28 de agosto de 2007
Draft Telegraph
(XLIV)
En todo pueblo andaluz, y hablo por ejemplo de Cumbres de Enmedio, una calle perfilada con naranjos, hay el llamado Guadalinfo, es decir, una habitación con ordenadores conectados a internet. Ya sé que lo paga Cataluña, y es por eso, catalán, que lo digo. Es posible que en algún lugar de la geografía andaluza contemporánea no haya ayuntamiento, iglesia o cuartel de la guardia civil. Pero habrá Guadalinfo, y esa nueva vertebración social es realmente emocionante. Así viajo de un lado a otro, aparentemente empeñado en paisajes, monumentos o sucesos; pero nunca me voy de ellos sin saber dónde está su habitación con vistas. Ayer viajé hasta Tharsis, donde hay un paisaje de minas muy ordenado y poderoso y al anochecer aún me llegué hasta Alosno, que es un nombre, me juego el pelo, hijo de la dislexia. Por cierto: Alosno me impresionó por dos cosas. La primera es que el pueblo es como un fandango. Debo confesar, tristemente, que el único fandango que me ha raspado en la vida es el que canta Fernanda de Utrera en la antología de Caballero Bonald, “aquel gitano las tenía pestañas negras y rizás, pasó por la vera mía y a mi me embrujó su mirar, ay cómo no me miraría”. Los cinco millones y medio de fandangos restantes los encuentro de una gran altura, sólo alcanzable por el melisma, el neumático salvavidas de los canores. Y Alosno es fandango, texto y música. Un urbanismo y una decoración algo sentenciosas. Pero eso poco importa, porque Alosno tiene El Portichuelo, en la carretera. Llegamos sin más guía que el hambre y la sed y el brazo extendido de un lugareño. Vi en la carta que tenían un picadillo de culantro, que es la forma bárbara con que llaman aquí al delicado cilantro. Y lo pedí por ver si se atrevían. Lo era: inmenso, raro, fuerte, perfumado. Dominaba la hierba sobre el tomate, la cebolla dulcísima, las hebras de atún y los muñones de pimiento. Tal vez la mejor ensalada que haya comido en mi vida. Vio el hombre tanto entusiasmo en mí que me sirvió otro plato, y regalado, que, ¡oh prodigio inverosímil!, aún estaba mejor que el primero. Los viajeros comilones tenemos una gran superioridad sobre el resto: damos con mezquitas inesperadas en cualquier rincón del alba.




