15 de diciembre de 2007

Una juventud tiroteada

Querido J:

Lee el libro de Jiménez Losantos, La ciudad que fue. Barcelona, años 70. Va de tu vida, y está escrito con excelencia y energía. Esta obertura: “La ciudad era entonces, más que nunca, las Ramblas, estación de ida y vuelta, apeadero y oasis, fulgor y sombra abiertos las veinticuatro horas del día. Y pasado el primer deslumbramiento, la primera fonda, el piso de paso, el lecho prestado; una vez confirmada la decisión previa de irse a vivir allí, aquella riada humana, aquel hormiguero de colores psicodélicos con menos obreras que reinas, se esparcía por las callejas y avenidas, los cuartuchos y las fondas, los pisos compartidos del extrarradio y los pueblos vecinos en la montaña o junto al mar”. Menos obreras que reinas. Por lo menos eso no ha cambiado. Léelo, también, porque a este libro hay que buscarle urgentemente sus lectores. El público, y el consiguiente chorro de dinero, lo tiene asegurado. ¡Será por dinero…! Pero un lector es cosa distinta. Es muy probable que algunas de las entrañables abuelitas (al parecer en Madrid, ciudad con gracejo, las llaman federicas) que la otra tarde le chillaban maricón e incluso maricona al joven Zerolo compren este libro. Otra cosa es que lo lean. Los libros son objetos volantes perfectamente identificados y no se compran sólo por la información que traen, sino por lo que supone tenerlos. Esta es la sustancial diferencia con el texto digital y la razón de su probable perdurabilidad. De cualquier modo si alguna de esas viejecitas, pero energúmenas, se abismara en estas páginas podría tener un vahído. Aunque el señor Losantos es cuidadoso con las formas (que, ay, son el público) no deja de decir la verdad; y la verdad, tan amarga como los pepinos, es que, aunque él no probó, pasó media vida en Barcelona rodeado de estimulantes y estimuladas reinonas, algo más bruscas que el joven Zerolo, y que a buen seguro hubiesen arremetido, con el bolso y con todo, contra las improbables federicas de los setenta.

En el otro lado también hay problemas. La izquierda, socialdemócrata o antifascista, coincide con las federicas sobre el Jiménez Losantos que aprecian, que es el de las religiosas (por luciferinas) madrugadas de la Cope, donde al parecer suceden cosas tremendas. Buena parte del éxito radiofónico de este hombre está basado en el raro camino por el que ha logrado dar con la transversalidad anhelada por competidores mucho más correctos: derecha e izquierda no pueden prescindir de la adicción sentimental de su palabra. Pero la izquierda palpitante no va a acercarse a este Jiménez Losantos, escritor poderoso, polemista irónico, tranquilo y melancólico que aborda en estas memorias tantos asuntos difíciles e irresueltos. Por faltarle lectores al libro le falta el principal, el hombre contra el que este libro ha sido escrito (y al que debería estar dedicado), que no es otro que el difunto Montalbán. El ciclópeo escritor no sólo dio el nihil obstat gauchista a la comida, el fútbol, la novela negra y otras formas del placer; también se la dio al nacionalismo. Y La ciudad que fue es una elegía; pero también el ajusticiamiento del charnego agradecido. Del caso entre Losantos y Montalbán, sin embargo, querría ocuparme luego, porque es denso y no deja de contener alguna instructiva noticia.

Me parece inútil, en cambio, discurrir demasiado sobre el andamiaje que el autor utiliza para levantar su memoria. Los lugares donde uno fue feliz pasan a convertirse en lugares felices. Como sabes, yo tengo una idea muy diferente de la Barcelona de los setenta, pura pata de elefante con patillas. Es una idea más próxima a “la siniestra juventud” de Pla. O la de Paul Nizan, que el gran Tubau puso en la segunda página de su impagable libro de memorias: “Tenía veinte años. No dejaré decir a nadie que es la mejor edad de la vida”. De este lado siniestro forman parte preferencial los libros que leímos. Observo que algunos de ellos coinciden, aunque Jiménez Losantos es mayor que yo y lee mucho más rápido. Pero ambos pasamos por Roszak, por Harnecker, por Reich, por la Semiótica, el Estructuralismo, el Psicoanálisis, el Marxismo y sobre todo, horror supremo, por el Freudomarxismo, al que la Revista de Literatura (otro de los productos de Losantos y sus amigos) dedicó un número especial con el abrazo entre Greta Garbo y John Gilbert en portada. La mayor parte de esos libros eran basura. Los que no eran directamente malignos (como las apologías ecodogradictas que llevaron a tantos a la tumba) eran inanes. Se perdió el tiempo y no está escrito que siempre deba ser así a los veinte años. Pudimos haber leído a Orwell, Connolly, J.S.Gould y Revel y leímos (tratamos de leer) a Wolfe, Barthes, Foucault y Althusser. Pudimos hacernos con Hiroshima, de Hersey, y nos embarramos con A sangre fría, de Capote. Aprendimos a pronunciar mucho antes el nombre de Genette que el Auerbach. Y estuvimos contra Sainte-Beuve sin saber quién era Sainte-Beuve. Y pasaron cosas peores que me da vergüenza escribir. Ya se ve que fue imposible darse con una educación realista.

La cuestión llamativa es que Losantos describe sus pésimas lecturas casi con alegría y como mínimo con cariñosa piedad. Un lector resabiado puede tener la sospecha de que esa memoria tan complaciente con una ciudad que leía todas esas estupideces y que presentaba un físico hosco y desaliñado (aunque con la ventaja de que la suciedad de los muros impedía la observación de su arquitectura) sólo puede formar parte de un programa político destinado a mortificar a la ciudad actual, tomada por la villanía nacionalista. No lo creo en absoluto. Lo que más sorprende del libro es que el faible del autor por Barcelona, y por esa mugre de los setenta, parece sincero. La explicación, sin embargo, es simple y creo que se corresponde, como ya te insinué, con el estado de felicidad intímamente decretado. La música (¡y ya no hablemos de la del corazón!) ennoblece todos los paisajes.

Como temía, la carta de hoy se me ha desbocado y habrá que continuarla la semana que viene. Entonces te hablaré de Montalbán y del destino de los judíos que escriben en alemán, en Praga. Pero antes de acabar quiero referirme al crimen. Hay algo trágicamente singular en esta juventud. La juventud puede acabar con el primer aguacero del otoño. Aquel verso de Jaime Gil, precisamente: “Fue un verano feliz/El último verano de nuestra juventud dijiste a Juan al regresar a Barcelona/nostálgicos.” O con la primera nómina en firme. O con el primer matrimonio. La de Federico Jiménez Losantos acabó con un tiro, en un campo de algarrobos de Esplugas. “Piernicidio”, tituló con desenvoltura aguerrida (a lo Brigate Rosse) El Noticiero Universal. Por cierto: el libro da la versión más completa que se conoce sobre el atentado, y por eso aún me extraña más la penumbra en que la víctima principal sigue manteniendo a la mujer que, probablemente, le salvó la vida, una tal Ángela de la que se ignora el apellido, compañera de instituto, que no sólo fue capaz de desatarse de sus ligaduras y correr hasta la cercana autopista en busca de ayuda, sino que supo hacer un torniquete a la pierna herida, impidiendo que el tiroteado se desangrara.

Una juventud que acaba con un tiro no necesita su Lacan ni ningún otro hechicero. Le basta con la escritura lenta de los recuerdos y un cofre, una ciudad, donde guardarlos.

Sigue con salud

A.


 Correspondencias /Conchita

Estimado Sr.Espada:

No llego a alcanzar que es lo que ocurre cuando se deja escribir a una Musa, pero, en cambio, constato que cuando se publica una carta como la del tal Abreu el lector puede experimentar tal rechazo por su grosería, mal gusto y falta de sutileza que,además de reprimir la náusea, se pregunte si el hecho de publicar tal carta significa que el blog master se identifica con su contenido o simplemente que el tal Abreu no cuenta con su aprecio y la publicación del engendro es la oportunidad que esperaba para vengarse de él, o para ponerlo en evidencia.

Atentamente

 Correspondencias /Ariadna

Leo a toda velocidad la noticia aparecida en El Mundo, según la cual Maddie podría estar en casa para Navidad. Es una afirmación contundente, así que imagino que está respaldada por algo al menos tan contundente como la propia afirmación. Pero no es así, detrás sólo hay humo y unos cuantos atentados a la lógica: “Marco ha admitido que no tiene pruebas de que Madeleine no esté muerta, pero ha dicho que tiene que pensar al “100%” que lo está porque él sólo sabe cómo buscar a gente que está todavía con vida.” En vulgar silogismo: los padres de Maddie me contratan para que encuentre a Maddie; yo sólo sé buscar a gente viva; ergo: Maddie tiene que estar viva. Acojonante. Que disfrute usted de las fiestas.

Un saludo afectuoso,

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