2 de enero

Edge pregunta

Al principio de cada año se produce un gran acontecimiento en la cultura anglosajona; o, mejor dicho, en la vida social de esa cultura, porque, afortunadamente, hay repúblicas donde hay sociabilidad al margen del excremento rosa. El acontecimiento es la llamada “Pregunta del Año” que organiza Edge, la web editada por John Brockman que reúne a buena parte de los pensadores más interesantes de nuestro mundo. Las preguntas empezaron en 1998 y la de este año tiene un interés particular: “¿En qué has cambiado de opinión y por qué”? Hay 120 respuestas y participan los grandes nombres de la factoría Brockman: Dawkins, Dennett y Pinker. Algunas respuestas son en sí mismas un pequeño ensayo. La de la psicóloga Rich Harris, que ha dejado de creer en la fiabilidad de la generalización: “Es la excepción y no la regla”. O la del antropólogo Scott Atran, experto en terrorismo, que ya no cree que las condiciones sociales o las ideas religiosas y políticas formen a los terroristas. Para Atran, que cita entre sus ejemplos a los condenados del 11-M, es la amistad, la influencia del grupo, los falsos parentescos, los que hacen terroristas. Otro antropólogo, Richard Wrangham, ha introducido un giro sutil en la explicación de la historia evolutiva del hombre: si antes creía que se produjo por la ingestión de carne, ahora cree que el elemento decisivo es la cocina, es decir, el cambio de crudo o cocido. La respuesta del músico Brian Eno, que explica cómo pasó de la revolución a la evolución, y cómo dejó el maoísmo por Darwin; y la de la psicóloga Susan Blackmore, que explica cómo dejó de ser paranormal, tienen también un deslumbrante interés. Eduard Punset es el único español entre los 120: ahora cree que el alma está en el cerebro.

Como señala en su reseña el comentarista científico de The Guardian las respuestas tienen un punto en común muy interesante: la rapidez y la facilidad con que los científicos asumen las nuevas condiciones que imponen los hechos. Así es; y esta rapidez contrasta con los protocolos que suele poner en marcha la gente de letras (cuya influencia sobre los políticos, incluso sobre los políticos de formación científica, es manifiesta) cada vez que cambian sus opiniones. Una gran parte de científicos viven el cambio de opinión como una alegre victoria de lo real; entre los letristas suele vivirse como una vergüenza. Y ya no digamos en el país del sostenella y no enmendalla, donde como máximo menudean este tipo de personas cuyo carácter me describió una vez agudamente el periodista Foix: “Han cambiado sus opiniones; pero da lo mismo: piensan que tenían razón entonces y que la siguen teniendo ahora.” Es la diferencia de vivir intelectualmente en el filo (Edge) o con las posaderas maceradas sobre un romo pedestal.

(Coda: “Cuando el pensamiento te hace cambiar de opinión, se trata de filosofía. Cuando Dios te hace cambiar de opinión, se trata de fe. Cuando los hechos te hacen cambiar de opinión, se trata de ciencia.” (The Edge Annual Question 2008.)

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Correspondencias /Ana Nuño

Arcadi, veo que el blog cierra. Utilizo el artículo determinado porque tu blog ha sido el antonomásico, el más visitado y leído por estos pagos (“estos” incluye a Hispanoamérica). También, ejemplar: si se ha puesto de moda en España tener blog como antes se alardeaba de veranear en Cadaqués (para que luego digan los conservadores que el progreso no existe), el tuyo es en buena medida responsable. Reconozco que en algún momento me tentó la idea, pero recordé a tiempo que soy pobre y elitista, condición ésta, contradictoria mas fértil, que me obliga a rentabilizar mi tiempo y huir de las multitudes.

Sea cual sea tu nueva “mouture”, te deseo lo de siempre: éxito.

Sólo te pido que no olvides la dichosa realidad. Dejo de lado los visibles michelines de esta augusta dama, que engorda a ojos vista. Ayer, sin ir más lejos, se dio un atracón de turrones y vino de misa en la plaza Colón que, a ojo, la ha hecho engordar una docena de kilos de golpe.

La dolencia esencial bajo la obesa condición de nuestra dama es esta osteoporosis y sus secuelas: en España, a fecha de hoy, es un lujo oriental contratar 20 megas de banda ancha (lo normalillo, como sabes, es la décima parte). Por comparar, en Suecia el ancho de banda alcanza los 100 megas, y además todos los espacios, públicos o privados, ofrecen wifi. Y mejor no glosar las respectivas tarifas de estos tan dispares servicios entre países miembros del mismo club geoeconómico.

Traigo a colación esto y algún otro detalle concomitante –p. ej., que menos de 40 % de hogares en España tienen conexión a internet– no con ánimo de aguarnos la fiesta, sino para que no olvidemos la calzada que trajinan nuestras patitas. Llegados a este punto de fragilidad ósea, lo que nos reprocho a los ciudadanos de a pata es que sigamos haciéndole el juego a los políticos (a todos: de los que medran a costa de los símbolos de la patria chica o grande a quienes prometen populistas regeneraciones democráticas), en lugar de exigirles a estos “liberados” de la vida real cosas tan sólidas y útiles como el fortalecimiento de nuestro esqueleto.

Imaginemos, ya que esta noche algo pediremos al atragantarnos con las uvas, este deseo: que el próximo gobierno de España se ponga como meta, perfectamente alcanzable en cuatro años, que al menos 80 % de las familias españolas tengan fácil acceso a internet. Que la oferta de banda ancha se sitúe alrededor de los 80 megas. Que la tarifa de conexión a la misma sea al menos la mitad de lo que ahora es por las osteoporóticas 2 megas. Y que para lograr estos objetivos, el gobierno de España deje de considerar las telecomunicaciones como un cortijo y lo privatice de verdad, es decir, que se deje de montajes trilero-estatales como Telefónica. Como en otros, este terreno y cualquier otro que implique rentabilidad no pueden sino beneficiarse del libre juego entre fuerzas económicas. Y cuanto menos reguladas, mejor. Para citarte, de tu crítica a Michael Sandel, “una empresa sin más intención (¡ah, ah!) que la codicia decide limitar las posibilidades de beneficio en orden a criterios de sostenibilidad… moral.” Pues sí: la moral nace de la codicia, su hermana gemela.

Si este deseo se cumpliera, España saldría del penoso subdesarrollo en el que sigue chapoteando. De nosotros, ciudadanos de a pie y con derecho a voto, depende que el fango medieval se convierta en asfalto sólido. Para que podamos de una puta vez bajar de la acera y caminar libremente sobre la calzada. Como Charlot y Paulette Godard, con su pobreza y sus esperanzas a cuestas, caminando hacia lo que sea que prometan, y ocasionalmente no cumplan, los futuros tiempos modernos.

Feliz 2008, y a trabajar para fortalecer nuestros huesos.

Ana

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