30 de enero de 2008
Me parecen muy interesantes algunos de los asuntos que plantea la estrategia publicitaria de Ryanair. Lo de menos, aunque supongo que no para ellos, es que logra convertir la mayoría de sus anuncios en noticias. E incluso en columnas, como va a verse. Tanto si convoca una manifestación contra Iberia, como si utiliza a Zapatero y su cheque-bebé, a Valentino Rossi y sus problemas con el fisco o a Sarkozy y sus amores, los periódicos colaboran activamente en sus campañas, siguiendo la estela que acaso inaugurara Benetton. Lo más interesante, sin embargo, es su irrupción en el saco de imágenes contemporáneas y sus prácticas de apropiación, supuestamente indebida. Lo prioritario es fijar, precisamente, lo que se entiende por indebida. Indebida debe de ser porque Ryanair no paga. Es decir, no se ha oído que el señor presidente de la República francesa haya manifestado su indignación con la empresa Lancia cuando utiliza el cuerpo de su novia como reclamo. En efecto, el señor presidente mantiene amores con alguien que cobra por exhibir su cuerpo en público y abriría dudas sobre su inteligencia que quisiera invocar falta de respeto cuando Ryanair juega con su boda. Así, yo entiendo que lo que el presidente quiere es que Ryanair pague. Hummm… es muy discutible que tenga que hacerlo.
La mayoría de los anuncios robados de la compañía aérea muestran a las claras que lo son. O sea: parece inverosímil que alguien piense por un momento en que el presidente de Gobierno español se ha avenido a hacer publicidad con sus decisiones políticas. Es de hacer notar que en los anuncios de Ryanair los protagonistas, en sus bocadillos, piensan y no hablan, fieles todos a esa estética low cost, medio patchwork medio cómic, tan semejante a la que utilizaban los pintores pobres y crónicos cuando incrustaban en sus cuadros hojas de periódicos o cualquier otro material de la realidad, con el que fantaseaban, no sólo impunemente sino con el aplauso del público. Entre los objetivos señalados del pintor está el de vender sus cuadros y no parece que eso sea sustancialmente diferente de vender billetes de avión. En ninguno de los anuncios de Ryanair los protagonistas parecen mostrar su acuerdo con el mensaje que se transmite (se le puede preguntar a Rossi), a diferencia de lo que sucede con la señora Bruni y sus coches. Ese acuerdo es la base del cobro y llega hasta el punto de sugerir que la compañía tendría mucho más difícil eludir su responsabilidad de estafa en el caso de unos supuestos dobles de Sarkozy o de Zapatero que mostraran su acuerdo con lo publicitado.
Yo comprendo la herida vanidad del hombre público. Pero su conversión en paisaje es ya definitiva.
Coda: “En Francia, hace unos diez años, un presidente de la República, expresó ingenuamente la alegría que sentía al “saber que a partir de ahora viviremos en un mundo sin memoria donde una imagen sigue a otra indefinidamente , como en la superficie del agua”. Guy Debord, Comentarios sobre la sociedad del espectáculo, 1988)


