18 de abril de 2008
Es improbable que los políticos dejen pasar la oportunidad de sacarle rédito a la sequía y al modo de sofocarla. Aquí y allá se anuncian movilizaciones, marchas, interpelaciones parlamentarias, y cada día se oyen grandes voces sobre el asunto. Pero a diferencia de otras cuestiones que sólo atañen a los políticos, y que acaban y mueren en su boca (aunque dejando siempre un rastro de malestar) los problemas del agua son eminentemente civiles y afectan de un modo evidente a la convivencia española. La lucha por el agua tiene raíces remotas y una amplísima jurisprudencia, también lírica. Baste subrayar la interpretación de la pintura de Goya que muestra a los dos paisanos, enterrados en el barro hasta la cintura, y dándose de garrotazos: se disputan la milenaria acequia de un árido país. Si en la sociedad agrícola y goyesca la lucha por el agua se desarrollaba entre iguales, no sucede lo mismo desde el crecimiento de la ciudad metropolitana. La lucha ha adquirido un nuevo matiz de resentimiento y simboliza sin apenas esfuerzo retórico el enfrentamiento entre territorios urbanos y rurales. Lo primero que han hecho los agricultores del Delta del Ebro ante los irreflexivos planes anunciados por la ministra y el consejero ha sido empezar a regar. ¡Estaría bueno que por los de Barcelona se nos pasara el arroz! Naturalmente, un kilo de arroz requiere más agua que un kilo de hombre; pero este es un dato tabú: el despilfarro agrícola se sostiene, entre otras razones psicológicas y culturales, por la mala conciencia del habitante de las ciudades que se siente ante la ruralia como el Adán pecador que abandonó el paraíso. Un grifo abierto sobre la loza es una imagen criminal. Un caño manando sobre la hierba es vida y frescor. Una de las claves básicas de la derrota de Jordi Pujol (y que perseguirá para siempre al tripartito catalán) fue la sensación de traición que experimentaron algunos de sus votantes sureños cuando apoyó el trasvase del Ebro. No lo habrían esperado nunca de un ruralista. Habrá que ver si son igualmente decisivos para hacerle pagar ahora la misma cuenta a la izquierda.
El conflicto adquiere en España una última característica. El rasgo dominante del discurso sociopolítico de los últimos treinta años ha sido el de la singularidad y el blindaje moral o práctico de los recursos propios. Hasta el punto de que la trama de afectos española, anudada como nunca en los años de la gran emigración interior, ha quedado seriamente afectada. De los periódicos, a todas horas, cuelgan los grandes letreros: Valencia, Aragón, Cataluña, Murcia se dan y se quitan el agua. Ni una sola vez se leen los valencianos, los aragoneses o los catalanes. Y casi sería una broma hiriente y melancólica que alguna vez, en algún periódico, se leyera algo sobre los españoles.
A ver si llueve.
(Coda: “¡Agua va!: Era utilizada para avisar cuando desde alguna casa iban a echar a la calle agua o inmundicia.” Diccionario de la RAE)




