30 de agosto de 2007
Draft Telegraph
(XLV)
Juan García, nombre de corrido y el dueño del Santa Bárbara, invita a comer. Él mismo cocina una docena de excelentes platillos, y por fin el gazpacho de invierno. Se bebe Sauci joven y un Leda del 2000 de doble capa. Al acabar se sienta a tomarse un gintonic. En un momento dado, tipo Cruyff, comunica que a su abuelo lo mataron en la guerra civil. Era arriero y vivía en Almonaster, y lo mataron como él lo cuenta ahora. Un momento dado y cosas. Sus huesos están en una fosa cercana y localizada, próxima al pueblo. El hijo nunca quiso removerlos y el nieto tampoco. El hijo del arriero levantó Casa García, el hotel madre, y el hijo sigue con él. Durante muchos años han visto pasar a los asesinos, y es probable que hayan dado posada a ellos y a sus descendientes. Lo impresionante del relato de Juan García no son, por desgracia, los huesos del arriero, sino el aire de inexorabilidad con que ha aludido a su fusilamiento. Por supuesto no ha sido Juan García el que ha traído el tema. Su socio estaba explicando algo sobre Barrancos, un pueblo portugués de la zona de las Contiendas donde se escondían los españoles perseguidos, y fue entonces cuando se vio obligado a introducir una cuña leve. Como en otros casos no hay mayores referencias al signo ideológico de los asesinos. Debió de existir, pero ya se ha olvidado. Respecto a ciertos asesinatos civiles el tiempo está desprendiendo la costra ideológica. Pero no hay que hacerse ilusiones. Lo que queda es peor. La carne viva del odio vecinal, administrativo, del siguiente en el escalafón. Un momento dado y cosas. La resignación de Juan García tiene también un punto rural. El granizo del 36.
Noche cerrada voy a Nerva y busco la calle del Pierrot.
—Oye, Conchita, tú que vives cerca, ¿es verdad lo que he oído de las mujeres de Pierrot y de Lope de Vega?
—Sí, hijo sí, y a las que les han salvado la vida les han cortado el pelo y les han dado aceite de ricino migado con pan.
—¿Será posible?
—Ya lo puedes creer. Yo misma las he visto cuando se las llevaban. Y allí, cerca de casa, han recogido a una de las que le hicieron tomar el aceite. Esto te lo digo a ti, porque sé qué clase de muchacho eres.
La calle se llama Piarrad, lo que me decepciona. La calle del Pierrot era un nombre insuperable. Piarrad debe de ser una afonía, porque la cadena sólo presenta un google, lo cual (o cero o infinito) es dificilísimo. La calle sube negrísima. En la perpendicular, Marqués de Nerva, una mujer está sentada en su umbral. Le da una luz ámbar, rancia.
–En setenta y cinco años he ido de aquí hasta allí —y señala con cada brazo los límites de la calle.
–Esta Piarrad… ¿había mujeres?
–Las hubo.
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Correspondencias/ qtyop
Venía oyendo la radio socialdemócrata. Hablaban de un experimento. Iban a meter a personas en un cámara y estimularles partes del cerebro que representan la felicidad. Pero la gente no quería presentarse para ese tipo de experimentos. Decían que era muy irreal: la vida se compone de momentos buenos y malos.
Y entonces es cuando el locutor socialdemócrata aparece en todo su esplendor. Dice, es como si todos los días comes jamón ibérico (un poner, de Joselito), lo aborreces; tienes que alternar platos buenos y malos.
El gusto socialdemócrata es pues como el oído. Casi nadie tiene un oído absoluto; tiene que relativizar para sacar soles, laes y bemoles… así es el gusto. Una octava que va de la mierda absoluta al joselito.
Así que, ya sabes. Si un día vas por Arcena y pides jamón. Si un día comes excelentemente en el Santa Bárbara. Al día siguiente mira que te haga la comida un mindungui de nadie y te prepare unos spaghettis recalentados o algo por el estilo. Ya sabes, hay que purgarse del pecado. Si es bueno es pecado. Después he asistido a un espectáculo maravilloso. La Luna, una luna aún de verano, nacía por la carretera. Nacía y jugueteaba con riscos y pinos. Un globo inmenso, como corresponde al verano, amarillento y lento, lentísimo en su subir, como corresponde al verano.




