27 de agosto de 2007
Draft Telegraph
(XLIII)
Un lugar que se llame Bollullos Par del Condado sale con ventaja. El mediodía que llegamos estaba inundado, aunque no llegaba a los niveles abisales de La Palma, metida en un hoyo. Todo es tan extraordinario en este nombre que, naturalmente, hay un Bollullos de… ¡la Mitación! (la admiración es nuestra). Las etimologías dicen que Mitación viene, al parecer, de “mutatio”, cambio de caballos, relevo de postas, pero, obviamente, ¡yo no soy tonto! Por si fuera poco Bollullos Par del Condado tiene una calle principal, la carretera a Matalascañas, que parece un pueblo del Oeste. Pero en vez de drugstores hay bodegones, donde el viajero se surte de gambas, gambones, carne ibérica, jamón y vino. El vino del dulce condado de Niebla. Desde que estoy aquí liquido un par (¡del Condado!) de botellas al día, con una pasmosa naturalidad. Quería el de Sauci, que había leído que es el mejor, y que como suele pasar con lo mejor, escasea y cuesta, y al fin lo encontré en El Postigo, que no es un bodegón, pero es el mejor restaurante de Bollullos y uno de los dos o tres realmente buenos de Huelva entera, y allí estuve mientras arreciaba la lluvia, abriéndome paso entre fuentes de almejas abiertas al vino caliente, estratos de bacalao con tomate y alioli y emboscadas de cerdo deshecho en su manteca, cocinado al whisky à la Mitación, es decir sin una gota de whisky, pero con cántaros de oloroso.
Mientras aquello sucedía, y aun faltaba por llegar una bavaroise de melocotón indecente y melosa, puro sexo, decidí de nuevo que iba a escribir un libro llamado “Sobremesa” o “Sobrepensamiento”, “Sobrepeso” o “Sobrasada”, lo estoy mirando, dedicado a la recopilación y puesta en su lugar y acto de las meditaciones y proyectos que me asaltan furiosos e incontenibles mientras, ya exánime, aún oigo el ruido inconfundible, algo así como el viento entre los árboles, de la alegría.
Volvimos por la vieja entrada de Nerva. El cielo era una ballena. Por un momento había dejado de resoplar, pero ya volvía. Anduvimos por el margen de El Tinto. Unos rayos atroces, de tebeo, se encendían por la parte de Valverde. La amenaza, mezclada con el aire de piritas, era estremecedora. Las piedras de la cuenca, lavadas, daban unos colores de carne viva. Pensé que las fotos de Germá y Terrades sobre estos parajes que había visto en El Rompido no eran quizá tan mentirosas. Entonces se oyó un gong de película egipcia y cuando llegamos al coche, después de la carrera, me limpié la lluvia y me di la vuelta, como hacen los hombres.


