29 de agosto de 2007
Decía Jaime Gil de Biedma, no recuerdo bien si citando a Eliot, que, más que poeta, él habría querido ser poema. No hay mejor descripción del trabajo de Umbral. Él fue columna antes que columnista, antes que escritor o que poeta. El último escritor/personaje del periodismo español. La hora de su muerte no debe añadir misterio ni redención a su estilo. Era el tipo de hombre que va echando palabras como si la columna fuese una ruleta y que, pacientemente, va comprobando los efectos. Así lo hacen tantos poetas. A diferencia de la mayoría de ellos, sin embargo, Umbral no trabajaba con los riachuelos de la vida, que es el morir, sino con las grasientas tuberías de la actualidad. Confiaba que al menos una vez por párrafo se produjera aquel incendio de sentido que Michel Leiris advertía en el choque más o menos fortuito de las palabras. A veces se producía. Los años, el tiempo, el estudio y la buena fe establecerán si fue un ser de lejanías o un tren de cercanías. Aunque sospecho que sufrió como pocos escritores por el valor de su obra y por lo que hiciera con ella el futuro: no fue un cínico, por más que en muchos momentos de desesperación vendiera sus hallazgos verbales como si fueran abalorios y nosotros sus indios. Cuando dijo en la tele, en ocasión famosa, yo he venido a hablar de mi libro se manifestaba completamente en serio. Hoy su abrupta intervención causaría un asombro risueño. Quizá fueran él y su frase la última vez que se habló verdaderamente de literatura en televisión.
Todas estas consideraciones, más o menos precarias, empalidecen ante la constatación de hasta qué punto la muerte de Umbral afecta, y de un modo profundo, personal, a cualquiera que haya leído periódicos en los últimos treinta años. Umbral, su dacha, sus jais, su pan, su cuando entonces, nos dio conversación diaria en estos treinta años, y ahora esta conversación se ha acabado. Las innumerables palabras que torneó para nosotros, y que usábamos ligera y despreocupadamente como nuestras, vuelven a ser sólo suyas con su muerte. Todo gran escritor disfruta de estas victorias póstumas, tan extrañas. En cualquier caso, esa larga conversación de periódicos es una de las grandes colecciones de la reciente cultura española y uno de los modos más seguros de averiguar cuál fue el spleen de nuestra vida en el último tramo del siglo veinte. No se trata, fiel a su naturaleza profunda, de que describiera con mayor o menor brillantez o fortuna la transición moral española. Él fue esa transición, y hoy lo lloramos con la atención especial, algo interesadilla, que merece la muerte de los escritores capaces de hacernos tocar el tiempo.
(Coda: “Hay teatro del absurdo y poema surrealista en eso de llevarse uno flores a sí mismo todos los días. Yo lo venía haciendo durante muchos años sin saber por qué ni para qué. Y hasta creía que el artículo era por ganarme la vida. Y era por ganarme la muerte.” Umbral, El columnista, El Mundo, 10 de enero de 1998)


