27 de octubre de 2007

El insecto filósofo

Querido J:

He conocido a Robert Redeker. Lo recordarás, por desgracia. El 19 de septiembre de 2006 publicó en Le Figaro un artículo titulado: “Contra las intimidaciones islámicas, ¿qué debe hacer el mundo libre”. Al día siguiente fue designado en la cadena islamófobo del momento en la cadena Al Jazira y en foros diversos de internet empezaron a aparecer instrucciones muy precisas, que incluían domicilio, lugar de trabajo, costumbres y composición de la familia, a fin de rebanarle el cuello como a un puerco. Hasta aquel momento Redeker era un profesor de instituto, especializado en filosofía, que había publicado un puñado de artículos y algunos pocos libros caracterizados por sus posiciones hipotensas respecto a la legimitidad moral de la izquierda. La amenaza islámica lo llevó a las primeras páginas de los periódicos y al entierro en vida.

Redeker llegó la semana pasada a Barcelona, rodeado de policías, invitado por la Asociación Ciutadans de Catalunya. Su conferencia estuvo centrada en la tesis de que la educación debe ser gratuita. Te habría interesado. La gratuidad entendida no sólo en el sentido político e igualitario habitual. Redeker plantea la necesidad de que la educación se desvincule de la rentabilidad, de la obligación de preparar carne de cañón para el trabajo y se centre en la pura maravilla del conocimiento, en el saber por el saber. Los años de estudio serían, así, una suerte de prolongación del útero, imprescindibles para la vida, pero aislados de ella. El punto de vista es interesante y aún más oírselo decir, con su voz pequeña e iluminada. Recuerda (y quizá influya en ello sus orígenes alemanes) el concepto de la Bildung, que tan bien explica Rosa Sala Rose (una mujer y una declinación) en su ensayo El misterioso caso alemán, un libro de calidad y buen gusto infrecuentes del que te hablaré en otra carta. Dice Sala sobre la Bildung y con ella Redeker: “Una de las claves de su definición es precisamente la renuncia a toda funcionalidad. El genuino aspirante a ser gebildet [persona dotada de bildung] no persigue un objetivo concreto, como pueda ser quedar mejor en una fiesta, obtener una plaza de funcionario o impresionar a su novia. Bildung consiste en una ingente inversión de tiempo y de esfuerzo, únicamente para llegar a ser algo que, en principio, ya se era antes de empezar: un auténtico ser humano”.

Desde hace un año el filósofo Redeker tiene una obligación algo más prosaica: ha de salvar la vida cada día, y sin el adorable contingente metáforico de la Bildung. Después de la conferencia y aunque cenando en un zulo hosco y ensordecedor, de rancho infame [¡cómo si eso fuera ciudadanía!], Redeker pudo darme algunas noticias de su circunstancia que me dejaron perplejo. Valga una: cada día hace cien kilómetros en coche para llevar a su hijo al colegio. Medidas de seguridad. Pero sobre su circunstancia hay noticia plena en el libro que me dejó entre las manos, antes de volver a su jaula. Se llama Il faut tenter de vivre y es un diario escalofriante de los dos meses que se sucedieron a la publicación de su artículo. En lo más árido y desolado de sus páginas se lee: “Después de un mes estoy como ausente de mi vida, que ya no es sino maquillaje, la mortaja de mi verdadera vida, desvanecida, cuyo símbolo necesario en este período es este: una mar exiliada que se habría olvidado de recomenzar. La escritura del diario, un movimiento de travesía del Océano, remplaza esta ausencia. Quienqueira que seáis, lectores eventuales de estas líneas, llamo a vuestra vida como un insecto nocturno, silencioso y mútico que da en vuestros cristales”.

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El insecto filósofo narra algunos sucedidos inolvidables. Uno de sus méritos es que apenas se posa en los que han desencadenado las amenazas, y hace bien, porque no tienen más línea dialéctica y humana. El centro de su descripción son las medidas que ha tomado la República Francesa para protegerle. Y esta ecuación siniestra: protegerle es desaparecerle. La evidencia de que para seguir con vida Redeker ha de borrarse del espacio público. Morir para vivir. Así se decreta, por ejemplo, que ha de vender casa y coche, y ha de abandonar la ciudad de Toulouse donde ha vivido. No es un detalle menor que los gastos correrán de su cuenta y que sólo podrán ser sufragados por la iniciativa (bien civil) de su buen amigo Claude Lanzmann, el autor de Shoah, que iniciará una colecta. Sus actividades fundamentales, enseñar, dar conferencias, también deberán acabarse. Y su vida social, incluidos viajes como el de Barcelona, han de restringirse drásticamente. El propósito terrorista se ha cumplido en gran parte. El estado republicano no quiere correr riesgos. Se le podría preguntar a ese estado republicano por qué Redeker (una excepción cruel) no puede tener el nivel de seguridad (y de libertad) de un jefe de Estado.

La negativa del Estado a pagar y a correr riesgos es la actitud de buena parte de la sociedad. Entre los fragmentos más desmoralizadores del libro está la descripción de las precauciones que van tomando los próximos a Redeker: sus vecinos, por ejemplo, que logran que la camioneta policial desaparezca de las proximidades del edificio. Es verdad que desde el nuevo lugar de apostamiento ya no se podrá vigilar la casa con tantas garantías, pero a cambio, ¡qué duda cabe!, la tranquilidad general aumenta y el aire, bien lo notáis, ha recuperado transparencia. Sobresaliendo entre los próximos están sus compañeros profesores. ¡El claustro! Para ser honrados: hace tiempo que llevaban mal sus heteredoxias: pero que ahora esté en las páginas de los periódicos es decididamente insoportable. El gremio siempre es sensible al escalafón y a la vanidad. Lo que peor llevarían de que degollaran a Redeker sería verlo en la primera página. Así, y dado que también son intelectuales, oh, là, là, se centran en el artículo de Le Figaro. Análisis de contenido. Lo discuten en los centros cívicos y en la propia escuela donde enseñaba el amenazado. No discuten la amenaza islamista, la vida del insecto filósofo o las medidas del estado republicano. ¡Discuten el artículo! ¿Por qué? Esa es la pregunta. Pregunta y lapo: ¿por qué? Sin embargo, hay que decirlo: de ninguna de esas reuniones surge una fatwa. Sólo críticas y razonadas. Uno de los profs llega incluso a publicar en L’Humanité sus conclusiones. Interesado por el aspecto intelectual de la cuestión viene a decirle a los islamistas, que no había para tanto y que Redeker, en el fondo, ni fatwa merece.

Por último, querido amigo, no podría faltar la izquierda. Nunca falta. La izquierda y el pero. La izquierda adversativa, ahora lo veo. Voy a animarme y voy a escribir un pequeño tomito adjetival: cuántica, concreta, orwelliana, socialdemócrata, cru classé. Ante el caso Redeker siempre empezaban sus declamaciones (artículos, discursos, comunicados) con su habitual tono campanudo. Condenamos las amenazas [alguno añadiría incluso intolerables] que se han lanzado contra la vida del filósofo… La única emoción residía en saber cuándo iba a aparecer el pero… Pero consideramos [algún canalla añadiría igualmente] que todas las religiones y culturas merecen respeto y que Redeker ofendía sin necesidad … En el diario hay abundantísimos ejemplos de esta pulsión adversativa cuyo programa ofrece una lógica impecable: dado que hay razonamientos que provocan crímenes, abandonemos los razonamientos. La izquierda causal.

Habrás leído el manifiesto de un grupo de intellos que exigen al gobierno francés que dé asilo a Ayaan Hirsi Ali. Me parece muy bien. Son buena gente y todos ellos apoyaron a Redeker. Convendría, sin embargo, que se le informara a la señora Hirsi Ali de las condiciones. Y que se le hiciera llegar este vuelo del insecto sobre las tumbas del Cimetière Marin, allí donde el áspero y agudo Valéry repite que, malgré, hay que seguir intentando la vida.

Sigue con salud

A.


 Correspondencias /Ana Nuño
“De saber el éxito habríamos llamado a que mil partidos florecieran.”

En efecto. Un cuento chino, querido Arcadi.

Verbigracia.

Dos chinos se encuentran en un fast-food de Langfang. Más de una vez se han dicho eso que siempre se dicen los colegas. Tenemos que vernos, no puede ser, hay que ver cómo pasa el tiempo, nada, tenemos que quedar a comer un día de estos para hablar con calma.

La ciudad de Langfang, a medio camino entre Beijing y Tianjin, es el “Silicon Valley” chino. Los dos chinos lo saben y, naturalmente, no le dan importancia a este hecho. No son chinitos campesinos, después de todo, y la Revolución Cultural, gracias a Deng, es cosa del anacrónico pasado. Por lo demás, ellos no creen en memorias históricas y otras zarandajas occidentales.
Los dos trabajan en el mismo campus, el de la Universidad de Oriente, pero hasta la fecha no habían coincidido. El de la derecha, un neurocientífico especializado en neuroeconomía, es de Beijing; el otro, nacido en Tianjin y doctorado en la City University of Hong Kong, es un experto en diseño inteligente y el traductor al chino de los libros de Stephen Jay Gould.
En descargo de ambos, hay que decir que el campus de Langfang alberga nada menos que 30 centros de estudios y acoge a más de 50.000 estudiantes.

Esperan obedientemente su turno en la cola, armados con sus bandejitas. Ya han superado la leve turbación que les causó reconocerse y decirse, cada uno para sí, que esta vez no hay escapatoria. Tras el ritual intercambio de preguntas sobre el estado de salud y el bienestar de sus respectivas familias, el de la derecha rompe el hielo:
–¿Qué? He oído decir que el decano de tu facultad aboga por la descentralización de la universidad. ¿No te parece un poco precipitado?
–Bueno, en realidad –responde su vecino–, no todos los colegas estamos de acuerdo con su propuesta. Aunque, tratándose de alguien tan sensato como él, pienso que lo más aconsejable sería meditar sobre las razones que lo llevaron a hacer esa propuesta. En todo caso, yo no basaría mi juicio únicamente en distorsionados rumores.

El pequinés calló unos segundos, pero insistió al cabo:
–¿No te parecen desafortunadas sus declaraciones? En un momento como este, además: apenas han pasado seis años desde que el campus comenzó a ser operativo… Ya sé que no todo funciona como debería, pero al menos dejemos que la experiencia dé sus frutos. Si acaso, quizás convenga modificar los reglamentos de la universidad para adaptarlos a los nuevos tiempos.

Ahora fue el compañero a su izquierda quien guardó silencio. Se le veía no tanto incómodo cuanto hurgando en su memoria en busca de argumentos para contrarrestar el ataque frontal de su colega.

Finalmente optó por interpretar a su manera una de las viejas consignas del sabio antepasado Sun-Tzu: quien es experto en batallas no busca que el enemigo mueva sus fichas, nunca especula con esa posibilidad: se anticipa y las mueve él. En resumidas cuentas, se dio ánimos imaginando que su colega amagaba y aún no había soltado el golpe. Unos ánimos bastante occidentales, por cierto, si hemos de dar crédito a la especie de que “la mejor defensa es el ataque” es un dicho propio de Occidente.

Se dio la vuelta, le miró a los ojos y, aunque todo su cuerpo temblaba batiéndose en retirada, valientemente le espetó:
–¿Y vosotros, qué? ¿Acaso no vais por ahí diciendo que el centralismo os la suda?

La cola de comensales avanzó en ese momento. Los dos posaron sus bandejas sobre las barras metálicas y decidieron que lo más sabio, con o sin ayuda de Sun-Tzu, era concentrarse en el suculento colorido de las viandas expuestas.

Salud y monarquía


 Correspondencias /Iván Tubau
Querido,

Gracias por tu bandera de jamón y sobre todo por los suspiros de España de Estrellita Castro 1938 –¡1938!–. Queda despejada la mentira gracias al playback: si alguien es capaz de creerse esos movimientos de boca y esa expresión que no corresponden para nada con el sonido pregrabado, merece ser español.

Es usual considerar que los americanos son tontos, pero nunca se han tragado la gran mentira del doblaje. Si un actor quiere trabajar en el cine ameicano tiene que aprender inglés. Aquí, a un americano lo doblan y santas pascuas. Incluso a Sergi López, En Francia rueda en directo con su acento presuntamente español, pero aquí lo dobla otro actor porque al distribuidor español le parece que tiene demasiado acento “catalán”.

Y el cine catalán… No existe. Es solo un invento a efectos de subvención. Llaman versión original (para la subvención) a una versión doblada al catalán, es decir falsa, porque en el momento del rodaje todos los actores, incluidos los catalanes, hablan en castellano (salvo en la recentísima “Barcelona” de Ventura Pons). Ya “La ciutat cremada”, primera gloria del cine “catalán” posfranquista, se hizo en castellano desde el guión mismo. Igual que “Anem-nos-en, Bàrbara”. Sé de qué hablo (nunca mejor dicho) porque trabajé como actor en las dos. Eso sí, Amparo Soler Leal, yo mismo, Julieta Serrano y varios actores secundarios, que habíamos rodado en castellano como todos (sin sonido), nos doblamos nosotros mismos en las dos versiones, si bien la castellana fue la primera y se hizo en el estudio de doblaje Exa, madrileño. Pero después, doblaje en el estudio barcelonés “Voz de España” (toma castaña) y subvención de la Generalitat.

En España, antes de Querejeta, nunca se tomaba sonido directo. A Emma Penella la doblaba una actriz de doblaje, a Joan Manuel Serrat un actor de doblaje cuando hablaba. Cuando cantaba cantaba él, siempre en playback como Estrellita Castro: nunca expresión sonora y expresión facial coincidían.

España, un país doblado. Catalunya, más pequeñito y más doblado aún.


 Correspondencias /Eugenia Codina
Querido Arcadi,

me alegra ver que en tu blog tratas el tema de la protección de Hirsi Ali. Cuando leí ayer sobre la protección que exigían los intelectuales franceses para Hirsi Ali no pude menos que senalar el ensordecedor silencio de los intelectuales holandeses sobre este tema. El mundo intelectual holandés no reacciona ante una de las senales más claras de que las libertades democráticas que se han dado por sentado durante cincuenta anos son susceptibles de mercadeo. Si la democracia es una alcachofa, ya ha desaparecido la primera hoja. La culpa no es de los “otros”, los que amenazan a Hirsi Ali, sino del mismo gobierno holandés, sus fuerzas políticas y sus intelectuales mudos.

El gobierno holandés se desentiende de una ciudadana que está en peligro de muerte por sus ideas, cuando era miembro del parlamento holandés, recurriendo a argumentos legales: que si es una residente ausente, que tiene que vivir y trabajar en Holanda para que la protejan. Estos argumentos son débiles porque todo el mundo sabe que las fuerzas de la intolerencia no entienden de pasaportes, fronteras, permisos de residencia ni green cards. Tal como sabe Rushdie y, sobre todo, su traductor al japonés que murió asesinado. HIrsi Ali es una persona controvertida e incómoda en el panorama político y social holandés. Su forma de entrar en la política ya fue inusual: Hirsi Ali militaba en el partido socialdemócrata el cual abandonó públicamente, por medio de una carta abierta al periódico, para entrar en el partido liberal. Las razones que daba para ello eran muy claras. Confiaba en que el partido liberal (VVD) sería más consecuente en la defensa de los valores democráticos occidentales. Hirsi Ali no se comportaba según las reglas del juego establecidas en el panorama político: iba a la confrontación (con su forma tan elegante de hablar y de prensentarse) y no hacía concesiones sobre sus ideas. El resultado es que prácticamente no consiguió que el parlamento aprobara ninguna de sus propuestas. El suspiro de alivio que salió de La Haya el día que renunció a su escano se oyó por todo el país.

Ningún partido ha apoyado a Hirsi Ali, ni siquiera el partido liberal que la acogió en su momento, para que el estado holandés la siguiera protegiendo en el extranjero, solo el partido de los verdes pidió que se la protegiera unos seis meses más, para que pudiera recoger fondos por su cuenta.

Temo lo peor para el destino de esta alcachofa.

Un abrazo,

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