29 de julio de 2007
Draft Telegraph
(XXV)
En estos pueblos de mi Andalucía se concentran algunos horrores, y entre los más violentos están los llamados quads. El quad reúne lo peor de dos mundos siniestros: el cuatro por cuatro y la motocicleta. Con la primera de esas bestias me encaré hace ya algún tiempo, a propósito de un atropello criminal en la plaza principal de una ciudad donde viví: es un arma letal en manos de apocados y tímidos, y especialmente en manos de tímidas. De la segunda qué se puede añadir al dato estadístico que la presenta como el vehículo principal de la ciudad elidida: ruido, fracturas y muerte. Encontré un quad hasta en el camino que va de Linares a Alájar, y me pasó porque soy un realista. Todos los que lo conducen son patizambos según el diseño de Lafuente Estefanía y tiene la misma cara de pedrada del español descrito por Jaime Gil de Biedma. La principal característica técnica del quadrúpedo es su inutilidad absoluta, a menos de que por utilidad no se entienda la capacidad de diseminar la molestia o de envenenar el ambiente. Al sintetizar cuatro por cuatro y motocicleta se pierden las dudosas, pero difundidas virtudes de ambos vehículos, sean la seguridad o la libertad. El quad es trasto para malcrecidos. Un anoréxico con barriga. Un chumba/chumba que destripa la intimidad, incluso andaluza.
El otro punto hórrido (¡ah!, qué delicia volver al derecho malhumor) es la fiesta. Ayer en Galaroza, atildada sierra, envilecida desde hace tres días por la pachanga. Andalucía casi había conseguido la desaparición del cante grande, gracias a la incesante labor de las sardinadas flamencas que cada fin de semana atufan el aire del verano. El festival flamenco es una de las ceremonias más lúgubres que pueden concebirse. Un hombre bravo desgañitándose bajo las estrellas y una recua de paulatinos borrachos hablando de sus cosas, es decir, de la tele, en la platea de hojalata. Y así, de las once a las tres. Pero el festival es un ensueño de civilidad comparado con el pudridero de la alegría de la fiesta popular. Gomas hinchables, como condones tratados con compresor, donde saltan incensantemente las gordas; martillos pilones en la madrugá, la antigua hora del martinete; y el tiro al blanco, y la tómbola, y los autos de choque, apeaderos del mal patizambo.
Me senté en una terraza relativamente alejada de todo eso y pedí, en Galaroza, sierra serrana, pata negra, un plato de jamón, que ya hacía horas:
–No, señor, en fiestas no tenemos.




