25 de julio de 2007

Draft Telegraph
(XXI)

En la piscina, tendido sobre unas simples hamacas verdes, muy cómodas. Ha vuelto el calor, y también el caudal habitual del agua al Santa Bárbara, y el aspecto del verano es formidable. Además en la Vida del doctor doy con este párrafo juvenil, del prólogo al libro de viajes de un jesuita portugués: “No hallará el lector en esta obra regiones maldecidas con una esterilidad irremediable, ni bendecidas con una fecundidad espontánea; no hay tinieblas perpetuas, ni tierras en las que nunca se pone el sol; no aparecen naciones descritas cual si carecieran de todo sentido de la humanidad, ni consumadas por su pujanza en todas las virtudes privadas y sociales. No hay hotentotes desprovistos de sistema de gobierno, de religión, de lenguaje articulado; no hay chinos de una cortesía exquisita, absolutamente avezados en el conocimiento de todas las ciencias; descubrirá, antes bien, lo que siempre se ha de descubrir por mediación de un investigador curioso, diligente e imparcial, esto es, que allí donde se encuentre la naturaleza humana habrá una mezcla de vicios y virtudes, una pugna entre pasión y razón, y que el Creador no ha sido parcial en sus repartos, sino que ha equilibrado, en casi todos los países, sus inconvenientes particulares mediante favores no menos particulares”.

Johnson escribió estas palabras con veinticinco años, es decir, en 1734. Su apreciación y desmontaje del tópico es insólitamente prematura. No era sólo su juventud, sino también la relativa juventud del libro de viajes que precisamente su siglo llevará al esplendor y con él a la fortificación del lugar común antropológico, paisajístico y moral.

Llegan las chicas a la piscina, y con ellas un joven editor. De inmediato queda acordada la formación de dos equipos que lucharán por una pelota en el agua. Como es natural las dos estrellas viriles jugaremos frente a frente. Rápidamente observo que el joven editor no va al choque. Es fuerte y sobre todo fue troskista, por lo que no comprendo su actitud. Cierto que a veces algunos hombres, encarados ante su hora, responden con una patética blandura. El caso es que mi equipo arrasa, y las más bellas saludan repetidamente al más fiero de los vencedores. Envalentonado ante su falta de aliento persigo a mi rival a lo largo y ancho de la piscina, confiado en las virtudes de la pica. Lo humillo de palabra y de obra. No hay respuesta. Hasta que se decreta el final del juego y subo por la escalerilla, entre Babilonia y Roma, para ser coronado. Feliz, pero preguntándome por la conducta y el carácter del joven editor. De pronto, aún con los tobillos en el agua, me dobla como un rayo la certeza cruel. El hijo de puta… Sólo respeto por la edad demostraba.

 Correspondencias/ Iván Tubau

Recuerdos y olvidos. A propósito de lo tuyo y lo de Jambrina, je te [ou vous] conseille vivement un libro del cual estoy a medias: “Comment parler des livres que l’on n’a pas lus?”, de Pierre Bayard (Minuit). El capítulo dedicado a nuestro querido amigo de La Boétie es una delicia. Véase el sumario de dicho capítulo: “Où l’on pose, avec Montaigne, la question de savoir si un livre qu’on a lu et complètment oublié, et dont on a même oublié qu’on l’a lu, est encore un livre qu’on a lu.”

Buenos deseos, of course.

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