29 de febrero

Cercanos

La hipocresía dominante ha entrado con su pie forzado habitual en el incidente entre dos ciudadanos, uno de ellos presidente de Francia. Hace unos días Nicolas Sarkozy visitaba en París el Salón de la Agricultura, estrechando sonrisas y repartiendo manos. Una de sus manos buscaba la de un hombre que se apartó hosco y le dijo: “No me toques, que me ensucias”. El presidente le contestó: “Pues largate, gilipollas”. La reacción de los hipócritas fue inmediata. Es indigno de un presidente responder de este modo al insulto. Así no se comporta un presidente de Francia. Y otros desgarros por el estilo. Reténgase que, aun meciéndose en una cierta elipsis, el hombre llamó asqueroso al Presidente y que, dados esos insultos, la reacción del Presidente es, sin duda, criticable. Lo que debió hacer el Presidente es ordenar la detención inmediata del sujeto. Esta conclusión no sólo se basa en un examen del Código Penal, sino en la experiencia consuetudinaria de un usuario de las democracias: pruebe usted a decirle a un policía de tráfico, en la noche, no me toques que me ensucias, y explíqueme luego cómo, dónde y cuántas horas ha dormido.

Sorprendentemente, los cocodrilos han criticado la reacción de Sarkozy por su presunta prepotencia y no por su manifiesta debilidad. Una debilidad que es la consecuencia estricta de lo que esos grandes lagartos han predicado repetidamente: la necesidad de facilitar la cercanía entre gobernantes y gobernados. Supongo que, a pesar de su naturaleza, no serán capaces de infringir las leyes físicas y sostener que el acercamiento del cuerpo A al cuerpo B no implica obligatoriamente el acercamiento del cuerpo B al cuerpo A. Esto es la cercanía del poder:

–¡Asqueroso!
–¡Gilipollas!

Y a por otra mano.

Igualmente extravagante ha sido la posterior reacción de los mayordomos de Sarkozy. En una entrevista vino a decir que ser presidente de Francia no incluye la obligación de ejercer de felpudo y ahí se habría quedado su comentario si los mayordomos del Elíseo no se hubiesen permitido añadir a la entrevista (en su fase de corrección consentida) una frase de arrepentimiento: “Habría sido mejor no responderle”. La mayordomía no parece comprender al hombre que representa y del que vive: alguien que ha escogido ser presidente de Francia sin dejar de ser un hombre. Tal vez un grave error; pero un error que parece estar dispuesto a llevar hasta las últimas consecuencias.

“Casse toi pauvre con” es ya un éxito en Francia. Se borda en camisetas y se rapea en la red. Su inmediato antecedente como hit fue el “¿Por qué no te callas?” ibérico, donde el gilipollas estaba elidido. Dada la alegría que el exhabrupto real concitó no entiendo bien los cocodrilescos reproches a Sarkozy. Esta intolerable discriminación entre plebeyos.

(Coda: “Extraña situación de un rey moderno cuya majestad ha sido de ese modo menoscabada y que no encuentra la manera de castigar”. León Bloy, Exégesis de los lugares comunes)





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Correspondencias /Miguel Moreno

Sr. Espada,

Su artículo de hoy me hace pensar que, a pesar de nuestros dicterios contra las jerarquías propias del Antiguo Régimen, al político le seguimos exigiendo el hieratismo que debe caracterizar a todo buen cortesano. Creo que junto a la cita del insultador Bloy no quedaría mal esta otra:

“(…) La autocoerción que el caballero se impone en la Corte empieza a consolidarse, va volviéndose un manojo de costumbres que trabajan casi inconscientemente, es un aparato que actúa en forma semiautomática y que poco a poco forma y mete en cintura al caballero. (…) Las reacciones agresivas no desaparecen de la conciencia totalmente; el aparato de autocoerción, el “super yo” no había adquirido todavía su fuerza ni su desarrollo simultáneo”. (Norbert Elias, La sociedad cortesana)

Saludos

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Correspondencias /Óscar Forradellas

Estimado Arcadi:

Hace ya algún tiempo, desde la publicación de sus primeros “Diarios”,
-quizá más, aunque sin conocimiento de causa- vengo leyendo aquello de
lo que usted escribe y cae en mis manos (o se pone al alcance del
puntero que guío con mi ratón). El caso es que esta relación
autor-lector ha ido madurando con el tiempo, y por lo tanto, cambiando.
Entre las cosas que se mantienen está mi reconocimiento a una escritura
límpida que enseña lo que dice y no oculta lo que esconde. Sin embargo,
ay, el reproche ha ido apoderándose de mi conciencia hasta provocar el
exceso que lee ahora en estas líneas.

Como periodista, siempre he lamentado la falta de libertad que padecemos
los profesionales, amordazados por líneas editoriales cada vez más
totales, que abarcan desde la ideología política al destino vacacional o
el ‘look’ personal, cuando no por el lógico temor a disgustar: a los
jefes, a los lectores, a los amigos, al entrevistado, a la familia, a
quien fuere. Ante esto, sólo he encontrado una salida: la subjetividad
por encima de todo y, por debajo, los hechos. Y ahí no puedo sino
agradecerle su maestría, que en mi caso ejerció en primer lugar con su
libro “Raval o el amor de los niños” -luego con otros- y que para mí ha
sido aldabonazo a algunas convicciones, como la ausencia absoluta de la
presunción de inocencia en los medios españoles.

Pero, más allá del halago traidor, quiero exponerle los reparos que me
producen entregas como la de hoy, dedicada al incidente del presidente
francés, Nicolás Sarkozy, y su solapada defensa, crítica mediante, de
actitudes injustificables, no ya desde el punto de vista de la moral
pública, sino de la convivencia entre gobernantes y gobernados. Aunque
supongo que tendrá fresco el vídeo, le dejo una copia
http://www.youtube.com/watch?v=axDyUNWyuw8, para que lo revise.

El señor Sarkozy, máximo exponente de un modo de ser en auge, responde a
la ofensa (“me ensucias”) con otra (“gilipollas”), haga cada cuál el
cálculo de los respectivos calibres. Sin embargo, en realidad estos
insultos no hace más que manifestar una disputa por un espacio público,
que el agricultor trata “pobremente” de defender con su presencia en el
acto y su rechazo a estrechar la mano del dirigente de turno por
cualesquiera motivos, y que el presidente trata de apropiarse
menospreciando al ciudadano crítico (y maleducado) negándole además el
derecho de ocupar dicho espacio. En definitiva, no hay debilidad, si no
abuso de poder, a ojos vista.

P.D.: Es mala solución ponerse gafas (de la graduación que sea) porque a
uno no le gusta lo que vé, pues verá lo mismo, pero deformado.

Óscar Forradellas
Periodista y lector

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