31 de julio de 2007

Draft Telegraph
(XXVII)

El monótono camino de Sevilla a Cádiz. No hay paisaje, sólo una cosa que apartaron a un lado. Así puedo pensar en lo que voy a escribir (¡lo estoy escribiendo, lo están viendo!) sobre el artículo de Ferlosio. Dice que es el grupo el que educa. Por supuesto. Ésa es la tesis principal de “El mito de la educación”, de Judith Harris. Ferlosio no conoce a Harris, pero tarde o temprano la inteligencia acaba conociéndose, y hasta personalmente. El grupo educa hasta tal punto que hay herencias que se transmiten, por así decirlo, de hijos a hijos. También lo argumenta Harris, que sin embargo no conoce la deliciosa prueba que un día me contó Ferlosio. “Carmen Martín Gaite explicaba que los chicos en Salamanca hacían una broma fonética al cantar los números en inglés, desfigurándolos. (Ferlosio “hacía” la broma, divertidísimo, pero su reproducción es imposible). La broma nació al paso de los soldados ingleses de Wellington, estacionados en Salamanca, y llegó hasta Carmen sin tocar padre.” A la educación, respecto de la instrucción, se le puede aplicar la archicomentada sentencia estilística de Stendhal: “Muestre, no declare”. “¡Desfile!”, quiero decir exactamente. Desfile y no murmure, alevín. La educación como el solomillo. A la Wellington.

 Correspondencias/ Clarín

Estimado A.,

Acabo de estar en México por trabajo. En el hotel por la mañana nos reparten un periódico del lugar y una noticia se convierte en tema de conversación del desayuno: “Víctimas de Juárez. Desaparece comisión contra los feminicidios”.

La noticia va muy a la anécdota sobre una posible desaparición de la “Comisión para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres en Ciudad Juárez” debido a un cambio de dependencia administrativa (como nota de normalidad, se recoge que por ahora “Las oficinas en Ciudad Juárez,” (supongo que también habrá oficinas en el D.F.) “se encuentran funcionando normalmente, con el mismo presupuesto y con sus 27 empleados (!!!), entre abogados, sicólogos y administrativos”).

Pero la conversación de desayuno se centra en la cifra de 300 mujeres muertas. Mi compañera (una chica por lo demás muy curiosa y bien informada) se escandaliza por la cifra. Un servidor también se preocupa, pero expresa su escepticismo crónico con las estadísticas periodistas. La cosa termina en una apuesta: si hay más hombres asesinados que mujeres anualmente en C.J., paga ella un tequila reposado en la cena; en caso contrario, pago yo.

La información encontrada previamente a la cena (y al tequila) en la 6ª entrada de google supera todas mis expectativas: La cifra de 300 es la suma de todas las muertes de mujeres en C.J. a lo largo de unos 10 años. Y la proporción de hombres / mujeres es de ¡¡10 a 1!! Según recoge el artículo encontrado en google, esta información está en una nota a pie de página de un informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (de la OEA). Por otro lado, los dos últimos párrafos del artículo son todo un diagnóstico del modus operandi de los medios:

“¿Qué cosa podría explicar el desvío de atención de la abrumadora mayoría de las víctimas de asesinato en Ciudad Juárez? En parte, eso da fe del estatus de las mujeres asesinadas en el discurso y el activismo feministas. Por lo general agrupadas con otras muertes femeninas violentas, los asesinatos en serie se presentan como un ejemplo de “femenicidio” —el asesinato con distinción de género. Una vez más, esta estrategia es exitosa. Los asesinatos en serie de mujeres son un rasgo constante de la actividad criminal masculina (los asesinos son casi siempre varones, excepto cuando los crímenes ocurren en instituciones “de atención social”, como hospitales y asilos. El hecho de hacer énfasis en los asesinatos de mujeres sirve también de ocasión para discutir temas importantes, como la explotación de la mano de obra femenina en la zona maquiladora, la reacción violenta de muchos hombres en contra de las tendencias de modernización en las relaciones de género, y la brutal violencia doméstica que a menudo resulta de ello.

Pero igualmente hay razones más dudosas para esta marginación de las víctimas masculinas. El modo de operar estándar en el academicismo y activismo feministas dicta que, cuando un fenómeno social complejo como el asesinato se trae a discusión, hay que seguir ciertas reglas. Por decirlo brevemente, los temas que evoquen preocupación y empatía con respecto a las mujeres —en este caso, el agudo incremento de las tasas de asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez— se deben separar cuidadosamente y habrán de exponerse de manera aislada. La información que amenace con equilibrar o contextualizar el cuadro, quizá en detrimento del énfasis que se ponga en las víctimas femeninas, debe desatenderse o suprimirse. De ahí la invisibilidad de nueve décimas de los asesinatos en Ciudad Juárez. Esto asegura que la información relevante esté sólo disponible para quienes estén preparados para hurgar en ella. (Las estadísticas en el informe de la CIDH están enterradas en pies de página; el artículo de Debbie Natham, citado anteriormente, es el único texto donde he visto que realmente se eche una luz crítica y escéptica sobre las exposicioneshabituales acerca de los asesinatos en Ciudad Juárez.)”

Hombres

Informe de la Comisión
Afectuosamente,

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