2 de febrero
Querido J:
No acabo de comprender la fascinación que genera el Alzheimer. Debe de tener que ver con la época arcaica, cuando no se distinguía entre mente y cuerpo. La evidencia de que un hombre vaya perdiendo poco a poco sus recuerdos, hasta el último, que es él mismo, resulta mágicamente perturbadora cuando se separa el espíritu de la cosa. Pero en la época de las imágenes cerebrales, cada vez más precisas, el Alzheimer no debe despertar una curiosidad suplementaria respecto a una lesión de rodilla. En la bienintencionada película (Bucarest) que Albert Solé ha dedicado a su padre, Jordi Solé Tura, afectado desde hace ocho años por la enfermedad, hay un momento incómodo en que el hijo le lee al padre unas cartas que éste envió a su familia desde la cárcel. El padre no las reconoce y ni siquiera recuerda que estuviese preso. La escena, que dura demasiado, pretende subrayar el rasgo inexplicable de la enfermedad. Pero, a menos que se incruste en la inexplicabilidad general de la vida, la insistencia resulta tan poco convincente como sería la de insistir en que un cojo no puede correr ni saltar vallas. La memoria no es más conceptual que el movimiento y, como él, depende de mecanismos orgánicos que pueden lesionarse.
La fascinación también proviene, seguramente, del pletórico arsenal de metáforas que la enfermedad provee. En este sentido, su superioridad sobre el resto de enfermedades (incluso sobre el resto de las muy metafóricas enfermedades cerebrales) es indiscutible. El Alzheimer es la más perfecta y cruel representación de la muerte en vida, ya que no hay vida humana sin memoria.
Las metáforas se han multiplicado recientemente en el caso español al haber afectado la enfermedad a tres políticos muy importantes del inmediato pasado: los presidentes Adolfo Suárez y Pasqual Maragall y el ya citado Solé Tura, uno de los redactores de la Constitución. Yo mismo no pude eludir el otro día la metáfora del alzheimer social a propósito del presidente Suárez. Impulsado por la lectura de su discurso de dimisión, que publicó este periódico donde te pongo las cartas, empecé a buscar en la red las huellas de su vida política. No sabes lo que ha sido este viaje a ninguna parte.
Puedes hacerlo conmigo. Puedes empezar en la web de La Moncloa, sede de la Presidencia del Gobierno. En el apartado dedicado a los presidentes encontrarás una biografía de agencia, formularia y espesa, cuyo detalle más espectacular, tratándose de una publicación digital, es la ausencia de cualquier link. Dada tu formación puramente libresca y tu alergia al medio sería improbable que buscaras algún vídeo célebre: pero no hay cuidado porque la videoteca gubernamental sólo se retroextiende hasta el año 2006. Las cosas están algo mejor en el Congreso porque, al menos, son accesibles las transcripciones de sus intervenciones parlamentarias. Por desgracia, el archivo de imágenes es inexistente, más allá del año 2007. Ahora bien, donde el asunto se vuelve completamente surrealista es en Radio Televisión Española. Buena parte de sus fondos están ya digitalizados por la ejecución de un proyecto que se acordó en el año 2002.
RTVE ha puesto incluso a la venta un cedé donde están algunos de los hits audiovisuales del siglo, sean los goles de Zarra, la llegada del hombre a la Luna o el que se anuncia como el documento más antiguo del mundo, donde habla Sir Arthur Sullivan, compositor de óperas. En el cedé figuran tres fragmentos de discursos fundamentales de la vida de Suárez: el de la toma de posesión, su letanía electoral del Puedo prometer y prometo o el discurso de dimisión, de 1981. Pero la radio televisión pública ni siquiera permite que esas cuñas sean accesibles por internet. Ni siquiera pagando. Digitalizar para qué.
Las sorpresas continúan en YouTube. Si tienes paciencia y tino encontrarás, desperdigados, algunos fragmentos de programas donde Suárez aparece en algunas secuencias históricas. Todo desordenado, parcial y de discreta calidad. Ni siquiera está completo su breve discurso de dimisión, cuyo texto sólo se encuentra en el archivo del diario El País (y, desde hace unos días, también aquí). YouTube es un indicador muy fiable de la sensibilidad de una comunidad determinada hacia determinados hechos o personas: la marginalidad de Adolfo Suárez ni siquiera cabe interpretarla como una metáfora. Sigue en la red. Busca blogs; sólo encontrarás el de un voluntarioso y limitado admirador. Ve a la Wikipedia. Por fortuna anuncian que unos cuantos wikipedistas están trabajando sobre su página. Para que tengas un punto de referencia, y no especialmente despiadado, sobre lo que sucede en otros lugares de memoria acude a la wikipágina de Valéry Giscard d’Estaing, presidente francés en aquella época, que con tanto desdén trató a Suárez, no sólo por sí mismo, sino como sinécdoque de los españoles. La pregunta, muy obvia, es si resultaría excesivo para este país, para su Gobierno, para sus miles de fundaciones la construcción de una web sobre la figura del presidente español, donde su vida estuviese ordenada con inteligencia, eficacia y buen gusto. La pregunta es, de nuevo, sobre la extensión del alzheimer social cuando la memoria histórica no puede utilizarse políticamente.
Sigo con ella. Ahora vuelvo a Solé Tura y la película que ha filmado su hijo. Un documental patrocinado por todas las instituciones catalanas, empezando por su Gobierno. Todas las vertientes de la vida política, y hasta personal, de Solé Tura están más o menos presentes con la profundidad que cabe exigirle al cine, y especialmente al cine sentimental. Todas, a excepción de una. Ya puedes figurártela. De pronto, en la película irrumpe Jordi Pujol, que conserva plenamente su retranca. Desde ella, y sin ocultación, ensalza a Solé Tura, aunque señala sus grandes discrepancias políticas. «Unas discrepancias muy fuertes», precisa. Es una gran noticia; debe de ser la primera vez que Pujol habla de Solé Tura sin insultarlo. El documental no quiere complicarse la vida; ni subraya la gran noticia ni señala cuáles son esas discrepancias: sólo una transeúnte y fugaz referencia al federalismo de Solé Tura, mal visto por los nacionalistas. Es una lástima. Solé Tura fue el más importante antagonista de Pujol, y del pujolismo. Por dos veces. La primera en 1967, cuando publicó Catalanisme i revolució burgesa, apuntando al centro del antifranquismo nacionalista, cuyos postulados no duda en calificar de reaccionarios. «Curiosamente, cuando se publicó, la principal y más violenta polémica la tuve con Jordi Pujol, que en una conversación personal me aseguró que me equivocaba y que ése no era el camino correcto para Cataluña», me dijo el propio Solé Tura sobre ese libro hace 16 escalofriantes años. La segunda vez que le llamaron traidor fue a partir del 27 de mayo de 1984, cuando publicó su artículo El respeto a Pujol y la querella de Banca Catalana. Tú no recordarás otro artículo como ése en Cataluña. Un artículo que simplemente dijera que Cataluña no era un sólo hombre. Ni tú lo recuerdas ni yo tampoco, y no estamos enfermos. Desde aquel momento Solé Tura se convirtió en uno de los muñecos de trapo del nacionalismo. En los palacios, cuando era ministro, le quitaban la silla; y en la calle lo asaban a botifarres. La memoria perdida de Solé Tura no está en Bucarest, a menos de que esto nuestro (en fin, tuyo ya no) no sea el más exacto bucarest de la subvención, la ocultación y la farsa.
Muertos en vida, eso creo.
Sigue con salud
A.




