una referencia ética en el periodismo. Tampoco pretendía hacerlo ahora pero al leer esta noticia he intentado dejar un comentario (sólo había uno y muy grosero) y al ir a registrarme me pedían el número de móvil y que enviara un SMS! De ahí que haya pensado en ti.
Un abrazo,
·
Correspondencias /Maite Díaz González
Leyendo en EL MUNDO la noticia sobre la crisis en Bolivia, -gracias al
correo que he leído en su blog- pensaba en los componentes culturales
que tiene Iberoamérica con España.
En la crisis, un gobierno de extrema izquierda alineado con la
dictadura comunista de La Habana, pone en peligro la estabilidad
política del país; tratando de reformar la constitución, las zonas màs
industriales y prósperas deciden fragmentar el país para escapar
-lógicamente- al desastre que se avecina.
Lo curioso es que el presidente electo democràticamente convoca a un
diàlogo y se retracta porque la Iglesia serà la mediadora, siendo una
fuerza política que ha tenido decisiones, ejercido, pedido el voto en
la campaña. No hay ejemplo màs pedagógico para demostrar lo nefasto
que puede llegar a ser la vinculación de la fe, -sea religiosa o
ideológica- en las tareas administrativas y organizativas de las
políticas y la economía de un estado.
Un amigo inglés, londinense, siempre me decía, ah! es fiesta religiosa
hoy en España -otra màs- esto es lo que se han inventado los curas
para empobrecer a la gente. Un control social irracional, pasional…y
juro que “la pasión” me encanta, pero para escuchar saetas en semana
santa por las calles del barrio de los Austrias y sentir el olor del
incienso en los bares en los cuerpos de los costaleros durante los
descansos, el aspecto lúdico de la fe es siempre hermoso y pagano,
cuando los pueblos del sur aprendan a situar la gestión en las
instituciones civiles, tendràn confianza en sí mismos, la política
serà una ocupación no una profesión y los políticos seràn gestores,
administradores a los que se demandaràn cuentas en términos de
eficacia económica y social. Estuve pensando ayer, en Calvo-Sotelo, en
su grandeza, que fue esa exactamente, gobernar como un gestor,
administrar la economía, lo rencores, las traiciones con la razón, y
luego no hacer de la política una profesión.
Saludos,


