16 de enero de 2008

Sí, creo

Dándose un gran aire, el presidente del Gobierno contestó a la pregunta de si era cristiano.

–Sí, estoy bautizado. Me amparo en mi derecho constitucional a no responderle. ¿Me lo va a respetar?

El director de este diario se lo respetó, obviamente. ¿Qué otra cosa podía hacer? El artículo de la Constitución que invocaba el presidente era este: “Nadie podrá ser obligado a declarar sobre su ideología, religión o creencias” (16.2). Es decir, un artículo pensado para situaciones muy distintas de las que se daban en el palacio de La Moncloa y que sólo la probada capacidad demagógica del presidente era capaz de invocar. Se advierte que en su caso la protección constitucional únicamente rige para la religión: porque de la exhibición de su ideología el presidente ha hecho su modo de vida. Esta discriminación tiene sentido para un temperamento religioso. Con mayor o menor cordialidad las personas religiosas no pierden ocasión de recordar la superioridad de sus trascendentales creencias sobre todas las demás. En la discusión sobre estos asuntos suele darse un momento álgido en que el creyente que acaba de afrontar una ironía, incluso suave, sobre su creencia, endurece el gesto y replica con talante perdido: “Haga el favor de ser respetuoso.” La misma reacción, idéntica, se produce en la discusión patriótica, que es la siguiente estafa. Coherentemente jamás se ha visto a un darwinista exigir respeto cuando algún simpático creyente se muestra dispuesto a admitir, como máximo, que los darwinistas pueden venir del mono. Siglos de subordinación son la causa probable de que el pensamiento laico aún no se haya sacudido esta capacidad intimidatoria de la religión.

Y será difícil sacudírsela mientras acudan en ayuda de la reacción presuntos laicos como el presidente del Gobierno. Sólo hay una explicación ligeramente honrada de esta insólita exigencia presidencial: que el presidente crea y considere que su creencia no debe descender ni siquiera al nivel de la manifestación. Hipótesis que de confirmarse convendría aventar entre todos los que lo tienen como un progresista que se las canta bien claras a Rouco y la Compañía. Luego hay otra hipótesis ligeramente inmoral: el presidente oculta su escepticismo, por temor de Dios, es decir, de las encuestas. Se combate la religión, pero sólo hasta el punto en que empiezan a perderse votos. No es una novedad, desde luego, en la dialéctica entre políticos y convicciones; pero conviene anotarla y planteársela cada ocho horas. Luego está la última posibilidad. La hipótesis fuerte. El Adolescente está sometido a una contradicción compleja y escabrosa: no cree en Dios, pero sí en Adán. Cada vez con más fe.

(Coda: “La ignorancia no es algo vergonzoso; lo que es vergonzoso es imponer ignorancia”. Daniel Dennett, Romper el hechizo.)

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