9 de febrero
Cortes, muy limpios, del tiempo
Querido J:
Tienes una obra maestra al alcance de la mano. Esto supone una rareza absoluta y debieras aprovechar la oportunidad. Su título: El alba la tarde o la noche (con el título va incluido el capricho de la ausencia de coma, más capricho aún por la presencia de la disyuntiva). Lo ha escrito Yasmina Reza y trata de la campaña electoral del presidente de Francia, Nicolas Sarkozy. Insiste su autora en que el tema principal del libro no es el poder ni la política, sino el paso del tiempo. Estoy de acuerdo. Tú, yo, Sarkozy y madame Reza estamos en el mismo segmento de edad. La edad a la que se lee un libro es muy importante para su percepción y aprecio. Te darás cuenta fácilmente cómo por debajo de las andanzas del candidato por hangares, plazas y estadios pasa el tiempo. Que semejante fluido se exhiba incrustado en la crónica de una victoria esplendorosa es una de las razones de la excepcionalidad de que te hablo.
Un años antes de la victoria, cuando Sarkozy era aún ministro del Interior, madame Reza pidió verle y le contó su propósito. En su despacho de Place Beauvau el ministro dio su asentimiento. Escribe la autora en la primera página del libro: “Ha comprendido. Le ‘honra’ que yo quiera hacer su retrato. Dice, en suma, usted quiere estar aquí. Digo que sí”. Estar aquí. Aquí no es cualquier lugar. Es una clínica para enfermos de Alzheimer. El 10 de Downing Street, en visita oficial. Un avión en vuelo hacia la Francia de ultramar, mientras Sarkozy se desnuda antes de dirigirse hacia el rincón donde hoza el periodismo, y adonde llegará ceñido por un polo blanco de Ralph Lauren con el cuello levantado. O La Petite Maison, en Niza, una noche de trufas, tapenade y peligrosa camaradería. Aquí son los apartamentos privados del candidato, celebrando el fin de año con Cécilia y el resto de la familia. Aquí es el biombo tras el que se esconde el vencedor para hablar con Ségolène Royal, y a cuyas paredes exteriores pega la oreja madame Reza para tratar de pescar alguna palabra decisiva. Madame Reza no explica las razones por las que pudo ocupar este privilegiado lugar al lado del poderoso. Aunque tal vez no hubo más razón que la de ser una autora célebre. “Me honra”. Este es el primer renglón de los agradecimientos: “Mi mayor gratitud a Nicolas Sarkozy por la libertad que me ofreció”. Pero no fue la libertad. Fue la libertad en la proximidad. Algo difícil de conseguir y muy difícil de conceder. Los resultados son extraordinarios. Leí en algún lugar que el presidente francés había enviado a madame Reza una carta muy seca acusando recibo del libro. Aunque sea cierto no tiene importancia. Pasará el tiempo y el presidente comprenderá que entre las cosas realmente importantes de su vida figura este libro. Un libro que como cualquier obra no meramente deportiva no va a favor ni en contra de su protagonista, y que demuestra que un político puede ser descrito y tratado como un hombre.
Ya comprenderás que esta moral de la objetividad me ha interesado sobremanera, aunque sólo sea porque destruye una vez más el estúpido lugar común con que se educa a los jóvenes periodistas españoles: la objetividad no existe, lo real no puede ser descrito con independencia de las convicciones. Un topos, ni que decir tiene, que la juventud acoge con los brazos abiertos, porque no hay nada que dé más trabajo que la objetividad. Pero aún más que esa moral me ha interesado el método narrativo, que incluye un férreo pacto de veracidad con el lector: todo lo que la autora narra está validado por sus ojos e, indirectamente, por los de su protagonista, que no soportaría fácilmente mentiras; el lector no duda que todo lo que se cuenta ha sucedido: contribuye a la credulidad su moderado uso del diálogo, su gusto por las citas indirectas y su nulo interés, sólo atenta a la exhibición, por adentrarse creativamente en el cerebro de su protagonista. Madame Reza es la autora de Arte, que aquí dio Flotats con gran éxito, y de otras piezas teatrales. Quizá la escritura de El alba la tarde o la noche no sea ajena a la experiencia teatral. En cualquier caso la autora sabe aprovechar perfectamente una de las características del relato sobre hechos y personas conocidos por el público. Es la inconveniencia de perderse en descripciones. El público conoce de mil maneras el rostro de Sarkozy y hasta cada una de sus muecas. Es decir, lo ha visto miles de veces en el escenario mediático. Lo único que debe hacer el escritor es hacerle hablar. Al igual que en el teatro, el lector ya tiene acceso directo a las caras. O a las máscaras. Escribe madame Reza insistiendo, desde otro punto de vista, en la filiación teatral: “No hay lugares en la tragedia. Y tampoco hay horas. Es el alba (aquí sí reza la coma), la tarde o la noche.”
El relato se organiza en torno a escenas, o mejor a microescenas, donde Sarkozy suele ser el protagonista, aunque compartiendo foco con miembros de su equipo, amigos de la autora o con las propias reflexiones (nada superfluas) que ésta se hace al paso del cortejo. En cuanto a la construcción literaria estas escenas tienen gran mérito porque no parecen estar en absoluto preparadas. La escena es un recurso habitual de muchos narradores; pero demasiadas veces deja ver sus andamios, su construcción ad hoc: recordarás el caso de Jon Lee Anderson, excelente cronista por otra parte. Pero aquí las escenas son sólo cortes, muy limpios, del tiempo que pasó por Sarkozy. A esa limpieza sacrifica la inteligibilidad inmediata de todos los matices y en algunos párrafos el lector tiene la fugaz sensación de haber entrado al cine con la película empezada; pero la proximidad, autenticidad y ritmo que dan a la narración compensa cualquier incomodidad. Por si fuera poco el método la libera de los odiosos y ortopédicos nexos (el nexo es un doble espacio en blanco) lo que da una escritura donde todo es magro. Sólo al final, y como si la autora quedase también arrastrada por la euforia y, sobre todo, por la melancolía que da la euforia, pierde brevemente su admirable contención minimalista y adopta una escritura ennumerativa, algo usada, que pretende lograr el efecto por la acumulación de materiales antes que por la inteligencia de su selección. Pero dura un momento, y en esas instancias finales el lector ya está rendido a la doble victoria del político y de su aguda escriba.
Nicolas Sarkozy ha hecho de la transparencia un reto político. En la necesidad (aunque tal vez fuera mejor llamarla ambición) de la transparencia ha justificado incluso su arriesgada actitud respecto a la relación con su actual mujer, Carla Bruni. “No quería fotos robadas en la noche” dijo después de exhibirse con ella en D¡sneylandia y Egipto, lugares realmente parecidos. No creo que haya en el mundo que nos es accesible un gobernante tan humanizado como Sarkozy; que haya permitido, por candente ejemplo, la exhibición del mayúsculo caos de su vida sentimental. Este libro es, quizá, el mayor ejemplo de esa voluntad y será fuente prolongada para la interpretacíón de la conducta del presidente francés. Él lo quiso. Es un milagro que su voluntad haya caído en manos de un temperamento delicado e instruido y no en las de un patán. El libro, en ese sentido, adquiere lejanías poco convencionales. Entre las múltiples escenas que podría elegirte está la que Yasmina Reza relata sobre la relación entre Sarkozy y Henri Guaino, su hacedor de discursos. Sarkozy confiesa que le agota pasar la noche con él, trabajando. Pero que ahí está el resultado: esa pieza antológica que acaba de leer ante su comité político después del triunfo electoral en la primera vuelta. “Cuando estamos los dos cara a cara a veces tenemos lágrimas en los ojos”. Exactamente, lágrimas. El trabajo, el cansancio, la noche. La camaradería adolescente entre dos hombres, desde luego. La ebriedad de doblegar ideas y palabras y haber logrado que encajen. El presagio del triunfo y la gloria. Y también esa muerte que va haciéndose.
Sigue con salud
A.
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Correspondencias /Félix de Azúa
Como conozco tu curiosidad lingüística, te mando esta información para tu entretenimiento. Es posible que la palabra “bullshit” sea de origen militar. Al parecer, en el ejército británico los reclutas distinguían entre “chickenshit”, tareas estúpidas y pesadas ordenadas por los militares de baja graduación y “bullshit”, las verdaderamente duras y ordenadas por los oficiales superiores. Este slang (como el de nuestros caloyos) estaba todavía en uso en tiempos del coronel Lawrence (aparece en “The Mint”, un libro, por cierto, maravilloso, que tradujo la Ocampo), es decir, tras la segunda guerra mundial. De modo que frente a las apariencias, no sería un término americano sino inglés. Y quizás los americanos lo tomaron de sus camaradas ingleses durante esa guerra. Lo he leído en un TLS atrasado (enero 2007).
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Correspondencias /Carlos Ungil
Hola, hola.
Escribe Félix de Azúa:
> Este slang (como el de nuestros caloyos) estaba todavía en uso en
tiempos del coronel Lawrence (aparece en “The Mint”, un libro, por
cierto, > maravilloso, que tradujo la Ocampo), es decir, tras la
segunda guerra mundial.
¿No querría decir “primera guerra mundial”? El manuscrito es de los
años veinte y el autor murió en 1935.
Un saludo,




