31 de diciembre de 2007
–Espasa…
–Claros y postreros.
–Eso he oído y venía a verlo.
–Nunca le faltó ni información ni juicio.
–Es la hora de las amabilidades, percibo.
–Algún día tenía que pasar. Por lo demás siempre le tuve aprecio.
–Yo…, yo…
–¿Vacila?
–No, la salivilla. Permítame que le pregunte…
–¡Claro!
–Why?
–Ya sabe que no es una pregunta periodística.
–Aquí nunca hizo periodismo.
–Pero se pega, amigo, se pega.
–¿Tiene recuerdos?
–Sí. Una noche que Brazil y Cvalda volvieron borrachas.
–¿Y alguno más elevado?
–No, no.
–¿Tiene planes?
–Aquí habrá algo. Pero nada de particular. Un almacén. Los artículos del periódico, los libros y una dirección de correo. Vaya a verlo. Ahora le gustará su aspecto. Es una casa grande y despoblada.
–¿Por qué me llama para despedirse?
–Si mal no recuerdo ha sido usted, que preso de las confidencias…
–Siempre le ha pasado igual con las solemnidades. Envía a otro.
–Pero usted es de confianza. Una lacónica confianza. ¡Es ideal!, que decía una corista.
–Me aburren, Espasa, sus revueltas.
–No sabe usted lo que me aburren a mí. Pero acompañan más que el camino recto.
–…sofo… cao.
–Usted también envía a otro en las solemnidades.
–Verá como no, Espasa. Escuche: hace bien.
–Ni bien ni mal. Mi naturaleza.
–El otro día le escuché decir la mejor explicación que he oído del éxito de internet. Se subió a la silla y les dijo: “Es gratis y es vanidad”. ¡Asombroso!
–¡Quiá!
–¿Con su acento?
–El sexo siempre con tilde.
–Lo extraordinario es comprobar cómo la vanidad ha acabado generando esta impresionante filantropía.
–La señora Rand lo predijo.
–Bueno, me voy a dar una vuelta por Rialto. Aunque tendré cuidado.
–Ja, ja. Teatrero impresionante. ¿Quiere salir a saludar? ¿A alguien, en especial?
–¿Saludar, dice? A veces me desconcierta. Esto fue siempre un diario íntimo. Usted y yo. Durante cuatro años, que han sido cuatrocientos.
–Es lo propio de los comienzos. ¡El albor de las eras! Luego el tiempo se enfanga.
–¡No para los inmortales! ¿Se viene conmigo?
–Ehh…? No, voy a comprar el periódico.




