6 de febrero

Fe

La Iglesia no debería tener opiniones políticas y mucho menos recomendar el voto en una u otra dirección. Pero la Iglesia española tiene la fea costumbre de hacerlo y gobierne el que gobierne plantea cíclicamente sus exigencias. Es curioso comprobar cómo hay críticos muy rígidos de la teocracia islamista que cuando la jerarquía católica interviene en el debate político abjuran por un momento de su rigidez y defienden la libertad de expresión de los obispos. Su contradicción flagrante se ve muy bien con alguna analogía supuestamente trivial. Por ejemplo, la del fútbol. Es fácil imaginar en qué lugar del cielo pondrían el grito si la directiva del FC Barcelona llamara al voto independentista. Desde luego no se les ocurriría decir eso tan gracioso de la libertad de expresión ni tampoco eso más gracioso aún: que el Barça sólo habla para sus cofrades. Pero el Barça y la Iglesia deben callar porque su misión, es decir, la argamasa que une tantas voluntades diversas no es la organización de los negocios del mundo, sino la gestión de la eternidad, que es lo que significan la eucaristía y el gol. Las opiniones políticas de la Iglesia tienen aún más peligro porque incluyen la noción del castigo: un determinado comportamiento en vida es decisivo para el disfrute de la eternidad y los votos pueden llevar recto al infierno. Ni siquiera la más sólida democracia puede aguantar tanta presión. Por lo demás el voto, que no deja de ser una papeleta de la razón, tiene la particularidad de poder “probarse”. Es decir, el ciudadano siempre puede colegir si su partido cumplió o no lo que esperaba de él. Esta prueba de verificación, tan noble e indispensable, es imposible tratándose de la vida eterna; para verificar si el seguimiento de las consignas políticas de la Iglesia fue un acierto es preciso morirse. Una cacicada con diezmo difícil.

De modo que la indignación de los socialistas ante la demostrada capacidad de la Iglesia española para propasarse está justificada. Ahora bien: convendía no olvidar que se trata, sobre todo, de la indignación del cofrade. Un trato de muchos años con la humanidad socialista me autoriza a generalizar sobre la extensión de la creencia entre sus filas, donde como exceso destaca la práctica de un agnosticismo chic, útil para ganarse el cielo, por si acaso. Basta la sencilla prueba de preguntarse por los socialistas ateos que ejercen de tales, como ejercen de socialistas católicos Blanco y Bono (cuyo caso y dado el caso casi vence mi absoluta prohibición de ponerme a jugar con los apellidos). En la indignación socialista contra la Iglesia no veo la razón atea, sino la decepción creyente. Una decepción que no recuerdo haber apreciado cuando la Iglesia se entrometió en la decisión aznarista sobre Irak. Y cuyo eco, por cierto, se refleja en el anonadante verbo que el socialismo ha elegido para su campaña, ese “creer” que lleva la política al lugar preferido por la Iglesia: el del acto (y el del auto) de fe.

(Coda: “Es más fácil creer que saber”. Josep Pla.)

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Correspondencias /Fernando Peregrín
No sé hasta qué punto te interese saber mi opinión sobre tu columna de hoy en El Mundo. Pero a mí me apetece escribirte algo al respecto. Soy de la opinión de que el laicismo político y jurídico, el del muro “jeffersoniano” de separación entre la religión y el Estado, es de suyo asimétrico. Es decir, que obliga al Estado y no a las religiones y a sus iglesias. Pues sería poco menos que utópico que personas como tú y como yo, que además del laicismo jurídico compartimos el filosófico, es decir, la cosmovisión naturalista del ser humano y del universo en general, creamos en la patochada de lo que Jay Gould llamó, en lo que quizá fuese su mayor pifia intelectual, “non overlapping magisteria” (NOMA), que en castellano se ha traducido por “magisterios no superpuestos”, o “no solapados”, lo que no es del todo exacto, pues el término “overlapping” tiene, sobre todo, en las ciencias naturales, un significado de interacción o de acciones compartidas que no queda reflejado del todo en los términos castellanos “superpuestos” o “solapados” (ahora me acuerdo de Hillary Putman y de su categórica afirmación de que las definiciones son cada vez más competencia de las ciencias naturales y sociales y menos de los académicos de la lengua). O lo que es lo mismo, que seamos tan simples como para creernos la máxima evangélica que dice “Pero mi Reino no es de aquí, no es de este mundo”. Las religiones son, como sabes, realidades sociales, usando la acertada terminología de John R. Searle. Como la mayoría de las instituciones humanas con funciones de estatuto de naturaleza pública, es inevitable que tengan, en muchos casos, una importante componente política. Lo de menos es cómo queramos llamar a las instituciones que surgen de la organización social propia de las religiones, ya sea simplemente iglesias, grupos de presión o “lobbys” políticos. Y, curiosamente, los primeros que deberían saber eso son los católicos del PSOE, cuyo ecumenismo a la moda y su anticlericalismo les lleva a llamarse a sí mismos “Socialistas Cristianos” (curioso, ¿no te parece?, el no querer llamarse lo que son la gran mayoría de ellos, es decir, católicos). De aquí podríamos saltar a preguntarnos sobre el futuro del catolicismo, de suyo una religión fuertemente autárquica y con jerarquía altamente centralizada. Pues tengo para mí que la “renaissance” religiosa en estos albores del siglo XXI viene propiciada por las dos únicos medios en los que puede florecer la creencia religiosa: el mercado libre de las religiones, tal como el estadounidense, por un lado, y las teocracias islámicas, donde se entra en una religión por nacimiento y sólo se puede salir tras la muerte, sea natural o impuesta por apostasía, por otro. Quizá en ese sentido no esté muy equivocado Daniel Dennett cuando aspira a que el Vaticano sea algún día el gran museo del catolicismo. Tengo para mí que, no sin cierto cinismo, que los que aspiramos a que el deseo de Dennett se cumpla lo más pronto posible, debemos aplaudir hasta con las orejas que la Conferencia Episcopal Española ayude con entusiasmo y valentía a que ello suceda lo antes posible.

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Correspondencias /Juan González Moyano

Estimado Sr. Espada, Leo su columna de hoy en El Mundo (”Fe”), sonrío con la analogía futbolística y al final asiento. Le recuerdo, aunque no las habrá olvidado, las recientes declaraciones del arzobispo Cañizares: “la palabra de Cristo (…) no callará”. También afirma monseñor que no se pretende imponerla. Pero ahí queda: nuestras pobres opiniones de mortales, ansiosas de hechos y de pruebas, expuestas a la refutación… contra la verdad revelada. También asiento, pero no sonrío, con estas palabras suyas: “Por lo demás, el voto, que no deja de ser una papeleta de la razón, tiene la particularidad de poder probarse. Es decir, el ciudadano siempre puede colegir si su partido cumplió o no lo que esperaba de él.” Así debería ser. Pero los partidos huyen como de la peste de la posibilidad de verificación. Una vez más, las elecciones en España se plantean en los términos del: “por Dios bendito, que no salga Zapatero”, y “por la energía cósmica, que no salga el PP”. De este modo, si gana el nuestro, el partido habrá cumplido lo que se esperaba de él: poner a su candidato de presidente. Y si no gana, no habrá nada que verificar. Esta no es una actitud apocalíptica: lo sería si, por ejemplo Rajoy dijera: “Zapatero va a ganar, no puede evitarse, y será el fin de todo”. Se trata de convencer a los votantes de que estamos en la antesala del infierno, del cual sólo el candidato puede salvarnos. Ojo: la antesala, no el infierno en sí, que nunca puede llegar, no vaya a ser que alguien diga: “pues si esto es el infierno, ¿qué será el Chad?”. Para crear esta ficción se mezclan verdades y mentiras con grandes cantidades de bullshit. Así, y no con propuestas de fondo que podrían obligar a los ciudadanos a razonar, se construye una verdad revelada. Nos vemos en el infierno, Juande González Moyano

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Correspondencias /Rafael Pérez Domínguez

Estimado Arcadi Espada: Compara usted en su columna “Fe” de hoy a la Iglesia con el Barça, argumentando que ambas son asociaciones privadas y que si se juzga inconveniente alguna manifestación política realizada en nombre del Barça también debe considerarse así las realizadas por la Iglesia. Creo que en esta ocasión el argumento no le ha salido redondo. La Iglesia, como el Barça, no es una organización política, pero a diferencia del Barça es una asociación cuya principal razón de ser es la transmisión de una herencia moral. No entro a juzgar el acierto o no de tal herencia moral, que ésa sería otra discusión, pero todas las religiones comparten esa característica fundamental: la preocupación por la humanidad, expresada mediante conjuntos de normas que con mayor o menor éxito o fracaso han permitido y permiten la convivencia y el bienestar personal y social. Nada del Barça tiene que ver con tal responsabilidad autoatribuída por las religiones y aceptada por la inmensa mayoría de la humanidad. Tal responsabilidad, en pequeñísimas dosis, nos mueve a los particulares a pronunciarnos sobre lo que se debe y no se debe hacer. ¿Cómo negar a las religiones que utilicen su propia responsabilidad para expresar su opinión sobre aspectos que consideren -y que nosotros también consideramos- fundamentales para toda la comunidad nacional española? “¡Dejadme solo!”, dicen que dijo algún futbolista de la época heroica en un ataque de proverbial furia. “¡Déjanos solos!”, le gritamos a ‘nuestra’ Iglesia en ataques de proverbial autosuficiencia. Un poco infantilmente, nos molesta oirle decir lo que nosotros mismos pensamos: “Una sociedad que quiera ser libre y justa no puede reconocer explícita ni implícitamente a una organización terrorista como representante político de ningún sector de la población, ni puede tenerla como interlocutor político”. Pero la Iglesia existe, tiene sus razones para existir y sus razones para expresarse, y eso debería ser para todos nosotros, individuos ya adultos, una parte más de la más absoluta normalidad: un componente más, con la importancia que le atribuyamos, en la formación de nuestra opinión personal y de la opinión de la comunidad.

Un saludo,

Rafael Pérez Domínguez

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Correspondencias /J. M. Navarro

Estimado señor:

Leo en su blog: “La Iglesia no debería tener opiniones políticas…” Temo no compartir su criterio. La Iglesia se desenvuelve en el terreno de los valores, y éstos no pueden dejar de reflejarse en el ámbito de la Política (una misma actuación –aborto, eutanasia- tiene simultáneamente repercusiones morales y políticas). Es más, el argumento que emplea la teocracia islamista tiene un principio de –aparente- racionalidad: Si el Islam –los valores del Islam- son la Verdad (con mayúscula) no puede dejar de ser deseable la extensión de tales valores –y las necesarias prácticas que los imponen- a todas las vertientes que componen el hacer de los humanos, incluyendo la articulación del Estado y sus políticas. Si el Islam es bueno, cabe deducir, un Estado islámico será mejor que uno que no lo sea (el razonamiento sobre el Estado es extrapolable a cualquier otro ámbito, público o privado).

El problema no radica en que la Iglesia, cualquier Iglesia, tenga opiniones políticas; ello, insisto, es inevitable en cuanto están integradas por humanos que sienten, razonan y se expresan. El problema es que los valores que constituyen sus credos sean falsos; que consideren que están firmemente asentados sobre la verdad, cuando realmente son erróneos. Si el punto de partida –su panoplia de valores y creencias- es falsa, entonces el prolijo andamiaje lógico que se apoya sobre los mismos decae en su integridad. Retomo el silogismo anterior: Si el Islam no es la Verdad, resulta que un Estado por ser islámico no es mejor, sino peor. La única manera de combatir los valores no deseables de las Iglesias no es negarles su beligerancia política sino mostrar su falsedad intrínseca.

JM Navarro.

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Correspondencias /Antonio Donaire

Estimado Sr. Espada:
A mí, el parangón Iglesia-Barça que Vd. hace sí me parece aforturnado. En lo que disiento es en la conclusión.
El Barça (los dirigentes del Barça) tiene perfecto derecho a llamar al voto independentista. Otra cosa es cómo le iría al Barça (al club) con una política así. Pero (como en el caso de la Iglesia) allá ellos. Cualquier sociedad anónima, con o sin ánimo de lucro debe tener el derecho de manifestar (manifestar) lo que quiera sobre lo que quiera (salvo que en sus estatutos diga lo contrario, pero eso ya son reglas internas que sólo atañen a sus socios, uno siempre puede dejar la procesión).
Y yo estoy de acuerdo con el Sr. Peregrín, cuanto más se manifiesta la Conferencia Episcopal, tanto más contribuye a que su existencia sólo sea tal en el Reino de los Cielos. Lo que es positivo para nuestro reino (y república, si algún día llega) terrenal.
Un saludo
Antonio Donaire

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Correspondencias /Miguel Moreno

Sr. Espada,

hay multitud de críticos de la teocracia islámica que defienden la libertad de expresión de los obispos y, en mi opinión, bastantes de ellos lo hacen con coherencia. Lo que critican es la imposición coactiva del credo musulmán en la sociedad; y el hecho de que este credo convertido en ley civil penalice, por ejemplo, la libertad de expresión o la apostasía. Como sabe, en una teocracia islámica usted no hubiera podido escribir su artículo sin un peligro cierto para su existencia física y civil. Si las teocracias islámicas se limitarán a declarar que su artículo es contrario al credo musulmán pero dejaran intacta su libertad de expresión y su integridad física, no tendrían tantos críticos. Por eso no me parece muy atinado asociar el uso de la palabra de unos obispos con la represión que se practica en las sociedades islamistas.

Por otro lado, su argumentación sobre la pertinencia de que el clero opine sobre cuestiones políticas tampoco me parece muy convincente. Sostiene que la misión de los obispos «no es la organización de los negocios del mundo, sino la gestión de la eternidad». Llevando su razonamiento a sus últimas consecuencias, si determinada organización religiosa se posiciona contra la pena de muerte, según usted, debiera callarse porque la pena de muerte pertenece a la esfera del derecho y, por consiguiente, a la «organización de los negocios del mundo». Y, aplicando de nuevo su razonamiento, el papa que se implicó activamente en la defensa de un sindicato polaco para derrocar pacíficamente a un régimen político opresor debiera haber optado por la pasividad en el asunto, dado que su misión era la gestión de la eternidad y no los negocios de este mundo. El mismo razonamiento podría aplicarse también a la ayuda que prestan algunas instituciones religiosas a gente que de verdad la necesita.

En cuanto a su analogía entre los obispos y los clubes deportivos, creo que resulta algo artificiosa y me sorprende viniendo de usted. Los actores o cualquier gremio o colectivo son muy libres de opinar sobre política asumiendo la popularidad o impopularidad que ello conlleve. Y si un partido político recogiera en su programa electoral propuestas que restringieran severamente la asistencia a los partidos de fútbol porque considerara que en los estadios se genera mucha violencia verbal, física, simbólica o falocéntrica, o cuestionara abiertamente el modo de financiarse que tienen los clubes, no habría que esperar mucho para que el Barça, el Madrid, el Depor o el Numancia empezaran a opinar sobre política.

Tiene usted, Sr. Espada, la rara virtud en el periodismo español de resultar imprevisible. Como lector suyo se lo agradezco. Sin embargo, cuando aborda alguna cuestión relacionada con la religión resulta algo monótono. Es conocida su escasa simpatía por la religión en general y por el catolicismo en particular. Y no me cabe la menor duda de que tendrá usted sólidas razones que sustenten su rechazo a la religión, pero creo que a veces pierde la objetividad.

Le agradezco de veras su trabajo: es usted de los pocos columnistas de El Mundo a los que leo hasta el final del artículo.

Saludos

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Correspondencias /Gonzalo Rivera
Arcadi,

Estoy con Manuel Moreno.

Una cosa más: ¿no crees que tu compulsiva censura a la Iglesia esta vez te ha hecho caer en una curiosa contradicción: si los curas no pueden hablar del política, ya que se deben dedicar a negocios que son son de este mundo, tú no lo puedes hacer de religión?

No me seas sofista

Abrazos

Gonzalo Rivera

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Correspondencias /Gabriel

Sería hermoso que su afirmación (el voto es una papeleta de la razón) fuese
verdadera. En todo caso, de la razón de Dios, que no se equivoca. Pero,
claro, tampoco parece interesado en votar. Sería muy fácil para los
ciudadanos, si Dios nos “soplara” el voto. Como eso no puede ocurrir, pasa
lo que pasa, que elegimos mal. Sin razón. Perón decía: el pueblo nunca se
equivoca. Entonces el pueblo es Dios. En ese caso, su afirmación es cierta.
No hay voto sin razón.
Por otra parte, sus DIARIOS me alegran la vida. Un saludo. Gabriel

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Correspondencias /Mariano Estrada

La rebelión de los mitrados

He leído La Nota de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española ante las elecciones generales del 2008.

Es decir, he leído la Propaganda Electoral que hacen los Obispos Españoles, entre los que no sé si incluir a Federicojiménezlosantos, ante la inminencia de las elecciones generales del 9 de marzo del 2008. Son los 400 óbolos que ofrece la Iglesia para que la basca vote al PP, ya que consideran que sus intereses están mejor defendidos por Zaplana y Acebes que por Pepiño y María Teresa Fernández de la Vogue.

-No es propaganda electoral, querido hermeneuta torticero, es una Orientación moral, ética y profiláctica hacia el voto y, por el voto, hacia Dios, con parada y fonda en la Patria y el Rey, trilogía por la que murieron nuestros padres y que ahora recibiría el nombre de tripartito. Por cierto, hombre de fe morotumbada (que es otra forma de decir alicaída), no son 400 óbolos los ofrecidos en la Nota, ya que la Conferencia Episcopal no está constituida a imagen y semejanza del señor Zapaligero de Cascos, que es mundana, mala y perversa, es decir, laica y nihilista, sino que está hecha a imitación de Nuestro Señor Jesucristo, que es la segunda persona de la Santísima Trinidad Jiménez de Parga. Y no son 400 óbolos para cada español, sino apenas diez mandamientos para repartir entre todos, urbi et orbi, de manera que no quede nadie en España sin orientación votativa, siendo ello una obra de caridad, a la que estamos obligados, como vestir al desnudo o consolar al triste.
-¿Y por qué se han limitado a diez precisamente, por analogía, por mimetismo, por azar? ¿Volvemos a las Tablas de Daimiel, la mata ardiendo, la apertura de las aguas al paso franco de la Comitiva Episcopal, la conducción del rebaño hacia la Tierra Compro-metida? ¿A cómo se cotizan los óbolos en momentos de crisis vocacional? ¿Cuánto es en euros? ¿Cuál es su equivalencia en diezmos y primicias? ¿Esos diez mandamientos se resumen en dos, Mariano y Rajoy, que son puras elongaciones de José María Aznar y Escrivá de Balaguer? ¿Es cierto que la mano derecha no debe saber lo que hace la izquierda? ¿Y si la izquierda te sale respondona y quiere quitarte las judías y las cristianas y los conciertos de los colegios en hora profesoral-religioso-económico-lectiva? ¿Estás en lo que te meto, Obispo mío, Señor de los anillos en otro tiempo besados hasta la baba de Babilonia, que era realmente mesopotámica y golfopérsica? ¿Por qué se besaban los anillos si es un gesto pagano, adorativo y humanamente humillatorio? ¿Son, tal vez, muchas preguntas y poco pertinentes para un ministro de Dios acostumbrado a la seda y a los aceites y a las vaselinas? ¿Las encerramos en una? Ama al prójimo como a ti mismo, comparte con él los alimentos que vamos a tomar y alviarás un tanto el peso y la figura, ese porte orondo de altas y viejas clerecías a las que, por suerte para el mundo, ya hace tiempo que se les ha pasado el arroz. Deja la pompa y el jabón del mundanal ruido y sigue los caminos de la pobreza: seguro que encontrarás en ellos muchas bocas necesitadas. Dale de comer al hambriento, dale de beber al sediento, aunque éste sea un joven en noche de botellón, pero dile que por favor no conduzca y, si fuera necesario, llévalo a casa o quédate con él hasta que se le pasen los efectos de la cogorza ¿Discutible? Sí, sí, pero, no se trata precisamente de salvar vidas?
Respiro, Señor, y cierro, no vaya a ser que tenga usía la intención de hacer con este ciudadano de Escepcia (Murcia-Herzegovina), un prosélito de la palabra electoral, o sea un postulante volcado hacia un lugar concreto de las urnas, o un de-voto de a pie cuya circunstancia sea influenciable por la rebelión de los mitrados que tanto se resisten a perder el báculo y a apretarse en tres o cuatro agujeros consecutivos la hebilla del cinturón. Y el cíngulo, por supuesto.

Un abrazo

Addendas de cal y arena:

La de cal:

A pesar de lo dicho, quiero destacar este párrafo de la Nota de los Obispos, con el que es difícil no estar de acuerdo:

“En este momento de la sociedad española, algunas situaciones concretas deben ser tenidas muy particularmente en cuenta. Nos parece que los inmigrantes necesitan especialmente atención y ayuda. Y, junto a los inmigrantes, los que no tienen trabajo, los que están solos, las jóvenes que pueden caer en las redes de la prostitución, las mujeres humilladas y amenazadas por la violencia doméstica, los niños, objeto de explotaciones y de abusos, y quienes no tienen casa ni familia donde acogerse”.

La de arena:

Simili modo, destaco este otro párrafo que, como ha dicho en acertada expresión el periodista Fernando González Urbaneja, es “anfibológico”. A lo que yo añadiría que a lo mejor es un híbrido de empirismo y racionalismo, pasado por el cedazo de la vieja escolástica de Santo Tomás. Yo no sé si esta doctrina puede alumbrar con garantías el camino de las papeletas en las elecciones del 2008. Con semejante claridad, a mí me da la impresión de que los orientados tendrán que votar a ciegas. Éste es el párrafo aludido:

“No se debe confundir la condición de aconfesionalidad o laicidad del Estado con la desvinculación moral y la exención de obligaciones morales objetivas. Al decir esto no pretendemos que los gobernantes se sometan a los criterios de la moral católica. Pero sí que se atengan al denominador común de la moral fundada en la recta razón y en la experiencia histórica de cada pueblo”.

Mariano Estrada

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