22 de agosto de 2007
Trías, como le llamaba su mujer. Cuando en los periódicos se muere alguien con el que has sido feliz hay que andarse con ojo porque se puede acabar escribiendo, por todo mérito, de noches y vino tinto. O sea que apartémoslas, como un brazo inclemente echaría al suelo los restos, aún en la mesa, de la francachela. Ya no habrá más. Lo importante es que Trías pasó por el mundo con una sintaxis admirable. Incluso su propio físico era sintáctico: nadie diría que no tenía la voz exacta que uno esperaba de sus huesos largos y su ceño de gran fumador. Era una voz quijotesca, bronca y lírica, puro gaznate. Con ella escribía novelas apreciables, según los críticos. Es posible. Siempre que me metí en ellas no pasé de la sintaxis, que devoraba tema y trama. Una sintaxis tan poderosa y manifiesta necesita algo más consistente. Por ejemplo, sus artículos políticos, sus apuntes de viaje (escribió e hizo escribir del asunto a los otros en la excelente colección “Las ciudades” que editó Destino) y sus ensayitos, entiéndase el diminutivo a la manera de Ferlosio, al que tanto quería y al que tan bien y con tanto sentido leyó. En una de las siempre novísimas etapas de la revista Ajoblanco Trías engatilló una serie de esos ensayitos, cargados de fábula, pensamiento y experiencia recatada, que fueron una absoluta novedad en el periodismo español. Quizá su muerte ayude ahora a que sus textos misceláneos reciban el tratamiento que merecen. En España ya es jodido (y tradición) que para vivir haya que morirse.
Sin embargo la gran ceremonia de la sintaxis de Trías se produjo una noche de verano de hace tres años, en el teatro Grec de Barcelona, cuando Mario Gas estrenó su versión de La Orestiada. En el escenario se producían los movimientos y las pavadas habituales, pero en el aire estaba la voz de Trías para darnos la mejor tragedia que habíamos oído nunca. Todo se entendía y todo era de una gran belleza. Se producía la inmensa virtud del clásico: sin perder su lugar en el fondo de los siglos Esquilo hablaba como un hombre melancólico y no como una ruina restaurada o, ¡desdicha mucho mayor!, actualizada. Era Trías; ningún escritor auténtico ha de dolerse de encontrar su voz en otra voz. Hablo también por Esquilo: el que lo estaba diciendo en un castellano como el agua era un conocedor muy profundo de Grecia. Allí viajó por vez enésima, sin planes ni plazos rígidos, como de costumbre, gastando el dinerillo de la traducción. Ya volvió enfermo.
Trías fue, últimas cuestiones de sintaxis, uno de los quince firmantes del manifiesto que dio origen a Ciutadans. Era también su Esquilo: “No sea yo jamás destructor de pueblos ni vea vencido mi vida reducida a servidumbre”. No.
(Coda: Carlos Trías Sagnier nació en 1947, en Barcelona, donde murió, enfermo de cáncer, el 19 de agosto de 2007.)




