19 de abril
Ante la crisis radioactiva que se avecina
Querido J:
Como ya te insinuaba en una carta anterior, la que fue tu ciudad se ha acostumbrado a las crisis. Sale de una y ya está suplicando otra, y con vehemencia. La divinidad se muestra magnánima y no le hace esperar. Apenas el Ave había llegado y los trenes de cercanías empezaban a funcionar, se instaló la crisis de la sed, magnífica. La crisis tiene un espectro amplio: cubre todos los partidos políticos del gobierno presente y pasado, porque ninguno de ellos puede librarse de responsabilidades; y proyecta un energético argumentario polémico donde despunta el asunto favorito de las Españas, esto es, el agravio. Hace algunos años, en la etapa crepuscular de Felipe González, escribí una columna de la que aún recuerdo su título: “Bcn les bains”. Una ironía suave sobre el apego que el entonces presidente del Gobierno manifestaba sentir hacia la ciudad, y que era absolutamente novedoso, porque durante la mayor parte de su mandato la había ignorado olímpicamente; si me arriesgo al adjetivo manido es porque ni siquiera en los Juegos el presidente había querido participar de la euforia ciudadana, al margen de su obligada y rauda presencia en la ceremonia inaugural. Sin embargo, el período tan extraordinario que dio en llamarse la crispación lo había llevado a apreciar de repente las minerales virtudes barcelonesas. Salía de Madrid, y sus tertulias a cuchillo y sus titulares a pistola, y se encontraba con el oasis, esa diástole inventada por la generación republicana (según el profesor Jaume Guillamet invención concreta del periodista católico Manuel Brunet, el año 1934) que la ciudad se concede unas horas antes de convertirse en ciudad de las bombas, del 6 de octubre o de los paseos por l’Arrabassada al amanecer. En el oasis gobernaba Jordi Pujol, con el que Felipe González había estrechado relaciones. Todo era calma e irrelevancia y el presidente descansaba del ruido en aquel balneario donde hasta los encarcelamientos de patricios a cargo del juez Estevill eran aceptados (y pagados) con una gran educación.
Todo ha cambiado, lo sabrás. El balneario está sin agua ni luz, aunque sobrevive inmutable la educación de los clientes y un sistema político-mediático cuya mejor alegoría es el cuarto alcolchado donde se ingresa a los pacientes afectados de crisis nerviosas. Sin embargo, no quiero insistir hoy en ello. Me interesa un aspecto pletórico de la decadencia, y que tradicionalmente suele contribuir a describirlas. Un fenómeno que habría de obligarte a no posponer más el viaje y volver aunque sólo fuera por dos o tres días laborables. Hasta donde me llega la vista no hay otra ciudad que coma de modo comparable a Barcelona. Xavier Domingo, que escribió en este periódico donde te echo las cartas y que se fue a morir a un cuadro de Hooper, escribió un libro estupendo que llamó: Cuando sólo nos queda la comida. El libro trataba de sí mismo, y no debería inducirte a error el mayestático. Pero ese “nos” ha adquirido hoy una imperiosa trascendencia colectiva. Durante muchos años Barcelona ha buscado una imagen de marca. No puedo comprender, si no es por un insondable prejuicio judeocristiano (aquí siempre vivo, a pesar de las apariencias), por qué no se imagina y se vende como un cerebro puesto al fuego, o mejor a la vitrocerámica. Para empezar ya sabes que el edificio más interesante de Barcelona es su gran mercado de la Boquería. Su reciente reforma, que no conoces, ha sido tímida, pero ha mejorado su recorrido y ha modernizado los puestos y algunos de sus apetitosísimos bares. Sigue siendo el lugar más peligroso del mundo para ir con hambre. La catedral pagana es sólo el principio grandioso y simbólico de una espectacular diseminación de restaurantes (y de alguna tienda muy refinada como Vila Viniteca, que tiene muchos de los mejores quesos, vinos y embutidos del mundo), cuyos rasgos principales son una modernidad real, un precio razonable y una calidad que roza con frecuencia lo genial. Ve al Manairó, muy cerca de la plaza de toros: tratan las sardinas con soplete y consiguen marinarlas al fuego. Ve al Hisop: prometo con crucifijo que hace un par de semanas era el mejor restaurante de la ciudad. Ve al Saüc: inventó la papada. Ve al Shunka: los mochis son unas tetillas que se cogen con la mano y luego se comen… en fin, lo reconozco, nada demasiado original. Ve al Lázaro: el mejor bacalao a la llauna, que es el plato más puramente barcelonés, lo hace una de Burgos. Ve al Inòpia y al Tapas 24 si quieres saber lo que es un bar español limpio. Ve a La Mifanera y acuérdate de mí y de Jordi Pujol porque a los dos nos gusta el arroz más que nada en el mundo. Ve al Contadino sotto le stelle… di caponata. Ve al Icho y exige que vuelva el foie con anguila. Ve al Gresca, que es el único lugar donde he repetido un plato de postre. Ve al Blau, y observa el ímpetu y la alegría del que acaba de abrir plaza en la ciudad. Ven y ve. En todos estos lugares se puede comer de modo fantástico por cincuenta euros. Naturalmente, yo no salgo de casa por menos; entre otras cosas para evitar el hórrido refrán ibérico, eco de las siniestras posadas, ese fatuo, rancio y triste: “Como en casa en ninguna parte”. La relación entre el genio y el precio de esta decena larga de lugares no se encuentra en París ni en Londres ni en Berlín ni en Milán ni en Roma ni en San Sebastián ni en Madrid, firmo, certifico y reto.
No me rige una cobertura socialdemócrata a la hora de evitarte la relación de lugares mucho más lujosos. Sólo es que, a diferencia de París, Londres o Madrid, son insustanciales y hasta vulgares. En Barcelona no hay restaurantes-estado. El niño Sostres atribuye la circunstancia, con gran agudeza, a l’avara povertà característica: lo primero que hacen al diseñar eso que se llama “un gran restaurante” es husmear por dónde podrían ahorrarse algo. No hay aquí ningún lugar que te intimide gozosamente. De hecho creo que no lo habido desde el cierre del Justin, donde la prosa de Néstor Luján me hizo cenar en su última noche. Y es especialmente lamentable la ausencia, dado que aun sin palacios sí hay un hombre: el gran Monge, jefe de sala de leyenda: a Vía Veneto se va a verle.
Las razones del gran momento de la cocina barcelonesa deben de tener su habitual ración de azar y necesidad. Desde luego está el genio benefactor, Ferran Adrià, cuya aportación trascendental no es El Bulli, sino la impresionante y generosa diseminación de su talento. Algo habrá influido también el que la cocina no haya sido una actividad subvencionada, a diferencia de otras formas del arte y el periodismo locales cuya patética desertización aprecia el visitante nada más dar los primeros pasos. Sea por las razones que sea ahí están los hechos. No los desmerezcas. La crisis radioactiva que viene de Ascó, y que va ser la próxima y la definitiva, me pillará cenando. O mejor después, en un paraje metropolitano y suburbial, cerca del tren y mojado por luz de yodo, donde anida el Tirsa y donde su barman sirve los gintonics coloniales de Lord Erroll, tan breves y venenosos como la vida.
Sigue con salud
A.
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Correspondencias /Etcmartin
Como no he podido poner este comentario en su blog lo escribo aquí.
Dice Arcadi: “… hórrido refrán IBÉRICO, eco de las siniestras posadas, ese fatuo, rancio y triste: Como en casa en ninguna parte.”
Dice Gustave Flaubert en el Diccionario de lugares comunes: “COCINA de restaurante: Siempre demasiado pesada
- Casera. Siempre sana.”
Pues eso.

