28 de marzo
La prensa sensacionalista escribe que en América un hombre se ha quedado embarazado. Se llama Thomas Beatie, nació mujer, quiso ser hombre aunque conservó su útero, tomó un tiempo testosterona, dejó de hacerlo, se inseminó y lleva ya algunos meses de embarazo. Éste, en passant, es un caso supremo de meditación para todos los párrocos que se oponen a la intervención en el diseño genético de los hijos; sería interesante saber cómo encaran el sucesivo diseño hormonal de los padres. Lo cierto es que no parece razonable decir que Beatie sea un hombre embarazado. Por lo que hoy se conoce un hombre embarazado lo sería aquel que nacido con los cromosomas XY o XYY fuese tratado hormonalmente y sometido a un transplante de útero. Una posibilidad que los especialistas no sitúan muy lejana, pero que hasta la fecha no se ha descrito.
La caracterización mediática, como hombre, del sujeto que va a parir es fruto de sus propias declaraciones: “Voy a ser el padre de mi hija, y Nancy [su pareja, que afectada de una enfermedad ginecológica no pude concebir] será la madre”. Beatie se siente un hombre y la prensa dice que es un hombre. El periodismo de declaraciones tiene una amplia tradición, y un calado cada vez más profundo, desde luego; pero el crédito de Beatie es el mismo de alguien que dijera: “Soy inocente”. Es decir, una vez dicho habría que verlo. Sentirse es un verbo de uso creciente en la exacerbación de la diferencia que caracteriza a nuestro tiempo. Pero es obvio que ni la prensa ni la ley pueden ejercer su rol en razón de ese verbo. Hasta nueva orden un código genético que incluya el cromosoma XY corresponderá a un sujeto varón, por muchos disfraces hormonales que se incluyan. La existencia de ese cromosoma define la identidad sexual por encima, desde luego, de la mera capacidad técnica de parir. Asunto distinto es la relación entre el código genético y la conducta. No se sabe hasta qué punto la genética define un rasgo de conducta determinado y mucho menos si define una conducta masculina o femenina. Uno sabe que es un hombre, pero no sabe con exactitud qué significa eso.
En España, el caso Beatie se entiende (y se siente) perfectamente. España es un país que acaba de aprobar una ley sobre identidad sexual donde basta sentirse en un cuerpo equivocado para que a uno le cambien el cuerpo, a cargo de la sanidad pública: cirugía de reasignacion sexual, le llaman a la orwelliana manera. Ciertamente, y como venimos diciendo, la única reasignación vetada en España es la transnacional.
(Coda: “Este periodismo no sólo no exagera la vida, sino que positivamente la rebaja; y tiene que hacerlo porque está planeado para la débil y lánguida recreación de hombres fatigados por la ferocidad de la vida moderna”. Chesterton, La mansedumbre de la prensa amarilla. El Acantilado, 2007)
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Correspondencias /Ángel Carrasco
Estimado Arcadi,
No es necesario ser un posmoderno defensor del “género” frente al sexo y mucho menos del pueril “sentirse” como método de la definición de la realidad para estar en desacuerdo contigo en lo que a varones y cromosomas se refiere. El hombre se “construye”, con las connotaciones más activas del término, no necesariamente social pero sí biológicamente. Y hace falta más que un par (de cromosomas XY) para llegar a ser uno: producción de testosterona, masculinización genital y cerebral, etc. Tus queridos genes no hacen más que poner en marcha el proceso, que romperse en diferentes eslabones (véase el síndrome de insensibilidad a los andrógenos). Nuestros sentimientos no definen los hechos pero a veces estos son muy complejos, y la defensa de lo objetivo no debe olvidarlo.
Un saludo afectuoso,
Ángel Carrasco
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Correspondencias /Ana Nuño
Querido Arcadi:
Voy a alejarme deliberadamente del debate que has abierto con tu artículo de hoy. Es una reflexión valiente: este tipo de temas, en este país al menos, aparece indexado (cuando aparece) en las secciones de Sociedad y afines. Con lo que se le envía al lector de diarios o al telespectador el mensaje de que es recomendable salivar con la noticia, en plan perrito de Pavlov, pero que nada que ver con las cosas de comer. Dándose por sentado que éstas dependen, hay que ver, de lo que proponga Blanco y niegue Zaplana, por poner un caso reciente. Vamos, que en el mejor de los casos es un abreboca.
Pero es un tema importante. Para quien lo padezca o fantasmee con él, sin duda. Pero en general también para la hipóstasis llamada humanidad. Y no porque apunte a un “derecho” no reconocido o conculcado: una de las inteligencias de tu reflexión de hoy consiste en evitar este fácil escollo (en el que dan, una y otra vez, todas las militancias esencialistas, desde los feminismos varios hasta los amorfos movimientos gays). Si a ver vamos, derechos tan dispares e importantes como el del respeto a la integridad física o a la libre expresión de las ideas son producto de una perfectamente artificial ingeniería ideológica, con tiempo (el XVIII) y lugar (Francia) asignables, mas no están inscritos en esa otra ingeniería, la genética, en la que te basas para exponer tu argumentario.
Me importa poco el debate esencialista sobre si los hombres pueden parir o si las mujeres son capaces de prohijar ayuntando sus respectivos pools genéticos (hipótesis ésta, por cierto, más verosímil científicamente). Y me da igual que dicho debate se dirima en términos premodernos (El Hombre y La Mujer, Adán y Eva, en suma) o se vierta en vulgata seudocientífica (cromosomas XY-XYY o XX). Estos mitologemas (o sea, el esencialismo) son baladíes para los científicos que desde hace décadas investigan sobre el asunto. Si la madre es un padre que incumplió el protocolo médico y abandonó antes de tiempo la ingesta de hormonas andrógenas, o si en el futuro una mujer recibe en uno de sus óvulos fértiles una carga de cromosomas XX de su compañera, lo único que importa, y siento incurrir en una tautología, es que la vida se abra paso.
En eso estamos desde hace ¿qué? algo así como 30.000 años. La diferencia, ahora, es que podemos inducir, estudiar, controlar y racionalizar este proceso. Diferencia capital, desde luego: es lo que tiene haber acumulado 30.000 años de desarrollo diferencial del cerebro.
Por eso, dos preguntas: ¿por qué privarnos de ejercer el derecho –este sí, inscrito en nuestro cerebro– de experimentar con la vida para acrecentar la supervivencia? y ¿por qué seguir buscándonos excusas para hacerlo en supuestas esencias intocables, por no decir en mitos (religiosos o biológicos, da igual)?
Besos (no clonados, aún),
Ana


