24 de julio de 2007

Draft Telegraph
(XX)

La Palma del Condado, alrededor de las cinco de la tarde. No se trata de un suicidio demorado. Hace calor, pero corre el viento, y se puede pasear perfectamente. La impresión es formidable. Era de noche, y sin embargo el sol lucía. La Palma es un lugar con mucho empaque, limpio como los chorros del oro andaluz. Hubo dinero, y lo hay, y eso ha dado como resultado un pueblo grande, bien trazado, de buenas casas y guiado por la moderación. Es decir, no se trata de una corta calle principal, con sombrero charro, abatida por la hora y el verano sureño. Es un lugar donde diez mil personas están durmiendo de día, mientras yo camino. Yo soy el recuerdo de Mario López. Alguien cruzaría el cansado corazón del viento en llamas. Voy dando con rastros de una vida misteriosa. A mitad de las escaleras de un zaguán está sentada una niña. Tendrá cinco años. Tal vez se haya despertado hace un minuto de un sueño corto, baboso y profundo, porque su carita noqueada todavía balbucea entre el sueño y la vigilia. O quizá la estupefacción se deba, como la mía, a la alianza del silencio y la luz. Volviendo de las bodegas, herméticamente cerradas, de Luis Felipe, junto a una esquina palaciega, se oyen los primeros sonidos. No veo nada con los ojos; pero una mujer, allí dentro, le ha dado la última vuelta a la pequeña oroley y la ha colocado en el fuego. Oigo la taza centrándose en el plato y hasta el raspado de la cucharilla sobre los terrones de azúcar.

La Palma está lejos de Riotinto, y es absolutamente otro mundo. Pero estas calles vulnerables, despiertas sólo a mi paso, me recuerdan el momento exacto en que la Compañía inglesa destruyó el viejo pueblo minero buscando las vetas que había debajo. Hay una foto muy famosa que muestra al campanario de la iglesia doblándose por los explosivos. Una siesta rota y confiada.


 Correspondencias/ Juanjo Jambrina

“Una de las más amargas experiencias de mi vida fue tratar de evocar el rostro de mi padre a los pocos días de que hubiera muerto. Su vaguedad me pareció trágica.”

De ahí que las fotografías sean tan importantes para una adecuada elaboración del duelo. Quienes lo tienen verdaderamente mal son los ciegos, sobre todo las cegueras adquiridas. Sin el refuerzo de la fotografía lo pasan muy mal cuando empiezan a perder las imágenes de todo lo que conocieron.

Saludos.

Comments are closed.

-->