25 de diciembre de 2007
El día que tenía que llegar el Ave a Barcelona la ministra Álvarez vino a decir con una gran tranquilidad que las previsiones a veces se cumplen y a veces no, y pasó a otra cosa. Yo creo que esta frase fue muy bien entendida por los españoles. Las previsiones, unas sí y otras no. Por supuesto. Basta preguntarle a un español sobre las previsiones del final de las obras del cuarto de baño; o sobre el cumplimiento de los plazos de entrega pactados con la agencia de transportes. El ejercicio de preguntarle a un español cualquiera si acabó su último trabajo dentro de las previsiones que había trazado: el pedagógico ejercicio. Las previsiones son muy importantes. El progreso puede explicarse simple y profundamente por el aumento de la capacidad de prever del hombre. Su mera exhibición es garantía (y compromiso) de la eficacia del poder y de su conocimiento de la realidad. El paso de un gobierno autocrático y arbitrario, meramente chalanesco, a otro donde los ciudadanos ejercen su control lo simbolizó la aparición en España de los primeros carteles de obra pública donde figuraba la fecha de terminación de los trabajos. Busqué en los periódicos la fotografía del cartel correspondiente al tramo final del Ave barcelonés. Era una buena fotografía de guerra, y con pocos riesgos. No la vi. Puede que hayan retirado el cartel. También puede ser que la prensa no lo buscara. Lo que tenían que haber hecho los medios con el día que el AVE no llegó a Barcelona debió ocupar la misma extensión que si hubiera llegado. Pero la cobertura fue de una gran timidez. Un periódico llegó a decir que, ay, faltaron quince metros. Rozó el larguero, faltó suerte. La mención de los quince metros me recordó las noticias sobre el escaso número de genes que separan al hombre de la mosca. En fin: los medios reaccionan mal sin ruedas de prensa. Y los fracasados no convocan ruedas de prensa sobre su caso.
Pero la ministra conectó, puede decirse. No hay mayor diferencia entre el “progresa adecuadamente” y el a veces se cumplen y a veces no. Todo responde a la misma despreocupación flatulenta. Los políticos agravan a veces los problemas y otras veces los crean. Pero habitualmente se limitan a reflejar las prácticas de la colectividad que los elige. La calidad de la democracia es, antes que un problema de respuesta, un problema de exigencia. Viene de abajo. El problema no es lo que la ministra diga, sino que pueda decirlo. ¡Y vaya si puede! El mismo día que la señora ministra desdeñaba el valor de las previsiones una encuesta de la Generalitat aseguraba que el apoyo político a los socialistas de don José Montilla había crecido. Hay como una tierna complacencia en esos números. El calorcillo de saber que, por fin, arrumbadas las épicas, los políticos son como todos nosotros.
(Coda: “El presidente anunció su compromiso de que el AVE llegue definitivamente a Barcelona el próximo 21 de diciembre”. El Mundo, 2 de agosto de 2007)


