30 de julio de 2007
Draft Telegraph
(XXVI)
Salgo al exterior con muchas precauciones, como si nevara o se hubiese desencadenado un tifón. Se dice “lo que cae” para enfatizar que no cae nada, aunque la situación sea la propia de los chuzos de punta. Las dos calderas del Santa Bárbara hierven frío, y Sandro anuncia su suicidio si fallaran, lo que enseguida le quitamos de la cabeza. A media tarde se levanta viento, y por la parte de Zalamea, rápidamente, se levanta una columna de humo. La supervivencia del bosque es puramente milagrosa. Como en el más crudo invierno apenas hay dos horas de luz. Voy a ver toros. El Castillo de las Guardas.
“La desesperación cundía en el ánimo de aquella gente. Los del Castillo de las Guardas iban a Tarrasa. Nosotros, como decía mi amigo, íbamos de espías: donde no encontrásemos enemigos allí nos quedaríamos. Luego, llegando a El Prat del Llobregat, no se le ocurre otra cosa que exclamar:
—¡Piritas! —relacionó el olor de cierta fábrica con el que desprendía la chimenea de una fundición en Riotinto.
El del Castillo reía con fuerza.”
La otra tarde leí algo sobre las investigaciones de una oftalmóloga española. El ojo no ve si no se mueve, lo que saben perfectamente todos aquellos que se quedan con frecuencia embobados. Así pasa con los muertos: no se mueven, y el ojo no ve. A efectos prácticos da lo mismo que el inmóvil sea el ojo o el rostro. Tal vez la literatura fuera capaz de animar el teatrillo. ¡Ya es hora de que sirva para algo! La investigadora se muestra demasiado sobria cuando le preguntan por las posibilidades de aplicación de su descubrimiento. Yo no paro de vérselas. La actualidad, por ejemplo, y esos pobres tipos enfocados permanente hacia ella, periodistas nos llaman, que ya no ven un carajo




