Un hombre solo
Este hombre que acaba de morir vivió aparte. No despreciaba a los demás un punto por arriba de lo que se despreciaba a sí mismo. Pero el nivel alcanzado fue suficiente para que su vida ocurriera en la espalda del mundo. De esa oscura característica personal sacó gran provecho, sin embargo: su vida fue la de un abogado –la de un mediador– de leyenda. En los años cincuenta, por ejemplo, la espalda del mundo era Tánger, plaza financiera. El era entonces director del Consorcio de Industriales Algodoneros, que agrupaba a la más saneada burguesía de Cataluña. Los industriales apreciaban sus buenas maneras, su fría elegancia y que hablara francés. Y fue en el nombre de esa burguesía, que se convirtió en un ejemplar contrabandista de moneda, muy activo en el mercado de Tánger. Hizo su trabajo con tanta brillantez que en 1965 lo llamaron del gobierno para que dirigiera el Instituto de Moneda: querían desmontar la red de contrabando. “Entonces me di cuenta”, razona en sus memorias, “que había sido un contrabandista importante”. Josep Pla, un hombre muy sensato, para el que la salud y la moral no eran más que moneda, quedó también fascinado por la habilidad que el contrabandista desplegaba. Tanto que le encargó el cuidado y la vigilancia de su propia espalda: juntos hicieron algún viaje a Suiza para preservar el dinero de los Pla de cualquier revolución venidera. Eran viajes en automóvil, muy silenciosos: él lo llevaba hasta la oficina de la banca Pictet en Ginebra y lo dejaba en manos de Monsieur Saussure, pariente del lingüista. Luego cada uno se iba por su lado y al cabo de tres o cuatro días se reencontraban: aún hablaban menos en el camino de vuelta. Fue también el dinero lo que lo vinculó en un principio con el presidente de la Generalitat Josep Tarradellas. Los algodoneros trabajaban a ambos lados de la calle y en 1957 asumieron con naturalidad casi unánime la conveniencia de pasarle un tanto al presidente exiliado. El lo llevaba en la cartera, hasta París o hasta Saint Martin-le-Beau. Muchas noches se quedó a dormir en el viejo caserón entre las viñas: Tarradellas le decía en la alta noche que la única obligación visible de su vida era aguantar más que Franco y volver algún día a Catalunya. Esto no fue posible hasta 1977: un año antes, en su casa de Calella, frente a les Illes Formigues, abstraído y solo, el abogado había ideado el retorno y los primeros pasos de la conspiración necesaria para hacerlo efectivo. Durante esos años y los que vendrían tuvo que escuchar con frecuencia las teorías más pintorescas sobre la conspiración ultraterrena que había supuesto el retorno de Tarradellas: las más verosímiles insistían en su condición de agente de la CIA y el bien engrasado asentimiento del Departamento de Estado. En esos momentos y a partir de una sonrisa, cuanto más tierna más ofensiva, solía preguntarse cómo era posible que sus compatriotas fueran capaces de darse tanta importancia. En realidad, la operación del retorno probaba para él asuntos de suma importancia. Un hombre solo había burlado uno de los axiomas de la transición: la imposibilidad de reestablecer cualquier atisbo de legalidad republicana. Y había sido capaz también –un hombre solo– de encaramarse a la espalda de la oposición antifranquista, demostrando su debilidad y haciendo patente, hasta el puro sarcasmo, su desconcierto. El retorno de Tarradellas, en fin, le confirmó que la importancia de las masas en política era muy relativa y que el elitismo de la conspiración podía sustituirlas con ventaja. En 1980, poco antes de las primeras elecciones al Parlament, anduvo muy activo: quería prolongar el tarradellismo. Pero todos los conjurados se dieron cuenta de que les sobraba edad. Todos eran planianos, además, y recordaban el mensaje póstumo del escritor a los catalanes: “Facin el que vulguin, però sobretot no facin el ridicul”. Hace cinco años aceptó editar sus memorias: la única conspiración auténtica ya sólo era el recuerdo. La simultaneó, sin embargo, con otros entretenimientos, que pudieron no ser menores. Estuvo en el origen de Catalunya Segle XXI y el año pasado entró a formar parte de Unió Democràtica, para trabajar en pos de una diabólica alianza –el adjetivo tiene mérito dado uno de los protagonistas– entre Pasqual Maragall y Duran Lleida. Todo respondía a un mismo objetivo: conseguir que Jordi Pujol abandonara la presidencia de la Generalitat. Pujol era en su imaginario el gran usurpador. El abogado no divagaba nunca en este punto: simplemente, Pujol no merecía el poder. Hasta el final anduvo orgulloso y solo. Sin quietud ninguna. Media familia la tenía en Berna y la otra en Cataluña. Cada quince días iba de un cantón a otro. Cambiaba de casa en cuanto el ambiente empezaba a adoptar un tono familiar –la última ha sido un piso en el antiguo edificio de los algodoneros a los que sirvió: su melancolía siempre tuvo segundas intenciones– y seguía la incidencia política con una pasión minuciosa, inagotable: y es que en cada uno de sus avatares obtenía razones para seguir viviendo de perfil. Hace meses, ETA le comunicó que estaba en su mailing. La idea de morir no le gustaba nada, pero aún supo contestar: “Vaya mailing… ¿Cómo van a disparar contra un espectro?”
Ha muerto en cristiano, Manuel Ortínez, que fue mi amigo. Tuvo una fe tibuteante, pero últimamente parecía muy interesado en organizar el retorno de Dios a casa.
El País, edición de Cataluña, 27 de junio de 1997




