3 de agosto de 2007

Propaganda

 

Es notoria la fama del ministro del Interior de ser hombre inteligente, astuto y calculador. No seré yo quien la discuta, estando tan a mano los hechos. ¡Ya es hora de que los hechos asuman sus responsabilidades! Desde el quicio de fama semejante el ministro ha pronunciado una frase asombrosa: “Un atentado de ETA no es un temor, es una certeza”. No me detendré en lo gramático y en la minucia de que el razonante oponga temor a certeza, como si no fueran precisamente las certezas lo que un hombre, aunque sea ministro, más ha de temer en este mundo. Mejor atribuir el anacoluto a las desdichas del lenguaje oral, o al puro corte periodístico de la transmisión. Sí merece la pena, en cambio, detenerse en el acto involuntario de propaganda terrorista que el ministro ha perpetrado. Está de sobras sabido que la onda expansiva del terrorismo es de amplio espectro. Ni empieza ni acaba con la bomba. ETA reanudó su actividad terrorista cuando anunció que la tregua había acabado. Obviamente esa actividad podrá tener grados y circunstancias diversos: pero el anuncio de la bomba ya es un acto de terror. Un acto, por cierto, más barato incluso de lo que es el propio acto de hacer volar una cabeza, gesta barata y vulgar de por sí, por más que los especuladores, cómplices o simplemente idiotas, logren convencernos de su alto y sofisticado precio.

Sería sorprendente que el ministro, precisamente de Interior y con su fama, desconociera este carácter de la estrategia terrorista. Pero yo no puedo manejar otra alternativa que la de esa ignorancia. Porque de no hacerlo estaría obligado a asumir que el ministro ha instrumentalizado de forma inmoral y perversa el terrorismo. Esa instrumentalización se justificaría, desde la óptica gubernamental, en la necesidad de “preparar a la sociedad española para lo peor”. Pero difícilmente ese empeño tiene algún sentido desde el punto de vista práctico. Poco después de los atentados del 11 de septiembre la policía española anunció que un comando etarra pretendía volar la Torre Picasso de Madrid. ¿Alguien se imagina con qué alegría irían a trabajar al día siguiente los empleados de las decenas de empresas allí instaladas? Avisar a los ciudadanos de que viene el lobo sólo tiene sentido cuando los ciudadanos pueden hacer algo contra el lobo. No es el caso. Otro caso es el de los votantes. Estos sí necesitan ser preparados. Al método se le llama campaña electoral.

(Coda: “Si a un terrorista, por una parte, y a un soldado, por la otra, el hombre que cada uno de ellos va a matar se les muere de un rayo unos momentos antes, para el soldado será tan valedero, según su propio fin, el efecto de tal rayo como si a su fusil fuese debido, mientras que el terrorista juzgará que el rayo ha desbaratado su propósito y frustrado su fin. (…) Lo que le importa al terrorista, a diferencia del soldado, no es el que su víctima muera (esté muerta), cosa que está desentendida de quién sea o no sea el agente, sino poner (tener) en su haber nominal el haberla matado”. Rafael Sánchez Ferlosio, Notas sobre el terrorismo.)


  Correspondencias/ Iván Tubau

La primera Zahara que conocí fue la de la Gran Vía madrileña. La de los Atunes bastante más tarde por Catherine Moreau Fernández, mi entonces nuera, pija progre que me hizo abuelo antes de abandonar la nuerez. Era aquello entonces un nido de fachas, los más de ellos pilotos de Iberia que bebían mucho malta ahumado porque tenían lo que hay que tener. Ella era (y es aún) azafata. Si ahora esa Zahara es
socialdemócrata (facha es insulto más racial y con más pedigrí que socialdemócrata, parvenu al repertorio de las injurias) será cosa de volver por aquellas costas. A los bauluces, aitanas (¿la hija del que fue mi compañero de trabajo Ángel?) y guayomins (mi hijo Daniel trabajó con ellos un porrón de años) puedes añadir los vanias (Vania es un pez socialdemócrata de tendencias borrellianas que encima alardea de ello).

Un abrazo (no sé si podrá ser tan fuerte como los tuyos, pero se hará lo que se pueda).

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