28 de junio de 2007

Latitudes
(I)

El único objetivo político del Congreso de C’s que se celebra el fin de semana debería ser la preparación del partido español que habrá de concurrir a las elecciones del 2008. Es más: de este Congreso debería haber salido ese partido. Sin embargo, insólitamente, en el Congreso no participarán ni Rosa Diez, ni Fernando Savater, ni Carlos Martínez Gorriarán los impulsores del movimiento ciudadano en el País Vasco. Y si no participan es porque nadie los ha invitado. Invitados a trabajar, quiero a decir, más allá de presencias simbólicas. Ha pasado el momento de las presencias simbólicas. Ellos deberían haber estado este fin de semana en Cataluña trabajando codo con codo en la configuración del único proyecto político real que se ha generado desde la transición. La situación es sorprendente. O algo más. Porque no es solamente que el citado objetivo político haya desaparecido del trabajo y del ambiente precongresual. Es que, además, hay quien advierte contra las tentaciones de entreguismo. Dios mío, que rápido va todo. ¡Entreguismo! Lo peor del virus nacionalista es su capacidad de replicación. Hey, yo llegué aquí primero, se le hace saber a los vascos. Pronto los llamarán maketos. Y hay quien espera, con un leve sudorcillo en el labio de arriba, que de este congreso catalanista salga la reivindicación de un grupo parlamentario propio.

(II)
Informaba Azúa la otra mañana en el diario El Mundo que Carod-Rovira, con el que había cenado, estaba sólo a un metro de ser un catalán normal. Hacen falta más cenas. Dice hoy el demediado en el mismo periódico: “Nuestra presencia en Fráncfort es una aportación insustituible al patrimonio de la Humanidad”. Y sigue la crónica: “El vicepresidente no dudó en reclamar el Premio Nobel para alguno de los escritores que acudirán al evento. Sobre todo teniendo en cuenta al que lo ganó en latitudes cercanas hace aproximadamente un siglo”. Lo peor no son las latitudes, esta ignorancia automática. Lo peor es llamarle echegarays a Gimferrer y Porcel. Aún no lo sabe, pero Carod acaba de firmar su sentencia de muerte política.

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