4 de enero

Muertos muertos

El ministro del Interior ha dado unas cifras sobre la violencia en Venezuela que repito una y otra vez por si se desvanecieran. 12.249 personas fueron asesinadas entre el 1 de enero y el 30 de noviembre de 2007. Esto supone que cada día mueren violentamente unas 35 personas. Algunos blogs han aprovechado la similitud de población con Irak (algo más de 27 millones) y el período de relativa calma terrorista para concluir que en la actual Venezuela asesinan al doble de personas que en el actual Irak: 1500/3000, aproximadamente, en estos últimos tres meses. Aunque se trata de un periodo de tiempo anecdótico no me parece una comparación despreciable. No tanto porque subraye la figura del general Petraeus (hombre del año para Time), la mejoría que ha supuesto el cambio de la estrategia norteamericana y la evidencia que también la muerte se cansa; lo más interesante afecta a Venezuela y al paisaje de opaca guerra civil que esos números dibujan.

Pueden añadirse otros muy reveladores. Los de Colombia, por ejemplo, que pasa por ser el país más violento del mundo, y cuya terrible coyuntura parece muy interesado en aliviar el presidente Chávez. En 2006 (no he sabido encontrar las cifras de este año, pero son, probablemente, más bajas) murieron violentamente 16.302, una cifra que ha disminuido en relación a otro años y que prueba el éxito de la llamada política de “seguridad democrática” del presidente Uribe. Los muertos diarios colombianos son 44; una cifra algo más alta que la venezolana (aunque quepa apuntar que Colombia tiene 42 millones de habitantes); pero gran parte de la opinión no se muerde la lengua al decir que son resultado de una “guerra civil”. De “guerra civil” también se habló en el sur italiano: pero las víctimas de la Mafia no superaron, ni en los peores tiempos, los mil asesinatos anuales.

Una última cifra, para que se acabe de ver bien lo que sucede en Venezuela: en España mueren al día dos personas a causa de alguna forma de violencia.

La pregunta es en qué lugar del imaginario periodístico mundial están esos muertos venezolanos; quiénes son, y cuando y a causa de qué mueren. Venezuela. Su petróleo. Sus bellas mujeres. Su Bolívar y su porquénotecallas, ese rap. Desde la evidencia de los doce mil muertos todos los movimientos de Hugo Chávez por el mundo, incluidos sus amorosos contactos con la arruinada intelligentsia marxista europea, sólo son una obscena maniobra de distracción. Los asesinatos venezolanos golpean, principalmente, en la conciencia del demagogo. Pero también en una opinión mediática, que a diferencia del espectacular trabajo realizado con los crímenes de Medellín, Nápoles o Ciudad Juárez, aun no ha sabido encontrarle a los muertos de Caracas foco, argumento y glamour.

(Coda: “Es una trampa. No puedo salir porque de noche, teniendo que pasar por delante de dos ominosas entradas a Los Erasos, es demasiado peligroso. Los muertos por abertura en canal o destripamiento simple, para robarles 20 dólares fueron 46 el viernes pasado, 70 el sábado. Está dentro de los promedios usuales.” Ivan Tubau, Matar a Víctor Hugo.)

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Correspondencias /Pedro López

Estimado Arcadi:
Me dirijo por primera vez a usted. Y quería hacer alguna consideración al respecto de ese deporte tan poco sano de echar la culpa.

Ana Nuño echa pestes del internet español, más lento que el caballo del malo. A mi también me lo parece.

Ortega, en un artículo de su juventud, hablaba de que los españoles siempre echamos la culpa de la situación política de España a los políticos. El creía que la política española no era sino el reflejo fatal de los españoles.

Yo, que igual tengo el síndrome ensamblador de Sarkozy, creo que las dos posturas son claramente ciertas;

echo la culpa a los políticos de determinadas cuestiones y los eximo de otras.

En el caso de nuestra ridícula conexión a internet, me parece que el poder político tiene toda la responsabilidad, exactamente la responsabilidad que se desprende de ejecutar algo con premeditación y alevosía.

Con la premeditación del pasota que sabe que lo que hace y una alevosía en torno a los 50 euros mensuales.

Un saludo.

Pedro López

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Correspondencias /Daniel Gamper

Estimado Sr. Espada,

leo su texto del 30 de diciembre sobre Sandel y tengo la sensación de que sus propias palabras le refutan. Me explico: Sandel constata que la propia sociedad, en este caso, una empresa que permite que los padres elijan el sexo de sus hijos, se autorregula y sólo permite algunas elecciones, dependiendo de las circunstancias de cada caso. Lo hacen para ganar dinero, cierto, por codicia, como usted dice, pero lo mismo se podría decir de los diarios o de sus propios escritos. A saber, usted no escribe cualquier cosa, sino que se autorregula, sin que eso vaya en menoscabo de su libertad. Incluso en su libro sobre el, así llamado, “caso del Raval”, usted se autorreguló, lo cual no es lo mismo que decir que se autocensuró. Es cierto que lo hizo en menor grado que los periodistas que tratan del “amor a los niños”. Es cierto que usted no se limitó a repetir los prejuicios sobre este asunto y que se acercó al asunto sin anteojeras moralistas, pero no escribió cualquier cosa, ni abogó porque todo, absolutamente todo, estaba o está bien.

Sandel no sólo pastorea, que también. Además señala el tejido moral de la sociedad y de qué manera en éste se encuentran indicios de limitaciones a lo que debería estar permitido dentro de lo que es posible hacer. Esa es en gran parte su estrategia argumentativa. Es justamente la “contundencia de lo real”, a saber de lo normativamente real, si me permite la expresión, la que contribuye a su argumentación. Eso creo.

Un saludo cordial,

Daniel Gamper

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