29 de septiembre de 2007
Creo que Javier Marías ha publicado un nuevo libro.
Querido J:
Creo que desde los tiempos de Luis de Galinsoga y La Vanguardia Española, aprox, no se había producido el hecho de que un catalán (es verdad que Galinsoga lo era adoptivo, pero tampoco vamos a discriminar) presentara un proyecto de diario al presidente del Gobierno español, como ha sucedido con el empresario Jaume Roures y el diario Público. La presentación debió de ir estupendamente, porque el presidente envió a Mtfdlv y a tres ministros a la presentación del nuevo diario. Ni el Conde de Godó ni el fallecido Antonio Asensio (visibles empresarios periodísticos de Cataluña) llegaron jamás a un grado de intimidad semejante con un presidente español. Aunque la intimidad se refleja en este acto de presentación, no tiene al periódico como principal tema. Público es como la hojita más o menos parroquial que dan en los cines progres; y lo que le importa a Zapatero, a Roures y a esa intimidad es la misa, es decir la película. La película de la cadena Sexta, de los derechos televisivos y del control en fin de una parte de la tarta (como dulcemente les gusta llamarlo) del básico negocio audiovisual.
Las razones del presidente Zapatero para buscar la cercanía y la complicidad de Roures son interesantes, aunque me disculparás que en algún punto sean cargadamente especulativas. Es un lugar común que parten de la displicencia, tal vez de la soberbia y acaso del desprecio con que los dirigentes de la prensa socialdemócrata le trataron como secretario general del PSOE y aun después, como presidente del Gobierno, indicándole de manera demasiado obvia y enérgica el camino a recorrer. En el reciente homenaje a Jesús de Polanco, Felipe González erró gravemente desde el punto de vista moral al comparar la guerra de fútbol… ¡con las guerras de Irak! Pero también desde el punto de vista técnico cuando se refirió a la necesidad de que cesara el fuego amigo entre Sogecable y Mediapro, las dos empresas que se disputan el control del deporte. Puede que haya fuego, pero en ningún caso amigo, porque los amigos de Felipe González nunca lo han sido de Zapatero. La causa es, antes que nada, generacional. Lo primero que necesita un adolescente es hacerse con amigos propios y los ha encontrado en el grupo de Roures. Lo segundo es viejos que apartar y que el desgarro sea un punto dramático: pocos viejos tan adecuados como González o Juan Luis Cebrián. Por si fuera poco la nueva socialdemocracia presenta un intenso aroma periférico que conecta bien con esa Nueva España que Zapatero quiere construir a partir de la segregación del Reino de León (metáfora). Desde luego, Zapatero no quiere destruir España. ¡Estaría bueno convertirse en presidente autonómico! Sólo cree que España necesita hacerse de nuevo y, aun más, que la van a hacer los nacionalistas y un pastor. La idea presidencial de España puede ser más o menos nebulosa, pero ofrece un llamativo empirismo cuando se examina a la luz del sistema de negocio que ha hecho rico y famoso a Roures. El difunto Montalbán ya presagió que España era poco más que la Liga de Fútbol, pero su sentencia era al cabo la de un español, aunque apenado y de izquierdas. Hoy España es la Forta, es decir la Federación de Televisiones Autonómicas, es decir una unidad de negocio en lo universal, gestionada por las élites provinciales. La traslación del mecanismo a lo político no repugna a Zapatero, y mucho menos a las élites.
El negocio de Roures se ha basado en la venta (en la intermediación, más precisamente) de los derechos futbolísticos a esas televisiones y en la explotación de su programación. Y en el fondo en una especial relación entre el poder público y la empresa privada. Más que de relación yo hablaría de colusión, que es un pacto entre dos que perjudica a un tercero. Pero no me acabo de decidir porque en las comunidades nacionalistas no ha habido nunca tercero: todo ha sido uno y en beneficio de uno, que es la nación, principio de la legalidad vigente. Para entender bien cómo ha funcionado este negocio en Cataluña, y entender así el subidón de Roures, es útil el precedente de Banca Catalana. La defensa nacionalista sobre este pormenor de la historia bancaria española ha sido siempre la misma: si se conculcó la ley, fue con el acuerdo de los accionistas, que prefirieron perder dinero para que lo ganara Cataluña. Basta cambiar accionistas por ciudadanos para que se entienda perfectamente el sentido final del pujolismo. Por cierto que las similitudes no acaban ahí. Está la característica más llamativa del departamento de recursos humanos de Banca Catalana, repleto de comunistas, y la evidencia de que lo mismo sucedió después con la primera plantilla de la Generalitat. El suc. DesPedazado.
En cuanto a lo concreto: Jaume Roures, periodista deportivo en la fundación de TV3, ha llevado a cabo, en estrecha complicidad con su compañero Tatxo Benet, dos importantes operaciones sólo contradictorias en apariencia. Primero la privatización de las retransmisiones deportivas de la televisión pública, fundamentalmente los partidos del F.C Barcelona. Y paralelamente, pásmate, la nacionalización de este organismo privado, siempre más que un club. La privatización se entiende rápido: a partir de un cierto momento es una empresa privada, una productora, y no sólo TV3 (u otras televisiones) la que negocia con el F.C. Barcelona (u otros equipos) los derechos de retransmisión de los partidos. Más sofisticada fue la nacionalización del equipo de fútbol: mientras el F.C.Barcelona pagaba una nómina a sus jugadores, TV3 les abonaba salarios extraordinarios en concepto de derechos de imagen. Así se hizo un equipo que llamaron el dream team y así acabó Jaume Roures, como representante, ya entre otras muchas cosas más, de un entrenador de esa época (y jugador célebre en el pasado) llamado Johan Cruyff. El dinero público está en la base de la fortuna de Roures y de los éxitos del equipo de fútbol. Sin duda. Pero lo interesante es observar este paisaje desde la óptica nacionalista. Desde esa óptica sólo hay una evidencia: una empresa catalana controla buena parte del negocio televisivo español, y planta cara, teniendo además como insólito aliado al presidente del Gobierno español, a uno de los grupos mediáticos más poderosos de Europa. Y en cuanto al equipo de fútbol sobran las explicaciones: si la televisión es la lengua el fútbol es el músculo de la construcción nacional. Otra cosa, puramente marginal, es que cuatro gatos, contados tú y yo, manifiesten su reticente resentimiento ante las (presuntas) colusiones.
La historia de cómo un voluntarioso periodista deportivo se ha convertido a los 57 años en un tipo realmente poderoso informa sobre muchos asuntos interesantes de la organización política y económica española y es un caladero abundante de metáforas. Para no caer presa de patas en ellas me he ido a ver los papeles públicos de Roures. Y la verdad es que su hoja de servicios es notable: le he llegado a contar 58 empresas actualmente participadas. Desde la A de Alternativa TV SL hasta la V de Video Shoppping Broadcast SL. Y 24 extinguidas, desde Audioclip SA hasta Zeligstudio. Todo el establishment de TV3 aparece en un lado u otro: Joan Majó, Jaume Ferrús, Enric Canals, Oriol Carbó, Joan Úbeda, Miquel Calzada… La privatización y la nacionalización, sintéticamente consideradas.
Te habrá llegado que Roures fue troskista. El camarada Melan. Pero sobre este punto la noticia portentosa es que continua siéndolo.
Sigue con salud
A.




