La cena se enfría
Decididamente, éste no fue un buen año para el suquet de Portabella. Es verdad que los pescadores ampurdaneses llegaron, como siempre, a media tarde hasta los jardines de Palau-Sator con escórporas, rapes, sepias y gambas que no habían conocido el hielo. Y que la noble picada catalana, cuyos compases seguía dirigiendo el antiguo herrero de Llofriu –Pitu, yunque y fogones–, le puso bravura a la lánguida reunión de los pescados. También como siempre, lo mejor fueron las patatas y el acostumbrado guiño plebeyo con que este comentario era repetido de mesa en mesa. Sin embargo, Felipe González no llegó. Estaba invitado. Por fin estaba invitado, después de muchos años de desencuentro con el anfitrión, que hace poco acabaron para ver qué podían hacer al unísono contra Aznar y Pujol. Sin embargo, nadie puede aparecer en camisa y vaso largo cuando han dictado sentencia y del cielo de agosto no llueven estrellas fugaces sino chuzos de punta: “Pere, tampoco vendré este año”. A Joaquín Almunia le pasó lo mismo, con el agravante de que estaba trabajando, encerrado ese fin de semana con los colegas para ver cómo podían salir del atolladero. En cuanto a José Borrell, se sabe que es un hombre de escenas propias. Y en los veranos, o bien aparece como Daniel Boone sorteando los rápidos o se hace fotografiar ante la abrupta sequedad de las cumbres pirenaicas. La semana pasada, sin embargo, habló con Portabella: “Creo que vas a tener que invitarme el año próximo, porque en Cataluña, para ser alguien, hay que ir al suquet”. El anfitrión asintió con mucho gusto, pero no se le escaparía el galanteo: Borrell se ha hecho un hombre completo sin haber estado nunca en su casa.
Otras ausencias fueron igualmente inoportunas. Miquel Roca y Pasqual Maragall afrontaban problemas de salud de sus familiares. Uno está retirado, pero es uno de los grandes emblemas del compromiso, de esta cena y, así, de la Cataluña moderna. El otro no quiso –o no pudo– que lo proclamaron candidato las cigarras junto a la piscina iluminada. Demasiada beauté. Por último, la ex-senadora Victoria Camps tenía un compromiso previo. Portabella , ojeador atento, quería que uno de los símbolos de Babel (foro de intelectuales y políticos catalanes, de creación muy reciente, impugnador de la política cultural nacionalista) estuviera en la mesa. Tal vez fuera todo un cúmulo desgraciado de circunstancias particulares y prosaicas. Pero el suquet de Pere Portabella, millonario de izquierdas, fundador de la Asamblea de Cataluña, gran chambelán de la transición catalana, es una de las mejores fotografías simbólicas de la Cataluña y la España modernas, desde que se iniciara en 1976. Como en todas las buenas fotografías de su clase, tanto lo que aparece como lo que no tiene significado. Y la imagendesertizada del suquet del 98 tiene un indiscutible valor simbólico: muestra el acabamiento de un mundo, generacional sobre todo y acaso conceptual y sobre las mesas vacías se advierte una incertidumbre: por vez en bastantes años nadie sabe lo que va a pasar en Cataluña, políticamente, cuando acabe este verano.
El suquet siempre ha sido una cena de movimientos muy calculados. Hay muchos ejemplos de esta característica en su historia. En el año 1976, cuando Portabella reunió en su antigua casa de Llofriu a una docena de personas –socialistas y comunistas– entre las que estaban Andreu Abelló, Gutiérrez Díaz, Joan Reventós, Solé Barberá, la noticia fue que no apareciese la Guardia Civil. Pero la razón de la cena fue lo que en el lenguaje de la transición incipiente se llamaba “necesidad de ocupar espacios de libertad”. Y lo primero que hizo Pere Portabella, en sensata consecuencia, fue ocupar su jardín. Aquella noche, aquellos doce, hablaron hasta el alba –hélas, enternecedora verborrea del tiempo– de la Cataluña de izquierdas que iban sin duda a protagonizar. Otro movimiento, muchos años más tarde, fue el que indujo a Portabella a romper su norma genérica de no invitar a desconocidos. Pero es que Luis Roldán acababa de ser nombrado director de la Guardia Civil y era el primer civil que accedía a ese rango. Portabella –anfitrión, antifranquista y cineasta– es un hombre que ha querido construir su vida como sus películas: a partir de una suma múltiple y dislocada de imágenes. Por eso le encantó que un teniente general, Gutiérrez Mellado, se convirtiera en un habitual de su jardín y por eso obtuvo un placer superlativo el día en que estrechó su mano al jefe de aquellos guardias cuya llegada habían más o menos temido en 1976. La noche de Roldán transcurrió sin ningún incidente, incluso en las zonas más recónditas de los jardines, pero ningún suquet queda impune. En 1992, los militantes de Convergència, boicotearon su asistencia a la cena –Macià Alavedra espectacularmente desgarrado como siempre entre el deber y el placer le decía a Portabella: “Pere, jo vinc, jo vinc, no puccccccc… però…”, pero no vino–, porque el anfitrión, desde su lugar en Iniciativa per Catalunya , había mostrado un activo interés en denunciar la financiación presuntamente ilegal de Convergència a través de la empresa Casinos. El boicot, en cambio, dejó completamente impasible a Arturo Suqué, que asistió como cada año a la cena. Tiene mérito, porque Suqué era, como lo es aún ahora, el presidente de la empresa presuntamente financiadora. En realidad, los nacionalistas estaban de pésimo humor ese año: los Juegos Olímpicos habían elevado a Maragall a una altura biblíca y la prueba es que se paseó por los jardines levitando. Entre una y otra amargura no vinieron Roca, ni Alavedra, ni Cullell , ni nadie de ese mundo. Pero el tremendo Roca no se limitó a eso, sino que indujo a dos periódicos de Barcelona a publicar fotografías que mostraran a Roldán y Portabella brindando por la vida, en un ejemplo perfecto de la técnica “más eres tú”. Pero no le salió bien. En los periódicos sólo aparecieron dos fotografías deRoldán en el suquet: y en las dos reía amigablemente, acompañado de Miquel Roca.
Sin embargo, el boicot y el discreto navajeo del 92 no impidieron que un año más tarde Roca, Alavedra y los demás volvieran a la cena. Ni que continuaran viniendo otros años. El suquet ha sido hasta ahora la más perfecta imagen del oasis catalán: para unos, una lección de compromiso y de tolerancia, una manera de mostrar al mundo como se puede hacer política sin perder las formas; para otros, menos oasis que charca: un lugar sin alternativas. Lo cierto es que, inicialmente concebida como una cena conspiratoria de izquierdas, veintidós suquets no han sido suficientes para impedir la pertinaz victoria de la derecha en Cataluña. De lugar de conspiración acabó convirtiéndose en expresión de la Cataluña del compromiso, elegante clarín con que un cierto establishment decretaba periódicamente la llegada del verano. Este último año, sin embargo, la imagen es otra, aunque tan vigorosamente significante como siempre. Los socialistas que antaño gobernaron no pueden ir de fiestas. Y no saben por cuánto tiempo habrán de observar luto riguroso. En cuanto a los socialistas catalanes, que nunca estuvieron cómodos aquí, (hasta el punto de que quisieron contrarrestar elsuquet organizando hace años una paella plebeya en casa de la diputada Anna Balletbó), cada paso de aquí hasta marzo es un paso de plomo. Por lo que respecta a los comunistas (una broma muy malvada decía que lo único que quedaba en Cataluña del Psuc era el suquet) baste el dato de que Ribó –aquel de quien Carrillo decía para ejemplificar las cosas en términos nítidos que era menos comunista que Portabella—dejó de venir a los jardines cuando los anguitistas comenzaron a insistir en su aburguesamiento: escindidos entre esa fratricida amenaza y la más dulce del maragallismo, el PSUC en Cataluña parece ya un recuerdo y los recuerdos no cenan.. Los políticos nacionalistas están en plena muda de piel: Roca es ya sólo el avocatto, Alavedra dimitió como consejero y ya no tiene más deberes que cumplir que algunas comparecencias judiciales fruto de sus molestas relaciones con el juez Pascual Estevill o el financiero Javier de la Rosa. El ex consejero Cullell dejó de venir en cuanto le acusaron de tráfico de influencias a favor de su suegro y no encontró mayor defensa ni en los jardines de verano ni en su propio partido. Jordi Pujol no ha venido nunca a esta cena, y ya no hay lugar. Muy al principio de los tiempos había llegado a un acuerdo tácito con el anfitrión. Éste le dijo: “Presidente, usted está invitado siempre: el suquet también se hizo para recuperar la Generalitat”. Pujol, agradeciéndoselo, le hizo ver que había muchas cenas en verano y que para no ir a todas no iba a ninguna. En realidad, éste nunca fue su mundo. Hace sólo poco más de un año, y tras una larga insistencia del propio Portabella, el presidente de la Generalitat se avino en un acto público a hacer una defensa de la gauche divine: “Aparte de divertirse también hicieron algunas cosas”, reconoció agónico.
Los políticos españoles siempre estuvieron bien representados aquí: fueran Gutiérrez Mellado, Santiago Carrillo, o el oscilante socialista de moda: fuera Fernando Ledesma, Enrique Barón o el citado Roldán. En realidad, lo que estaba representado aquí era el poder político de España. Pero hoy ese poder no sabe quién es Pere Portabella. Y lo que es peor: él tampoco sabe quiénes son. El poder de España, Piqué es el sintético poder de España, se fotografía en el Pirineo en lacostellada que organiza el diputado democristiano Jordi Casas. Entre la finezza caldosa y promiscua y el nítido y abrupto perfil de la costilla sobre la brasa, no hay duda de que hay resumido un cierto viaje.
Así pues un cierto mundo ampurdanés y amable, una cierta forma de entender la política y de resistir la vida, la que tal vez fuese la expresión más estetizante y alargada del antifranquismo (de aquel PSUC , partido que fue de los comunistas catalanes y de los catalanes a secas) parece en trance de acabarse. La única duda es la insolente y juvenil actividad que exhibe todavía el anfitrión (Portabella acaba de cumplir 71 años, inverosímiles) y el hecho de que los auténticos conspiradores nunca rehúyen fajarse con el tiempo.
El País, 23 de agosto de 1998
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Correspondencias /Daniel Gamper
Estimado Sr. Espada,
conociendo su interés en la buena práctica periodística no puedo evitar señalarle un ejemplo de dejadez ideológicamente preocupante, cuando menos. Dejadez, además, compartida por diversos periódicos en castellano. Lo explico, con brevedad para no cansar, aquí.
Un saludo cordial,
Daniel Gamper




