25 de junio de 2007
Las peripecias, más o menos míseras, del historicismo son a veces sorprendentes. La historia (remota) es utilizada como un impulso formidable para legitimar las más estúpidas narraciones políticas, y entre las más estúpidas el nacionalismo, sea dicho como si fuese nuevo. Por el contrario la historia es escasamente invocada, como atenuante, en el complicado proceso de la construción europea. Lo mejor de este proceso, precisamente, es que está haciéndose contra la historia. Auschwitz tiene poco más de sesenta años. El Muro desapareció no hace ni veinte. Los periódicos hablan del eje franco/alemán como si el que hubiese desfilado por los Campos Eliseos fuese Atila. Lo que se está haciendo en Europa es, apenas, cerrar la posguerra, Sin que a nadie civilizado se le ocurra invocar la historia y mucho menos la memoria histórica. Ni a los polacos, bien mirado. Es cierto que han invocado la invasión alemana. Pero sólo para obtener más pasta, y la pasta lo envilece todo.
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El lego Miravalls en El Mundo alude a las conclusiones de un estudio norteamericano, del Poynter Institute: sobre pantalla se lee más que sobre papel. “De todas las historia, largas o cortas, los lectores online llegaron a completar el 77%; los del tabloide, el 57% y los del formato sabana, el 62%” Estos resultados sólo hacen que probar la experiencia de cualquier persona que tenga tratos habituales con el ordenador. La pantalla ya no es tal, o al menos no lo que cualquiera entendía como tal. Ni en la pantalla de un cine, ni en la de la televisión puede leerse nada. En la del ordenador, en realidad un cuaderno inacabable, todo se lee, incluso las imágenes. (Entre otras muchas razones porque, a diferencia de lo que sucede con la televisión, el ordenador lo maneja el lector). Y se lee con un grado de confort incomparable con el del periódico. El tamaño de la letra puede decidirse a voluntad, cualquier palabra o concepto es fácilmente inteligible y la posibilidad de asociación de un texto es inagotable. Para no meternos ahora en otra honduras como el fascinante ejercicio en que se convierte la búsqueda de la verdad en internet. Al papel sólo lo sostiene la costumbre. Que es duradera.
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Este Tubau de la derecha civilizada y la izquierda moderada al que se le ve hasta la campanilla.


