Cul de sac
El caballero que firma estas memorias lo tiene todo. Las pruebas básicas están en este libro. Nació en 1937, en España, en la Barcelona de Orwell, pero pasa largamente del metro cincuenta patrón. Como Orwell. Escribe con fuerza y limpieza. Como Orwell. Como Orwell (La política y la lengua inglesa, por ejemplo, y muchos otros ensayos vilmente desconocidos en España) se ha dedicado a desentrañar la capacidad encubridora de las palabras (El català que ara es parla, por ejemplo). Pero dejemos a Orwell. Sigamos con las pruebas.
En la portada del libro y en sus páginas interiores el caballero Tubau aparece fotografiado en compañía de François Hardy, en el festival de San Remo. ¿Qué español de su tiempo habría protagonizado esa fotografía, sin que dijeran, mira el chófer, cómo se arrima, el tío? Tubau sólo. Y lo que pasa con Hardy, pasa con Brassens en el patio trasero de Bobino. O pasa, en negativo, con los colegas de redacción de un diario de Barcelona, a primeros de los setenta: ¿De quién, entre esa agrupación de ceporros barbados, se podría decir sin sombra de duda que nunca ocuparía el cargo de comisario en ninguna de las múltiples oficinas culturales, políticas, periodísticas de la democracia, de quién si no de ése, en el extremo superior izquierda, que con una barbita como pintada, indolente, parece querer huir rápido de la foto?
Y, en fin, todas las otras pruebas: poeta inteligible (un oxímoron en España), genial dibujante, elegante calígrafo, maestro apasionado, culto, capaz de elegir los vinos, las escrituras y los lugares y uno de los escasos escritores españoles que saben lo siguiente: la confusión entre realidad y sueño sólo es legítima (e inofensiva) mientras se está soñando.
El caballero acaba de escribir el primer volumen de sus memorias. Seguirán otros dos. El global oficio de vivir lo ha fragmentado en tres de sus nóminas: la del periodista, la del actor y la del amante. Pero más allá de la limitación de las disposiciones argumentales el caballero encara profundamente en esta primera entrega el que quizá sea el tema de su vida: “¿Cómo me convertí en un segundón?” A nadie se le escapará la complejidad del problema dados los antecedentes (incluido Orwell) que se han transcrito. En realidad, “cómo llegué a ser un segundón” , si se piensa bien, es el tema principal de casi todas las memorias. La diferencia es que la mayoría de los memorialistas no lo saben.
Tubau sí: y con este tema y los restos de una infancia francesa, de una infancia de refugiados en Cordes, escribe apenas un centenar de páginas que están, en su corte autobiográfico, entre lo mejor que yo haya leído nunca. A lo largo de ese fragmento la escritura de Tubau despliega todas sus virtudes: ligereza, gracia, claridad y emoción. La infancia es una trampa de elefantes para cualquier memorialista: de ahí salen relatos apelmazados, digeribles sólo en la intimidad doméstica del que los narra. No es el caso: ese niño exiliado, inteligente y hermoso debe responder a la pregunta fundacional de esta memoria y a ello se dedica con intensidad, sin rehuirla nunca.
¿Cuál es la respuesta? Estas cien páginas. Letra a letra. Si pudieran resumirse no serían inolvidables. Pero cada letra de esa respuesta tiene su peso y su valor intransferibles, como sólo sucede con las escrituras importantes. Aún así, hay unos versos hasta ahora inéditos de Xavier Pericay que se aproximan a la paráfrasis:
“Viure amb el geni exhibit/és complex, és dur: embarga”
La pregunta no acaba en Cordes, aunque allí se desarrollen sus implicaciones más profundas. La pregunta ensarta una humillada juventud barcelonesa, como aprendiz en lencerías o almacenes de neumáticos y una entrada en la edad adulta como profesional de la radio, la televisión y la prensa escrita. El relato, seductor siempre, a veces decide pararse, o volverse, o autopreguntarse, o retorcerse en un uso libérrimo del escorzo narrativo muy parecido a la vida. En una de esas kodaks interiores, fijas, el autor puede hablar, por ejemplo, de esos trabajos “todos forzados, todos desagradables, hechos para no morir de hambre o para que mi madre no me montara uno de esos números lloricones de víctima de la vida. Lo he reconocido, la mama fue una víctima de la vida. ¿Y qué?”.
“¿Y qué?”, dice.
En fin, sólo quiero insistir en que este libro de Tubau conduce a un callejón sin salida. Como si la explicación del porqué alguien decide no ser Víctor Hugo la hubiese escrito Víctor Hugo.
Matar a Víctor Hugo
Iván Tubau
Espasa Calpe, 2002


