23 de julio de 2007

Draft Telegraph
(XIX)

El recuerdo. Durante toda la mañana, y para cumplir un encargo, busco inútilmente el título de un libro de retórica. Busco sin moverme, claro, de un modo cerebral. Sin embargo no hay duda de que se trata de una actividad, de un trabajo, y que hay comprometido en él ciertas cantidades de energía. Recordar cansa. Ahora bien, qué tipo de trabajo es difícil decirlo. Supongo que se trata de un transporte de líquidos entre lugares del cerebro. Un transporte a pulso. Pero yo diría que los movimientos se asemejan bastante a un braceo sin dirección ni sentido. En cualquier caso nada parecido a la nitidez que tiene una orden que se cumple, como la de levantar el brazo y luego bajarlo. Se ha dado la orden de buscar un nombre, pero es evidente que en el cerebro (más Corte de los Milagros que nunca) hay graves dificultades para cumplirla. Un cierto ambiente de caos y desmoralización, como a la vista de un ejército indisciplinado, se produce. La desmoralización, obviamente, tiene que ver con las expectativas. No se le pedía al cerebro que llevara el cuerpo a atravesar una pared de hormigón ni a elevarse por encima de los cinco metros con el único impulso de sus piernas; la orden estaba dentro de sus posibilidades. Por lo demás hay algo que añade una grave frustración: la creencia de que el nombre del libro está ahí dentro, físicamente. Tan físicamente como si fuera el libro mismo sobre una estantería.

Por la noche me desperté, di dos vueltas en la cama amasando mi vida como si fuera una croqueta, y el nombre del libro me advino, casi dulcemente. Sin pensar, se diría. Se trata de una popular recomendación cognitiva: para recordar algo deja de pensar en ello… y advendrá. Pero habían pasado muchas horas. Es probable que mientras pasaran el fantasma de la máquina siguiera trabajando en silencio.

Conviene decir, no obstante, que la exigencia de remembranza era de alta precisión. como siempre que sucede cuando se piden palabras. En realidad puede que ante la petición de imágenes la respuesta cerebral no sea muy distinta. Cuando convocamos alguna imagen del pasado la respuesta es escasamente nítida. Sin embargo, hay una conformidad general. Evoco un rostro y me llega su aire. Es suficiente. Si me acerco más, es peligroso. Puede suceder como con los muebles de los castillos abandonados, que desaparecen con el soplo. Una de las más amargas experiencias de mi vida fue tratar de evocar el rostro de mi padre a los pocos días de que hubiera muerto. Su vaguedad me pareció trágica.


Un relato (en jefe) futurista

 Correspondencias/ Eugenia Codina

Hola Arcadi,

he visto que estás leyendo la biografía de Johnson escrita por Boswell. En la serie Black Adder en la BBC, dedicaron un capítulo a Samuel Johnson. Es uno de mis regalos favoritos a todos mis amigos y conocidos lexicógrafos y traductores. Es muy divertido.

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